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viernes, 11 de junio de 2021

Vislumbres, Preludios de la Conquista, Capitulo 48, "Ancianos de Amole"

 VISLUMBRES
PRELUDIOS DE LA CONQUISTA
Capítulo 48
Profr. Abelardo Ahumada González

El epílogo de esta larga historia está por llegar, y en la defensa que traté de hacer sobre los datos que el profesor Ignacio Navarrete dio a propósito de “la Guerra del Salitre”, dije que “él no inventó el meollo de este otro tema, sino que lo tomó, tal vez sin mucho cuidado, de una o más fuentes que tuvo a la vista y que no referenció, y que con el tiempo (quizá) un día desaparecieron, como han desaparecido tantísimos otros documentos incluso de nuestras propias familias”.
Hablando sobre ese asunto, el profesor José Manuel Almaguer, mi compañero también de la Sociedad Colimense de Estudios Históricos, me envió un recado diciendo: “Yo leí un libro escrito en Roma por el historiador jesuita Andrés Cavo, en el que menciona los nombres de “Tangaxoan Bimbicha” (…) “cazonci de Mechoacan”, y del general “Vehechilze o Wichilze” con idéntica ortografía”.
¿Andrés Cavo? Jamás había yo oído hablar de él, así que, motivado por la pista que me brindó mi amigo, me puse a investigar y descubrí que Andrés Cavo Franco nació en la Guadalajara, el 13 de febrero de 1739; estudió la carrera sacerdotal; fue ordenado en 1760, estuvo como misionero en la Sierra del Nayar y fue uno de los jesuitas que, en 1767, junto Francisco Xavier Clavijero y muchos otros más, salieron expulsados de la Nueva España por una orden del rey Carlos III. 
Desde Veracruz viajó hasta Italia, en donde, estando precisamente condición de exiliado, se puso a escribir varios libros, entre los que tuvo uno al que originalmente tituló “Los anales de la Ciudad de México, desde la conquista española hasta el año de 1766”, y que, por alguna razón no explicada, nunca llevó a la imprenta. Habiendo fallecido allá mismo en 1803.
Unos 30 años más tarde, don Carlos María de Bustamante, famoso historiador oaxaqueño, amigo al parecer de un hermano del padre Cavo, y de un obispo llamado Joaquín Madrid, recibió una copia manuscrita de los dos tomos que el historiador jesuita había dejado preparados y, viendo lo valiosos que eran, decidió agregarles un tomo más, y los publicó, en 1836, ya con el título “Los tres siglos de México durante el gobierno español, hasta la entrada del Ejército Trigarante”.
Obra, pues, sumamente valiosa para conocer toda esa época, pero que, habiendo iniciado con el  sitio de México Tenochtitlan, la captura y tortura de Cuauhtémoc y la transformación de Cortés en el primer gobernante español que hubo en esta parte del mundo, comenta asimismo que, al enterarse de todos esos acontecimientos en Mechoacan, el ya mencionado “Vehechilze” decidió realizar una visita al conquistador, que por esos días estaba habitando en Coyoacán, y que, casi inmediatamente después, “Tangáxoan Bimbicha” hizo, por decirlo de algún modo, una visita de estado también al conquistador. Como lo confirmó el mismísimo Hernán Cortés (aunque sin mencionar los nombres de sus visitantes) en una de sus “Cartas de Relación”.
Lo que quiero resaltar en este capítulo del padre Cavo no es que haya transmitido esa noticia por otros medios también sabida, sino que haya utilizado la misma ortografía que para esos nombres utilizó, alrededor de un siglo después, el profesor Navarrete. Hecho nada fortuito que me sirve para apuntalar la idea de que, aun cuando él tampoco las haya citado, hubo otra u otras fuentes documentales a las que también él tuvo acceso, y que tal vez se perdieron después.
Y como un detalle que puede significar mucho o nada en el análisis que estamos realizando, quiero mencionar que tanto el padre Cavo como el profesor Navarrete nacieron en Guadalajara, y que Navarrete lo hizo en 1837, un año después de que Bustamante diera a la luz también la obra del padre Cavo.
Y en cuanto a que hubo fuentes que se perdieron, me parece muy importante señalar que cuando el jesuita tapatío escribió el Prólogo de su libro se lamentó de un  hecho muy similar, refiriendo que, un día, cuando los primeros procuradores que envió Cortés a España llevaban su primera “Carta de Relación” y muchas muestras de oro, plata, plumería y otras riquezas de la Nueva España: “Cortés con sus soldados, movido de religión como otras veces había hecho, declaró la guerra a los ídolos de los mexicanos; y con este pretexto aquellos hombres ignorantes, destruyeron a sangre y fuego todo lo que juzgaban tenía alguna relación a las supersticiones de aquellas naciones. Entonces los códices mexicanos, apreciables así por las materias de que trataban, como también por la lindeza, y colores con que estaban pintados, fueron pábulo del fuego, y si algunos individuos de aquellas naciones, amantes de sus ritos, historias y ciencias no hubieran ocultado algunos, a riesgo de perder quizá la vida, careceríamos de estos monumentos. Pérdida que los literatos lloran, por el detrimento que aquellos conquistadores con celo de piedad causaron a las artes y ciencias, particularmente a la historia natural, y astronomía en que se señalaron los mexicanos”. Etc. 
Testimonio que me permite seguir considerando que hubo fuentes que contuvieron los interesantes datos que Navarrete transcribió, y de los que no hubiéramos sabido nada si él, pese a todo el descuido que tuvo de no citar las fuentes, no los hubiera transcrito o copiado.
En ese sentido, pues, y no creo que haya sido por menos, el también muy famoso historiador tapatío, don Luis Pérez Verdía, escribió (ya en 1910) lo siguiente respecto a la obra de Navarrete: 

"Tiene el mérito de haber sido el primero que ha dado un cuadro completo de los acontecimientos ocurridos en el Estado (de Jalisco) desde la Conquista hasta 1873”. (Aunque …) por desgracia está llena de errores”.

Con esa advertencia, entonces, reconozcámosle su mérito a Navarrete y tengamos algún cuidado para no incurrir en nuevas erratas. Pero una vez hecha esta otra precisión, vayamos ahora sí a conocer (o a recordar) …

LOS TESTIMONIOS DE LOS ANCIANOS DE AMOLE.

Aun cuando se esforzaron en desacreditar “la teoría de la Confederación Chimalhuacana”, ni Muriá, ni ningún otro de los arqueólogos e historiadores que participaron en la preparación y en la redacción del primer tomo de la (nueva) “Historia de Jalisco”, negaron o refutaron la descripción que el profesor Navarrete hizo sobre “la Guerra del Salitre” y se conformaron con asegurar que no hubo pueblos en la región que se unificaran para combatir al enemigo común de todos, que fue el ya referido ejército michoaque. Pero ahora quiero insistir en la idea de que afortunadamente contamos con los testimonios que un buen número de ancianos tecos, michoaques y al parecer otomíes, expresaron acerca de ése y otros eventos, entre 1579 y 1581.
En otro capítulo dije que por disposición de Felipe II, y a sugerencia del Real Consejo de Indias, en 1577 se elaboró un extenso cuestionario de 50 preguntas, que se mandó aplicar a todas las alcaldías y corregimientos de la Nueva España. 
Las comunicaciones no eran, en aquellos años, rápidas o expeditas, por los que las copias que se imprimieron en algunos casos no llegaron siquiera a sus destinos, o llegaron, pero no se aplicaron, o llegaron y se aplicaron hasta dos, tres o más años después. Debiendo yo señalar que, tal y como me lo expresaron de viva voz el padre Florentino Vázquez Lara, el profesor Genaro Hernández Corona, y el director del Archivo Histórico del Municipio de Colima, Dr. José Miguel Romero de Solís, NO HAY, NO SE CONSERVA, O NO SE HA PODIDO HALLAR NINGUNA DE LAS “RELACIONES” QUE COMO RESULTADO DE LA APLICACIÓN DE DICHO CUESTIONARIO, SE HUBIESEN PODIDO TENER DE ALGUNOS DE LOS PUEBLOS DE LA JURISDICCIÓN ACTUAL DE COLIMA, pero sí varias de los pueblos de los alrededores, que de algún modo nos dan idea de lo que también sucedió aquí, y que por la importancia de sus contenidos habré de sintetizar aquí para ustedes.
Pero como son muchas esas relaciones, y sería muy enfadoso detenerme en la descripción de cada una de ellas, voy a servirme de las que se refieren a “La Provincia de Amula”, para ejemplificar con ellas el procedimiento general que se siguió para conseguir las demás. Y por eso me detendré un poco más en ellas, y abordaré ya muy ligeramente las otras, pero no sin invitarlos a ustedes a que, si tienen curiosidad, las revisen después por su cuenta a fondo, pues son una mina de datos que le pudieran también interesar.
“La Provincia de Amula”, como dije antes, correspondió poco más o menos con los actuales pueblos del Llano Grande del Sur de Jalisco, y según los redactores del documento, “partía términos (era colindante) con la de Colima” por el norte y por el occidente, y se extendía desde poco más o menos las faldas occidentales del Nevado hasta llegar casi hasta Cihuatlán, abarcando una buena parte de lo que hoy se conoce como la Sierra de Manantlán.
Y respecto al procedimiento que se siguió para aplicar allí el cuestionario del Real Consejo de Indias, y obtener las “relaciones” que resultaron de su aplicación, cabe señalar que, según lo notificó el “escribano nombrado (…) Bonifacio Martínez”, fue el 22 de agosto de 1579 cuando llegó a manos del “señor Alcalde Mayor (…) don Francisco de Agüero” un paquete en el que iban el cuestionario que acabamos de mencionar, y las instrucciones que llevaba para aplicarlo. Y que de todo eso levantó acta, estando “en presencia de mí (como…) testigos juramentados (…) según forma de derecho (…) Juan Bautista de Orozco, Juan Martín, e Cristóbal Gómez, españoles estantes al presente en dicha provincia”.
Todo eso antes de señalar que “el 4 de septiembre de 1579 (…) estando presentes Alonso Lucas e don Juan Bautista, alcaldes, e los demás principales deste dicho pueblo, se les mandó que digan e declaren (cuáles de) los indios (…) más antiguos en dicho pueblo, puedan dar verdadera relación de lo contenido en dicha Instrucción”.
A lo que “dijeron y declararon, mediante Juan de Acuña, indio ladino en la lengua mexicana y castellana, que la dicha relación la podrían hacer don García Padilla e don Baltasar (equis, pues no se menciona su apellido), indios principales e antiguos e hijos de los señores antiguos de esta provincia".
Por lo que dicho alcalde “mandó comparecer a los susodichos, los cuales, mediante el intérprete, prometieron decir verdad de todo lo que supieran sin fraude”. Declarando, para empezar, que la suya era “la provincia de Amole y no de Amula, porque los españoles tienen corrupto el vocablo”. Y que el amole “es una raíz que en ella hay (…) con la que lavan ropa (…) y hace mucha espuma, como jabón”. Y que “el capitán que en esta provincia había antiguamente, se llamaba Amole, por causa de que cuando” se enojaba y peleaba en la guerra “echaba mucha espuma por la boca” …
Me voy a brincar las respuestas de las trece primeras preguntas para mencionar que al llegar a “la catorcena, dijeron y declararon que, antiguamente, en su gentileza” (cuando eran gentiles o no bautizados, quiere decir), gobernó a sus ancestros “un señor llamado Xiutlequtle”, al parecer muy longevo, porque habiendo él reinado – así dicen- “setenta y cinco años, poco más o menos (…) el Cazonci entró con su gente en esta dicha provincia y lo mataron”.
El testimonio que don García expuso fue corroborado por don Baltazar, y nos habla de que ellos sabían muy bien que el Cazonci entró a su tierra y mató a su gobernante. Pero su información no se detuvo allí, sino que, pese a lo corta y vaga que fue, todavía añadieron que: “Dicho Cazonci puso tres capitanes en esta provincia”, de los que no sabían o recordaban sus nombres, pero que, una vez vuelto el Cazonci a sus tierras, los capitanes se tuvieron que pelear con los habitantes de la provincia que no fueron sometidos, y que, para defenderse, e intentar repeler el ataque de los rebeldes, se “recogieron (o replegaron) en un pueblo de pocas casas que estaba” junto del suyo. Donde “estuvieron peleando con los demás pueblos, hasta que murieron”. Y que el señor que después de Xiutlequtle se quedó con el mando en Zapotitlan, se llamaba Teuqutlate Quemi, quien gobernó durante sólo un par de años, y al que sucedió “Mázatl, que quiere decir venado” … “padre de este declarante” (se refiere a don García), quien a su vez gobernó “hasta que vinieron los españoles y más adelante, ocho o diez años”.
Si nos ponemos, entonces, a hacer las cuentas, y restamos los aproximadamente doce años que gobernaron en Zapotitlan sus dos últimos gobernantes autóctonos, vemos que la información que brindan sobre la última entrada del Cazonci y su gente a la provincia de Amole, coincide, también poco más o menos, con el año de 1510 que mencionó el profesor Navarrete.

SEÑALES DE LA ORGANIZACIÓN POLÍTICA DE LA PROVINCIA DE AMULA.

Don García y don Baltazar explicaron a sus entrevistadores que Zapotitlan era una muy nueva cabecera de dicha provincia, porque cosa de cuatros años antes, y debido a epidemias, guerra y otras causas, el pueblo de Amole se quedó casi sin gente, y que, motivados por eso decidieron congregarse en ese otro nuevo sitio varios de los habitantes de los pueblos que se habían quedado casi vacíos. No obstante lo cual,  en virtud que los de Amole habían tenido el mando, de sus autoridades dependían en esa fecha, varios otros pueblos más, a los que, según su decir “tenían sujetos”, y que eran: Copala, Toliman, Teutlan, Tozini (o Tocinique), Mazatlan, Tetlapani (o Tetapan), Xoquilpa (o Jiquilpan), y ya entonces “San Jerónimo y San Gabriel”, que serían los dos primeros pueblos de la región bautizados con nombres de santos.
Todos esos pueblos (algunos con sus nombres ligeramente cambiados) siguen existiendo en nuestros días, y lo mismo sucede con Tuxcacuesco, que fue descrito en este documento como la “segunda cabecera de esta provincia”, y de cuyos informantes tendremos que hablar en el próximo capítulo.
1.- En este libro, escrito en Roma hacia finales del siglo XVIII, se anotaron los antiguos nombres de “Tangaxoan Bimbicha” y “Vehechilze o Wichilze”, con la misma ortografía con la que un siglo después los anotó el profesor Navarrete.
2.- Mapa de la Provincia de Amula que, de conformidad con las descripciones del siglo XVI, levantó la Dra. Isabel Kelly.
3.- El 4 de septiembre de 1579, se procedió a aplicar, en Zapotitlán, el cuestionario del Real Consejo de Indias, “a dos indios principales e antiguos” del entonces recientemente desaparecido pueblo de Amole. Foto de 2006.
4.- Lo mismo ocurrió, días después con dos ancianos de Tuxcacuesco. Esta foto del vado del Río Tuxcacuesco, a la entrada sur del pueblo, la tomé una tarde de abril o marzo de 2013.
























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viernes, 28 de mayo de 2021

Vislumbres, Preludios de la Conquista, Capitulo 47, "Defender a un indefenso"

VISLUMBRES
PRELUDIOS DE LA CONQUISTA
Capítulo 47
Profr. Abelardo Ahumada González
DEFENDER A UN INDEFENSO.

Presiento que los párrafos que integran este capítulo no tienen casi nada que los haga parecer “emocionantes”, porque quiero realizar una defensa sobre un fragmento de la obra que don Ignacio Navarrete, abogado y profesor de historia, publicó en 1872, y que, como ya dijimos, se titula “Compendio de la Historia de Jalisco”.
El asunto es que, al ver que lo acusaron de haber inventado “una patraña”, sin valorar las otras aportaciones que hizo para que no se perdiera la memoria de nuestros antepasados, me siento moralmente obligado a tratar de revindicar el esfuerzo que él hizo para dar a conocer la historia antigua de nuestra región.
Y para iniciar quiero decir que cuando el licenciado Navarrete se vio ante la necesidad o el gusto de tener que dar clases de historia, no había un libro de texto que pudiese ser accesible para sus alumnos, y decidió escribir uno que supliera dicha carencia. Obligándose a partir de entonces (o desde antes si ya era su afición la historia) a estudiar para tomar los apuntes con los que posteriormente dio forma a su librito, siguiendo el esquema de los antiguos catecismos.
En uno de los primeros capítulos de esa obra se mencionan (con inocultables errores) dos nombres: el de “Tangaxoan Bimbicha” (…) “cazonci de Mechoacan”. Y el de “Vehechilze o Wichilze”, un militar de alto rango que habría comandado al ejército michoaque, durante los últimos combates de la guerra teco tarasca en el año de 1510.
Adicionalmente menciona que hubo dos cabecillas (tecos, desde mi perspectiva) que circunstancialmente y sólo para esos efectos, unificaron y encabezaron a los pueblos de la zona lacustre de la antigua Provincia de Xalisco: uno que menciona como Rey de Coliman, quien habría atacado a los invasores michoaques desde Zapotlan hasta Zacoalco (parte centro-sur del territorio invadido), y otro, al que se refiere como, “el capitán Cóyotl, súbdito y tributario del cacique de Tonalan”, que atacó a los michoaques por el norte, en algunos espacios situados en las inmediaciones del lago de Chapalac. 
Otro error que cometió el licenciado Navarrete fue que, al redactar ése y otros interesantes capítulos de su “Compendio”, no citó las fuentes en que se basó para redactarlos. Pero de ahí a considerar que no hay nada que valga en su libro, es una total injusticia para un alguien que se esforzó por comunicar lo poco o lo mucho que le haya podido quedar claro sobre la dicha historia de Jalisco.
En ese sentido, pues, me parece que él no inventó el meollo de este otro tema, sino que lo tomó, tal vez sin mucho cuidado, de una o más fuentes que tuvo a la vista y que no referenció, y que con el tiempo un día desaparecieron, como han desaparecido tantísimos otros documentos incluso de nuestras propias familias.

UN MISTERIO SE AGREGA A OTRO.

Al llegar a este punto, lectores, tal vez consideren que estoy pecando de iluso, o que quiero ponerles enfrente un espejismo histórico, pero en los renglones que siguen, voy a tratar de exponer y sustentar mi argumento:
En primer término resalto el dato de que, aun cambiados en su pronunciación, al ir pasando de voz en voz, o deformados en su escritura en un lapso de poco más de tres siglos, los nombres que él mencionó sí tienen sustento histórico; porque el de “Tangaxoan Bimbicha” corresponde, en efecto, a Tangáxoan, hijo de Zuangua, al que sus paisanos conocían también como Tzimtzicha, o Zinzicha. Y el de“Vehechilze o Wichilze”,  corresponde también a Huizizilzi, Vizizilci o Tashuacto, que, según “La Relación de Michoacán”, a la que muchas veces hemos aludido aquí, era, en efecto, general del último gran cazonci. 
El problema, en este caso concreto, es que ninguno de esos dos personajes tenía, en 1510, el rango que Navarrete les dio, puesto que, según la historia ya comprobada, el cazonci que gobernaba en ese tiempo era Zuangua, padre de Zinzicha. Y que este último fue “elevado al trono” en algún momento del segundo semestre de 1520, debido a que Zuangua falleció en esos días a causa de la epidemia de viruela negra. Asumiendo Zinzicha en ese momento el nombre de Tangáxoan II, en recuerdo de su bisabuelo Tangáxoan I.
Y en cuanto concierne al general Huizizilzi, conviene saber que también fue una figura histórica, cuyo nombre empezó precisamente a escucharse, a raíz de que, habiéndose convertido Zinzicha en el último gran cazonci, envidioso y apocado como era, mandó matar a varios de sus hermanos para que no le disputaran el trono, y nombró después, a un tal Cuyniarángari, o Cuinierángari, como su mano derecha en materia política, y al ya referido, Huizizilzi, hermano del Cuyniarángari, como jefe de su ejército.
Al evidenciar esta otra falla no dudo que cualquier otro lector podría llegar a creer que, si el licenciado Navarrete erró también en esto, erró en todo lo demás. Pero debo insistir en que no fue así, y que, pese a sus indiscutibles errores, también tuvo algunos afortunados aciertos. Así que trataré, pues, ante ustedes, de seguir “razonando en voz alta”:
Navarrete nació en Guadalajara algún día de 1837, y publicó su “Compendio” en 1872. Por lo que tendría entonces (o estaba por cumplir) 35 años, y no era ya un profesionista inexperto, puesto que a la vez que era abogado, se desempeñaba como profesor, así lo haya hecho en un humilde “Liceo de Niñas”.
El hecho de que, por otra parte, haya descrito en ese episodio, los pueblos, las ubicaciones y los nombres de los líderes autóctonos que según él participaron en dicha guerra, junto con los ya mencionados de Michoacán, nos dice que, aun sin haber profundizado en el tema, sí había leído al menos uno o dos libros de origen michoacano, que hablaban acerca de ese particular asunto, como pudieron haber sido las respectivas crónicas de los padres Basalenque y Beaumont. De los que la primera se titula “Historia de la Provincia de San Nicolás Tolentino de Michoacán”, y fue publicada en 1673, y la segunda de titula “Crónica de la provincia de los Santos Apóstoles S. Pedro y S. Pablo de Michoacan”, y fue escrita en 1770. Así como la “Crónica Miscelánea de la Sancta Provincia de Xalisco”, escrita por fray Antonio Tello en Guadalajara, entre 1650 y 1653.
Todo ello sin olvidar que, colateralmente, aunque para desprestigiarlo, José María Muriá asegura que “Navarrete recibió algo de inspiración (…) del franciscano Francisco Frejes, quien escribió en 1833 una Memoria histórica…” en la que hizo alusión a la existencia de tres reinos ubicados entre el “río Ezquitlán o de Santiago y (…) la sierra de Michoacán”, que se llamaban Xalisco, Colima y Tonalá”. Cuyo “gobierno era real, pero confederado con algunos llamados cacíquez [sic] o jefes de naciones.”
Al llegar a este punto pienso que, si el licenciado Navarrete leyó al menos estas cuatro obras, NO ERA UNO LEGO EN MATERIA DE HISTORIA, porque con todo y erratas no cualquiera en su época pudo tener acceso a semejantes libros.
Entiendo, por otra parte, que a él no le tocó leer “La Relación de Michoacán”, no sólo porque si la hubiera leído no hubiera cometido dichos errores, sino porque dicha obra se mantuvo casi totalmente desconocida en el archivo de la Biblioteca del Escorial en Madrid, y no fue sino hasta 1867 o 1868, cuando un investigador llamado Florencio Janer la descubrió y, viendo lo interesante que podría ser, se puso a paleografiarla por primera ocasión, publicándola en 1869, en Madrid.
En ese contexto, si tomamos en cuenta que el “Compendio de la Historia de Jalisco” se publicó en Guadalajara en 1872, hemos de creer que empezó a ser escrito cuando menos un año antes. Lo que nos da pie para considerar que, si sólo hubo un año y unos pocos meses entre la publicación de “La Relación” en España y la de “El compendio”, en México, fue prácticamente imposible que, dada las dificultades políticas y diplomáticas que había entonces entre ambos países, Navarrete haya podido tener acceso a uno de aquellos primeros ejemplares de “La Relación”. A no ser que él mismo haya tenido los recursos y la buenísima suerte de haber viajado a España, de haber visto ese libro allá, y de haber decidido comprarlo y traerlo para documentar al menos una lección del cuaderno inicial que le servía para dar sus clases. Posibilidades que se me antojan difíciles de creer.
Todo eso sin haber mencionado aún que no hay (o al menos yo no he podido hallar) ninguna noticia de que uno de los ejemplares de aquella primera edición haya llegado a nuestro país, y porque lo que sí he visto documentado es que sólo pudieron haber sido unos pocos ejemplares de la segunda edición, publicada también en Madrid, en 1875, los que llegaron a México. Y ello ¡tres o cuatro años después de que Navarrete había publicado su “Compendio”. 

UN EJEMPLO DE MALA LECHE.

Hace dos años (en 2019), en una revista que se llama “Relatos e historias de México”, José María Muriá publicó un par de artículos que hablan sobre Navarrete: el primero se titula: “La inexistente Confederación Chimalhuacana”, y el segundo: “La Confederación Chimalhuacana, una invención del ‘nacionalismo’ jalisciense”. En la entrada del primero dice:
“En el siglo XIX, tal vez con ánimo de compensar la carencia, en tiempos prehispánicos, de un anhelado centro urbano de gran prestigio, como tantos que hay en el centro y sureste de México (…), hubo quienes desarrollaron, con más imaginación y buenos deseos que trabajo heurístico formal, la idea de que Jalisco tenía fuertes antecedentes federalistas.
Navarrete era hijo de un político homónimo que fue diputado al primer Congreso de Jalisco y participaba junto con muchos otros del deseo de sustentar su emergente nacionalidad y la recién creada república en algo singular y específico de ella, como lo podía ser el esplendor de su pasado indígena (… y) no faltaron (otros) jaliscienses, partidarios entusiastas del federalismo, que buscaran elementos adecuados para fundamentar una fuerte ‘regionalidad’; procuraron hallar vestigios de que Jalisco constituía ya una entidad bien definida antes de la Conquista y que en ella existían ya rastros de un gobierno más o menos confederado”. 
En el “Diccionario de la Lengua Española”, el término “heurístico” se remite -y esto ya lo digo yo-, a la “heurística”. Que a su vez tiene dos acepciones. Una que define sencillamente como “el arte de inventar”. Y otra, que va en sentido contrario, puesto que se define como la “busca o investigación de documentos o fuentes históricas”. Por lo que, si volvemos a leer el primer párrafo de la cita de José María Muriá, entendemos que cuando él afirma que los historiadores que “desarrollaron con más imaginación y buenos deseos” la historia patria de Jalisco, lo que realmente estaba diciendo es que no era cierta, sino que la inventaron.
Aseveración que enfáticamente quiero contradecir, puesto que, si “cruzamos” la información presuntamente “inventada” por Navarrete y sus seguidores con otra que procede de otras regiones aledañas, nos encontraremos con que, sin ser enteramente coincidentes los datos, sí hay suficiente indicios para comprobar que una buena parte de lo que ellos dijeron fue cierta y no inventada. Como lo trataremos de probar en el siguiente apartado. 
Pero antes de presentarles a ustedes esos datos, quiero regresar a una segunda idea expuesta por Muriá, que va justo en el sentido de que Navarrete y sus contemporáneos inventaron también algunos episodios guerreros de su patria chica para tenerlos como un motivo de orgullo regional, como lo hizo en su momento Agustín de Iturbide, pues dice: “No fue gratuito que, años antes (de Navarrete y esos otros jaliscienses) Iturbide hubiera recurrido precisamente al emblema de la fundación de Tenochtitlan para que sirviera de símbolo a su flamante imperio y que éste haya sobrevivido hasta la fecha en calidad de escudo nacional”.
Aseveración, también, que más que mostrarnos su afán por aparecer como un gran erudito de la historia nacional, lo exhibe como un amante de la mala leche. Ya que tal símbolo no fue un invento de Iturbide, sino que ya estaba expuesto, con diferentes formas, en varios antiguos códices. 

LOS TESTIMONIOS DE LOS ANCIANOS

Volviendo a la descripción que Navarrete nos brindó sobre la llamada “Guerra del Salitre”, algo que salta fuertemente a la vista es lo que él afirma que ese último encontronazo bélico entre los tecos de Xalisco y Colima, contra los tarascos y sus aliados sucedió en 1510. ¿Pero cómo pudo saber de eso y cómo logró describir los detalles de la guerra?
Insisto en que debió de haber existido otra fuente en la que el profesor Navarrete abrevó, porque, como quiera que él se haya equivocado sobre la escritura de los nombres y los tiempos de Tzimtzicha y Huizizilzi, éstos sí fueron personajes reales. Por lo que llego a la conclusión de que tampoco fueron inventados los nombres de los caciques de todos los pueblos de la zona lacustre de Xalisco que él mencionó, y que efectivamente corresponden, incluso hoy, a la geografía del área. 
Hablando sobre este aspecto, ya habíamos comentado aquí que don Manuel Orozco y Berra, en su “Historia antigua y de la Conquista de México”, publicada entre 1880 y 1881, dice por ejemplo que: “El Reino de Coliman confinaba al Norte con señoríos independientes (sic); al Este y al Sur con el reino de Michoacán, al Oeste con el mar Pacífico (re-sic). Tenía como subordinados en tiempos de la conquista (española) cuatro jefes: Zoma, rey de Xicotlán; Capaya, rey de Autlán; Minotlacoya, rey de Tzapotlán, y el señor de Sauyula, quien tenía capitanes de armas en Pizictlán, Tuxpan, Tamazula, Cocula, Teculotán, Tzuchimilco, Tuito, Chacallan, Xiquilpan, Acatlan, Amecan, Tchalutla y Amacueca. En toda aquella demarcación se hablaba la lengua nahua, y todo el reino comprendía el actual territorio de Colima, más una fracción de Jalisco (y otra que ahora es de Michoacán)”.
Y si nos detenemos un poco a tratar de entender lo que don Manuel expresó, seremos capaces de distinguir primero, el área que sirvió como escenario de la mencionada guerra; segundo los nombres de los protagonistas y, tercero, los de los pueblos involucrados. Mismos que coinciden casi totalmente con los que mencionó el profesor Navarrete. ¿Se atrevería alguien a decir que Orozco y Berra también inventó esto último, o que copió acríticamente la obra de un oscuro profesor del Liceo de Niñas de Guadalajara? O ¿no sería más factible creer que él también abrevó en otras fuentes?
Yo, por lo pronto, me quedo con lo segundo. Pero “como ya se me terminó el papel”, seguiremos hablando de todo este embrollo en mi próxima colaboración.
1. Desproporcionado y todo, este croquis de 1550 nos muestra una parte muy considerable del escenario de la Guerra Teco-tarasca. Arriba del centro, a la izquierda, aparece Guadalajara, y con letras verticales a la derecha, los límites con Michoacán.
2. Yo, la verdad, no entiendo por qué, si pasaron por aquí las tribus nahuatlacas, a los historiadores de “La Nueva Tradición” se les haga tan difícil aceptar que hubo allí tres o cuatro “reinos” al mismo tiempo que Tenochtitlan y Tzintzuntzan brillaban.
3. De conformidad con los datos que el profesor Navarrete aportó, en Zacoalco debió darse una gran batalla entre las gentes capitaneadas por el “Rey de Coliman” y las del “Cazonci de Mechuacan”.
4. Hablando en términos generales, ésa que se ve al fondo, tendría que haber sido la playa salitrosa por la que supuestamente pelearon. Foto tomada desde dos cuadras arriba del templo de Techaluta, Jal.
 




















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jueves, 13 de mayo de 2021

Vislumbres, Preludios de la Conquista, Capitulo 46, "Una Interesante revelación"

VISLUMBRES
PRELUDIOS DE LA CONQUISTA
Capítulo 46
Profr. Abelardo Ahumada González
UNA INTERESANTE REVELACIÓN.

Los hallazgos documentales que realizó don Francisco del Paso y Troncoso fueron (y siguen siendo) importantísimos para el conocimiento de lo que sucedió durante el virreinato, y originalmente se publicaron bajo el título: “Papeles de la Nueva España”, entre los que aparecen numerosos testimonios que algunos conquistadores del siglo XVI y pobladores de ese mismo siglo y del siguiente expresaron (con frecuencia ante escribanos públicos), sobre los hechos en que cada uno de ellos participó, o sobre los que les tocó ver u oír. Aparte de una muy considerable colección de descripciones geográficas, podríamos decir, de antiguos pueblos prehispánicos que hacia finales del primer siglo de la conquista ya habían sido cristianizados. Todo ello sin dejar de mencionar un cúmulo gigantesco de cartas que muchos de aquellos conquistadores y colonizadores enviaron a la Península, y que, cuando finalmente fueron publicadas (ya muerto don Francisco del Paso), aparecieron como el “Epistolario de la Nueva España”.
Lamentablemente, cuando los referidos “Papeles” se publicaron en 1905, no tuvieron inmediata repercusión, no sólo porque en el México porfirista la inmensa mayoría de la población era iletrada, sino porque a la minoría más o menos ilustrada que había por entonces como que no le interesó acceder a tan gigantesca colección de documentos y, bueno, como pasa muchas veces con ese tipo de libros, fueron muy pocos los ejemplares que se vendieron, y el resto fueron a “dormir el sueño de los justos” en el Archivo General de la Nación, en las bibliotecas de unos cuantos Seminarios y Universidades,  o en las “librerías de viejo”, en donde eventualmente siguen apareciendo todavía hoy, a precios inaccesibles.
Pero como quiera que todo eso haya sido, algo que sí provocaron fue que otros “ratones de biblioteca”, y otras “ratas de archivos”, como despectivamente se les dice a veces a los investigadores, se pusieran a indagar en ellos y, siguiendo el ejemplo de don Francisco del Paso, encontraron después, otros documentos similares o complementarios que acrecentaron el acervo original.
En ese contexto, un día equis el Dr. Jesús Figueroa Torres tuvo acceso a algunos de los referidos “Papeles de la Nueva España” y encontró, como dije al finalizar el capítulo anterior, los testimonios de unos ancianos indígenas de “Xacona, Chilchotla y Pátzcuaro”, quienes habiendo sido entrevistados entre 1579 y 1580, dijeron que, cuando estaban sujetos al Cazonci de Mechuacan, “salían a la guerra contra los de la provincia de Colima, que era grande, y con los de la provincia de Amula, y otra provincia que dicen Ávalos”. 
La expresión que resalto con letras negritas constituyó para mí toda una revelación, puesto que su contenido me puso enfrente de unos ancianos indígenas que no sólo recordaban el hecho de que sus padres y abuelos habían ido a pelear contra la gente de Colima, forzados por el Cazonci, sino que explícitamente manifestaron que dicha “provincia era grande”.
Por aquellos días yo ignoraba, sin embargo, cuál era la “provincia de Amula”, y dónde se podría ubicar “la provincia de Ávalos”, y eso me obligó a indagar, habiéndome enterado prontamente que Amula fue un pueblo situado casi en las faldas del Nevado de Colima, que controlaba a la mayoría de los demás pueblos indígenas de lo que hoy conocemos como El Llano Grande, y que no es otro escenario más que el que describió nuestro querido y admirado Rulfo, en su libro de cuentos “El llano en llamas”: lo que equivale a decir, Copala, Apulco, Tolimán, Tuxcacuesco, Zapotitlán, Teutlán y otros que ya desaparecieron. Mientras que los de la provincia de Ávalos venían siendo los circundantes de las lagunas de Zapotlán, Sayula y Zacoalco, vale decir: Atoyac, Techaluta, Amacueca, Usmajac y otros que ya desaparecieron.

DE SORPRESA EN SORPRESA.

Motivado, pues, por aquella “revelación” estuve algunas semanas investigando y, entre octubre y noviembre de 1994, publiqué en el Diario de Colima un resumen de los apuntes que logré reunir. Pero como no sabía qué gentilicio podría usar para referirme a nuestros ancestros indígenas, titulé a esa serie de artículos como “Los Pre-Colimotes”.
Para mi sorpresa, varios de mis muy honorables, admirados y respetados compañeros de la Sociedad Colimense de Estudios Históricos los estuvieron leyendo, y el día en que se verificó nuestra siguiente asamblea mensual, me felicitaron por su contenido y me alentaron para continuar con la investigación. Quedando más sorprendido aun cuando, al final de aquella asamblea, estando ya en el cotorreo informal que solíamos hacer en el amplísimo comedor de la casa de la familia Vázquez Lara (pues el padre Florentino, de los mismos apellidos, era nuestro presidente entonces), el maestro Genaro Hernández Corona, se acercó a mí para con su muy educado modo de hablar, invitarme a ir a su casa en la primera oportunidad que tuviera.
Yo había sabido, por comentarios de mis grandes amigos, Hugo Alberto Gallardo Virgen y Elías Méndez Pizano (quienes fueron mis padrinos para ingresar a dicha sociedad), que el maestro Genaro tenía, en su muy nutrida biblioteca, la más amplia colección de libros y documentos de Colima que un particular pudiera tener. Pero que nuestro compañero era celoso y no permitía que cualquier gente entrara a ella. Así que, picado por la curiosidad, una mañana me planté frente a la puerta de su casa (por la calle Guerrero, a menos de dos cuadras de la que había sido de doña María Ahumada de Gómez, sitio en donde a instancias del maestro Genaro nació la SCEH), toqué el timbre y me anuncié ante la persona que abrió la puerta.
Inmediatamente me pasaron a un amplio recibidor en el que lo primero que vi fue varios rimeros de libros y varios alteros de folders que contenían una gran cantidad de documentos fotocopiados, en los que a veces sobresalían partes de páginas que parecían estar escritas en árabe, pero que resultaron ser copias de manuscritos del siglo XVI que, previo pago en dólares, don Genaro había mandado traer desde el Archivo de Indias, en Sevilla, o que él mismo trajo en un viaje que realizó hacia tan lejanas tierras, llegando, según me platicó después, hasta Medellín, tierra en donde nacieron Hernán Cortés y su alguacil mayor, Gonzalo de Sandoval, responsable de la conquista de Colima.
Sobra decir que, tomando en cuenta los antecedentes que mis compañeros me aportaron sobre la personalidad del maestro Genaro, entendí que me estaba dando un trato especial, y por supuesto que íntimamente lo valoré.
La plática duró casi dos horas y se encaminó por diversos rumbos, pero como comenzaron a llegar los nietos y los hijos del profesor de las escuelas a donde asistían, consideré que ya debía retirarme y se lo hice notar: “Espéreme un momentito – me dijo-, tengo algo para obsequiarle a usted”.
Subió entonces hacia su biblioteca (a la que en efecto no me invitó a pasar) y bajó con tres volúmenes en sus manos: “Estos tres libros son parte de una edición más reciente y un poco más completa de Los Papeles de la Nueva España, a los que hizo referencia usted en el escrito que publicó el domingo pasado, en el que habló de mi compadre, el Dr. Jesús Figueroa Torres. Y quiero obsequiárselos de corazón”.
“¡Chín! – dije entre mí- ¡Esto sí que es un milagro!” 
– Oiga, maestro, pero estos volúmenes deben ser muy valiosos, me da pena que se quiera usted desprender de ellos, le repliqué.
 – Usted no se preocupe. El día en que los vi decidí comprar dos ejemplares de cada uno, y me dará mucho gusto que usted los tenga y los aproveche.
Le di las gracias y me fui a mi casa feliz. 
Los tres tomos de los que estoy hablando son el 5, el 8 y el 9 de la colección que se conoce con el título genérico “Relaciones Geográficas del Siglo XVI”. Fueron editados por el genial investigador y lingüista guatemalteco René Acuña, y publicados respectivamente por la UNAM en 1985, 1986 y 1987. Y de los que el primero habla de las relaciones del Obispado de Tlaxcala; mientras que el segundo corresponde a las del Arzobispado de México y el tercero a las del Obispado de Michoacán.
Nuevas pistas, pues, ya estaban en mis manos, pero las más cercanas seguían siendo fuentes michoacanas, así que, sin desdeñarlas, me volví a preguntar si no habría, por decirlo así, alguna “Relación de Colima” y, para mi buena suerte, recordé que varios años atrás, en 1988, para ser exactos, Ernesto Terríquez Zámano había hecho una segunda publicación de la “Relación Sumaria de la visita que hizo en Nueva España a doscientos pueblos (de la Provincia de Colima)”. Pero como dicho documento no aborda el tema de la Guerra del Salitre ni se refiere a los conflictos que tuvo el cazonci con el “rey” de Coliman, lo volví a poner en su sitio, y me fui a buscar a José Miguel Romero de Solís, director entonces del Archivo Histórico del Municipio de Colima, para exponerle mis cuitas. Él me escuchó con atención y, sin decirme nada, se levantó y salió de su oficina, regresando al poco tiempo con un fascículo de la colección “Pretextos” que dicho archivo edita. Luego se sentó y me dijo: “No hay, hasta donde sabemos, ninguna Relación de Colima, equiparable a las de Tlaxcala y Michoacán que ya tienes, pero sí hay otras que fueron recogidas en algunos pueblos que indudablemente en alguna época formaron parte de la Provincia de Colima, o tuvieron muy cercana relación con ella, y me refiero a “Las Relaciones de la Provincia de Amula, que son éstas que te quiero regalar”.

TESTIGOS DE PRIMER ORDEN.

Esa misma tarde empecé a hojear el fascículo que les menciono, y lo que en primer lugar atrajo mi atención fue que, al inicio del mismo, José Miguel insertó un iluminador prefacio en el que explica que todas esas “relaciones geográficas”; más las que recopiló don Francisco del Paso y Troncoso y las que anexó y publicó René Acuña, fueron escritas gracias a que, un buen día de 1577, los integrantes del Real Consejo de Indias, en Sevilla, llegaron a la conclusión de que era necesario contar con una información fresca, sistemática y bien organizada de los territorios que hasta esa época había logrado conquistar el Imperio Español en ultramar. Conclusión que los habría llevado a tomar un acuerdo trascendental: el de solicitarle a Felipe II su venia para que diera su real orden para que en todas las poblaciones de sus gigantescos dominios fuera aplicado, a los nativos más viejos y conocedores de cada pueblo o provincia, un extenso cuestionario de 50 preguntas que tenían el propósito de acopiar el mayor número de datos que sobre dichas áreas se pudieran recabar, y que irían desde el nombre de cada pueblo, la región en donde se hallaba, sus límites o fronteras, su clima o temperamento, hasta saber qué idioma hablaban sus habitantes, que comían, como vestían, cómo construían sus viviendas, con qué pueblos tenían guerra, cómo se gobernaban, etc. Luego añadió el cuestionario completo, y advirtió muy claramente que él mismo paleografió las relaciones de “Zapotitlán, Tuxcacuesco y Cuzalapa”, señalando que dichos pueblos, más los que ellos “tenían sujetos” conformaban la Provincia de Amula, cuyo territorio no es otro más que el del Llano Grande que ya mencioné y otros rincones vecinos, entre los que habríamos de incluir también el actual San Gabriel, Tonaya y Cuauhtitlán, Jalisco. Una provincia que desde “entonces y hasta ahora ha tenido fuertes lazos con Colima”, como lo demuestra el hecho de que, cuando ya casi al final del siglo XIX se erigió la diócesis y obispado de Colima, casi la totalidad de esos pueblos quedaron incluidos dentro de sus linderos.
Otro elemento importantísimo que menciona José Miguel es que todos esos cuestionarios fueron impresos y enviados (por copias) a todos los virreyes, gobernadores, corregidores o alcaldes mayores de aquella época, con la instrucción de que fueran distribuidos en sus respectivas jurisdicciones, y aplicados mediante curas, religiosos, alguaciles o personas ilustradas que pudiesen leer y escribir, utilizando intérpretes en donde fuera necesario. Debiendo cada uno de ellos señalar muy claramente, “en hoja aparte” cuándo, dónde y a quiénes fueron aplicadas dichas preguntas, y quiénes participaron en la pesquisa y la redacción de “las memorias” resultantes, etc.
Me llevé algunas horas para tratar de entender los contenidos de las tres relaciones trabajadas por José Miguel, porque por aquellos días no estaba familiarizado yo con la lectura de documentos redactados en el siglo XVI, y constantemente tenía que hacer uso de una antigua versión del Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, para salir de aquellos iniciales apuros. Pero el esfuerzo valió mucho la pena, porque cuando finalicé la lectura me quedaron muy claros algunos puntos: el primero, que los cuestionarios fueron aplicados durante julio y agosto de 1579, puesto que la certificación oficial de las memorias resultantes trae fecha del 22 de agosto de ese año, “en Zapotitlán, una de las cabeceras de la Provincia de Amula”. 
El segundo fue, que “los alcaldes y los señores principales” de Zapotitlán, Tuxcacuesco y Cuzalapa designaron a seis ancianos (dos de cada lugar) para que dieran respuesta a las cincuenta preguntas, por considerar que no sólo eran los más entendidos sobre aquellos temas, sino “los más antiguos de esa provincia”, cuyas edades oscilaban, desde los 78 años del más joven, hasta los “120, poco más o menos”, que tenía el más viejo.
Y el tercero ya fue una reflexión que saqué de eso: que, siendo esos seis señores de las edades ya mencionadas, nacieron bastantes años antes de que iniciara la conquista española, y que, por lo mismo, no sólo fueron testigos de lo que aconteció durante dicha conquista, sino del último intento que el cazonci Zuangua habría realizado con similares propósitos durante el ya varias veces mencionado año de 1510. Año en el que, según los historiadores que estuve citando en los dos capítulos anteriores, habría concluido la famosa Guerra del Salitre, tras la intervención bélicamente exitosa del llamado Rey de Coliman. Teniendo constancia, además, de mucho de lo que había ocurrido en la región desde 1510 hasta 1789, año en el que respondieron al referido cuestionario.
Así, pues, yo estaba ante testigos de primer orden. Pero sobre lo que dijeron voy a tener que hablar hasta el capítulo siguiente.
1.- Figurilla de un guerrero colimeca, localizado por un arqueólogo de INAH-Colima, en una tumba de tiro.
2.- Dibujo representando al iniciador de la supuesta “Guerra del Salitre”. Padre del cazonci Zuangua, quien sería el último que atacó la región lacustre de la antigua provincia de Xalisco.
3.- Importantísimos testimonios indígenas aparecen en este volumen publicado en 1987.
4.- El maestro Genaro Hernández Corona (izquierda) me regaló ese libro. Aquí aparece con nuestros queridos amigos y compañeros, hoy ya difuntos: Elías Méndez Pizano (centro) y Florentino Vázquez Lara Centeno (derecha).