miércoles, 28 de noviembre de 2018

Los Cristeros del Volcán de Colima, Se multiplican los mártires

LOS CRISTEROS DEL VOLCÁN DE COLIMA
SPÈCTADOR.  LIBRO QUINTO, CAPITULO PRIMERO  
(Del los primeros de agosto a diciembre de 1927) 
SE MULTIPLICAN LOS MÁRTIRES
Viene de la edición anterior.

En unión de Marcos Torres, que era un excelente conocedor de caminos y veredas, llegó a Guadalajarita, a las orillas mismas de la ciudad, en donde durmió la noche del 13 de agosto. En la madrugada del 14, llegó hasta cerca del centro, en donde vivían por aquellos días sus familiares: calle Venustiano Carranza, No. 82.
Poco antes de Ochoa, había llegado a Colima el general callista Joaquín Amaro, Secretario de Guerra y Marina, con fuerte contingente de tropas para aniquilar, de una vez por todas, a los insurrectos cristeros y se había hospedado, en unión de su Estado Mayor, en el hotel Carabanchel que, aunque tenía su frente por la calle 5 de mayo, sin embargo, por dentro, lindaba con la casa de Dionisio Eduardo Ochoa y del sacerdote su hermano. ¡El general Amaro jamás hubiera imaginado aquello!
Acompañaban al general cristero Ochoa, su hermano el Padre Capellán y su asistente, ya por esos días, desde su regreso de Michoacán, J. Refugio Soto, valiente y leal soldado libertador, originario del pueblo de San Jerónimo, Col.
La entrevista con M. de los Ángeles Gutiérrez fue allí, en Venustiano Carranza No. 82 y ellos dos -Dionisio Eduardo y Angelita- hablaron largo y tendido. El jefe Ochoa se llenó de inmenso consuelo con las noticias que Angelita le proporcionó en aquella conversación.
Tanto mayor fue la alegría que Ochoa tuvo con estas noticias, cuanto densa fue la noche negra por que se había atravesado. Desde que el día 10. de abril -tres meses y medio hacía- Anacleto González Flores -su jefe-, el jefe del Movimiento de Defensa en el occidente de la República, había caído en manos de los enemigos, Dionisio Eduardo Ochoa no había vuelto a saber nada, con relación a esa Jefatura. El suponía “así como en realidad era” que no habría faltado quien hubiese sido constituido jefe de la gloriosa empresa; pero, a ciencia cierta, él nada sabía. Y esta era una de sus más grandes penas: el estar del todo desconectado de sus jefes jerárquicos -si acaso alguno había quedado al frente, en sustitución del Maestro Cleto- y aun imaginar, sobre todo cuando se cargó contra ellos toda la fuerza del Gobierno perseguidor y casi sin cartuchos buscaban refugio en las serranías, que ya la tiranía hubiese logrado aniquilar a los
demás grupos de insurgentes católicos de los demás Estados de la República y que ya no quedaban sino ellos solos. Y esta pesadilla se cargaba a veces, negra y terrible en su alma, y sin poder comunicarla a ninguno de los compañeros por no ir a ser causa -decía él en una confidencia a su hermano el sacerdote- de que vayan a desmoralizarse y a perder la fe. Y ahora Angelita traía noticias ciertas y detalladas de cómo, con pujanza, el Movimiento Libertador se había convertido en un incendio en los Altos de Jalisco; de la bravura de los cristeros de Jalisco y Zacatecas, sobre todo, y de que había sido enviado a Guadalajara un joven acejotaemero de la ciudad de México, para que fuera, en la Perla Tapatía, con el carácter de
delegado de la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa, el Jefe del Movimiento Libertador del occidente de la República. y que, con él, estaban los antiguos compañeros de Anacleto González Flores. Además -habló Angelita- de cómo las mujeres jaliscienses se organizaban en un cuerpo casi militar, o militar propiamente dicho, con el fin de auxiliar a los combatientes; que tenían su jerarquía, así como en el Ejército, y que todo este movimiento femenino estaba subordinado a los altos jefes cristeros........    CONTINUARÁ























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