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lunes, 24 de enero de 2022

“Mitos, verdades e infundios de la Guerra de Independencia de México”; Capítulo 15

 “Mitos, verdades e infundios de la Guerra de Independencia de México”; Capítulo 15.

PERSONAJES DEL CAMINO REAL
Profr. Abelardo Ahumada González

COLIMA Y LOS COLIMOTES POCO ANTES DEL “GRITO DE INDEPENDENCIA”. 

En el capítulo precedente comentamos que hacia 1802, incluyendo al Corregimiento de Xilotlán, en todas las parroquias del “Partido de Colima” residía un exiguo número de habitantes, puesto que los “padrones eclesiásticos” (especie de censos que realizaban los curas) de ese año solamente contabilizaron 20,830 “almas”. Muchas de las cuales se hallaban en pequeños y remotos ranchos, de difícil acceso. Habitantes que, según expresiones de autoridades virreinales que trataron con ellos, se caracterizaban por ser muy difíciles de gobernar, se conformaban con trabajar muy poco, vivían al día, eran rebeldes, pendencieros, amantes de la embriaguez y muy dados a cometer todos los “pecados de la carne”. 
De todos esos antepasados nuestros casi la mitad (“diez mil cuatrocientas cuarenta y siete almas”) residían en la muy extensa parroquia de Colima y, de todo éstos, casi siete mil vivían en la Villa de Colima; mientras que en lo que hoy son los municipios de Armería, Manzanillo y Minatitlán, casi no vivía nadie (pues no llegaban a los 200 habitantes en todo ese espacio); en tanto que en la también muy extensa parroquia de Almoloyan, desparramados también entre Coquimatlán, Jala, Quizalapa, Juluapan, Comala, Zacualpan, Suchitlán y otras pequeñas comunidades sólo se contabilizaron “siete mil cuarenta y cuatro almas”, atendidas éstas por un cura y por un vicario. Contando las de Ixtlahuacán y Tecomán con poco más de mil cada una.
Hablando en términos económicos, y salvo el rescate de perlas y una pesquería muy limitada, los puertos de Santiago, Salagua y La Manzanilla estaban sin gente y sin aprovechamiento; el mayor producto de la región era la sal, que en su mayoría exportaban; cultivaban el añil, el coco, la caña de azúcar, el maíz, el frijol, el chile y la calabaza, pero casi nada más “para irla pasando”. Aunque, por otra parte, hay datos que nos muestran que todos los años enviaban cantidades considerables de ganado en pie no nada más a Guadalajara, sino incluso a México. Mientras que en la región de Pihuamo, Tecalitlán y Xilotlán, que ya les había sido arrebatada por el gobierno de la Nueva Galicia, seguía con cierta pujanza el tema de la minería.
Finalmente, en cuanto a lo educativo, carecían hasta de las escuelas más elementales y se les seguía enseñando a leer y a escribir con el catecismo; pero eran muy prácticos para sacar sus cuentas y sabían manejar, aunque rústicamente, todo tipo de medidas.
Los únicos individuos que habían estudiado algo más eran, por supuesto, el subdelegado, el capitán de las milicias, el receptor de rentas y los clérigos. De los que siendo 16 por todos, 11 radicaban en la dicha Villa, dos en Almoloyan y uno en cada una de las demás parroquias.
Siendo algo muy de notar que todavía entonces era muy común la compraventa de esclavos y hasta los curas y los frailes solían tener algunos.
Por otra parte, tal y como ya lo había advertido en otros capítulos, tanto en lo eclesiástico como en lo civil, las parroquias y los pueblos de Colima pertenecían (desde agosto de 1795) al Obispado de Guadalajara, aunque seguían teniendo muy fuertes vínculos con el de Michoacán, al que habían pertenecido prácticamente durante toda la época virreinal.
El gobierno civil ya no estaba, por entonces, bajo la responsabilidad de un Alcalde Mayor, sino de un Subdelegado que el Intendente de Guadalajara (especie de gobernador) designaba a su más entero gusto. Y bajo las órdenes de dicho funcionario actuaban en la Villa de Colima el “alcalde ordinario”, el jefe de “La Acordada” (equivalente a la policía montada), los jueces, los alguaciles y los gobernadores autóctonos de cada uno de los pueblos indígenas. 
Pero quienes realmente dominaban (o pretendían dominar) a todos, eran los señores curas, de los que el de mayor jerarquía y representación era, evidentemente, el encargado de la parroquia más antigua de Colima, quien además había recibido encomiendas directas del obispo de la diócesis, y desempeñaba la función de “juez eclesiástico”, responsable de revisar y dirimir conflictos de los fieles con los curas, de los curas entre sí, o que tuvieran que ver con “la recta doctrina”.

LOS ARRIEROS, LOS BANDIDOS Y LOS CORREOS DEL CAMINO REAL.

En ese mismo contexto otros personajes muy importantes de la época eran, sin lugar a duda, los arrieros del Camino Real, quienes con su constante ir y venir (“trajinar” le decían) dinamizaban el comercio de la región y llevaban y traían noticias, cartas, recados y simples argüendes.
Sobre estos singulares personajes el también presbítero, filósofo e historiador, Roberto Urzúa Orozco, escribió unos interesantes párrafos que extractaré para ustedes:  “El transporte de carga en animal fue un importantísimo negocio” en los siglos pasados “tanto para los que con él directamente se relacionaban o de él vivían, como para el pueblo groso, ya que era la única forma de acarrear los productos de la tierra, las mercancías para el comercio, y cualquier cosa que fuera necesario cambiar de un lugar a otro. Además, eran muchas las industrias que a la sombra de esta actividad se desenvolvían, como la talabartería, la fustería, la fabricación de jarcias y la herrería”, aparte de “los mesones, las fondas y otras varias que creaban mano de obra por todos los pueblos y regiones”.
Un tiempo de “lento desplazarse por serpenteantes caminos que partían llanuras, bordeaban ríos, se hundían en barrancas, trepaban a saltos las empinadas laderas y llegaban al fin de la jornada a pequeños poblados con casas como dibujos malhechos que desprendían columnitas de humo, para meterse después por la claveteada, inmensa puerta del mesón, anhelada tumba de las fatigas del día”.
“Elemento principal” de estos trajines “fueron las bestias mulares, cuyo conjunto clásico se llamaba atajo, recua o arria”, y de ahí los nombres de atajadores o arrieros… “El atajo normal estaba compuesto por sesenta bestias, manejadas en grupos de diez animales por seis arrieros [más un cargador, un atajador y el jinete de] la yegua caponera”. Habiendo además “chinchorros” que no eran otra cosa más que atajos de igual número de burros, más humildes tal vez, pero más capaces de sufrir y de meterse en las veredas angostas, de difícil acceso. La yegua caponera era un animal manso, de buena andada y muy inteligente al que conducía a veces un joven que ya estaba aprendiendo cualquiera de aquellos oficios.
A la yegua le “colgaban del cuello una campanita de cobre”, que constituía algo así como “el clarín de órdenes de aquel conglomerado animal”, puesto que “siempre iba al frente de la recua” marcándoles el paso y el ritmo con su campanita a las demás bestias.
El cargador era también, según las indagaciones del padre Urzúa, “el director de todo”, “el que daba las órdenes y tomaba las decisiones”, “el que llevaba el dinero para los gastos”, y el que “trataba con los mesoneros y los comerciantes”. Entre las obligaciones del atajador, por su parte, estaba la de ser “el encargado de hacer la comida”, y al que los demás debían, como quien dice, chiquear para mantenerlo contento. Él solía ir en un animal de mayor alzada que pudiese llevar consigo, las ollas, los jarros, ciertas provisiones y demás implementos para cocinar.
Y cuando no había pueblos para llegar a descansar los arrieros pernoctaban al descampado, pero siempre en lugares con agua y cierto cobijo que todos ellos conocían y llamaban precisamente “parajes de arrieros”.
Por otra parte, y muchas veces con mayores y mejores conocimientos de las diferentes y más intrincadas veredas de la región, estaban los salteadores de caminos, que solían cometer sus atracos en aquellos lugares donde a los viajeros les resultaba muy difícil defenderse. Individuos a los que, cuando las acordadas y otros agentes del orden los lograban atrapar, les aplicaban la más pronta y elemental justicia, colgándolos de las ramas de los más gruesos árboles que bordeaban el camino, para que quedaran allí, expuestos a las zopiloteras y otros animales carroñeros, como advertencia para quienes quisieran seguir dedicándose a tan incómodo y arriesgado oficio.
No menos destacados y a veces más reconocidos que todos ellos, eran los famosos e indispensables “correos del Camino Real”. Hombres arrojados, intrépidos y valientes que se caracterizaban por ser excelentes jinetes y por soportar jornadas dobles cabalgando a toda velocidad. Al grado de que eran capaces de recorrer, por ejemplo, el dificultoso tramo entre Colima y Guadalajara (o viceversa), en sólo dos días con sus noches, cuando el recorrido normal para los arrieros era de cinco jornadas.
Para desempeñar sus singulares tareas los correos contaban con el apoyo del gobierno virreinal y el de las diversas provincias, así como con gentes más o menos adineradas que instalaban postas en diversas partes de los caminos, a donde aquéllos solían llegar a comer rápidamente y a cambiar su cansada montura por otra que estuviera fresca y descansada.
Dichos correos no siempre iban a toda velocidad, sino cuando la urgencia lo requería, y en esos casos reclamaban un pago extra para realizar el servicio que se les solicitara. Habiendo casos en que eran contratados por particulares, y en tales momentos se les decía “mandar un propio”.
Aparte de los correos ordinarios o urgentes, también los arrieros solían llevar y traer noticias y recados, pero los correos no eran, según el referido Urzúa, gente brava o atrabiliaria, sino individuos nobles, de gran corazón, que no eran simples “máquinas postales”, sino individuos que, obligados a “la soledad de su peregrinar”, solían “refugiarse en su interior mundo de recuerdos y fantasías, con los que marcaban cada paso del camino como espirituales mojoneras”, llegando a cada sitio con “las noticias en la boca, con saludos para cada uno, y con encargos para la mayoría”.
Habiendo sido ellos y los multimencionados arrieros quienes, hacia mediados de 1808, empezaron a llevar a Colima y a todos los pueblos y rancherías del Camino Real, los rumores, primero, y las noticias confirmadas, después, de que el emperador francés había ordenado la invasión de España.

LAS PRIMERAS REACCIONES ANTE LA INVASIÓN NAPOLEÓNICA.

En el Capítulo 10 ya había dicho que fue en julio de 1808 cuando llegaron a Guadalajara las primeras noticias que hablaban de la destitución del rey Carlos IV y de la reclusión en un palacete de su sucesor, el príncipe, que durante algunos días había reinado con el nombre de Fernando VII. Así que, siguiendo con esa tónica, y ya contando con toda la información que agregué en los cuatro capítulos siguientes, hoy puedo afirmar que fue un máximo de cinco días después cuando las autoridades eclesiásticas y civiles de la Villa de Colima y del pueblo de Almoloyan recibieron también esas decepcionantes noticias. Y digo “decepcionantes” porque cabe recordar que como muchísimos criollos y españoles de aquella época admiraban a Napoleón Bonaparte, lo consideraban un genio para la guerra y un poderoso aliado del rey Carlos, no podían entender los motivos por los que le hubiese  arrebatado éste la corona y se le haya puesto a su hermano José. 
Aquella impactante noticia hizo que se trabaran de coraje no sólo los pocos españoles que radicaban en la pequeña Villa de Colima, sino los que habitaban en todas las más grandes ciudades de la Nueva España. Y entre ellos, con muy notoria preminencia, dos de los españoles que mayor poder tenían en aquellos días: el arzobispo de México, don Francisco Javier de Lizana y Beaumont, y el obispo de Guadalajara, don Juan Ruiz de Cabañas, nacidos ambos, por cierto, en pueblos muy cercanos entre sí, y ubicados muy al norte de la Península Ibérica, que fue donde primero lograron instalarse los soldados del ejército invasor.
Y aun cuando no es algo que se pueda probar, hay suficientes indicios para creer que cada uno de ellos, habiéndose enterado de las humillaciones y maltratos a que fueron sometidos sus coterráneos, y  posiblemente hasta sus familiares, tomaron dicha invasión como una ofensa personal, puesto que, en cuanto tuvieron más claro lo que había sucedido, comenzaron a hacer presión en sus respectivos ámbitos, y se aplicaron con esmero para combatir a Napoleón y a “sus secuaces”, lanzando enjundiosas homilías y cartas pastorales mediante las que exhortaban a los clérigos, frailes y monjas bajo su mando, y a los fieles de todas las parroquias, a cooperar por todos los medios que tuvieran a sus alcances, para sostener, sobre todo económicamente, a las juntas de gobierno que se organizaron en “la querida y doliente Madre Patria”, Juntas (o diputaciones regionales) que entre sus propósitos más importantes tenían el de sostener a ejércitos de patriotas que combatieran a los soldados de Napoleón, y a “Pepe Botella” (o José Bonaparte) considerado por ellos como un rey apócrifo, o usurpador.
No contamos, lamentablemente, con ningún documento que nos diga que en Colima sucedió tal o cual cosa en relación con esto que se dice entre julio y agosto de 1808, pero afortunadamente hay, en el Tomo III de la magnífica y muy nutrida colección de documentos de Hernández Dávalos, una especie de reseña episcopal (fechada el 6 de septiembre de ese mismo año, y de la que ya cité una parte en el mencionado Capítulo 10), en la que el propio Juan Ruiz de Cabañas nos dice que, a raíz de que se enteraron de que tropas francesas invadieron el norte de España, dedicándose a profanar templos y honores virginales, a matar a los que se resistían, a robar lo que podían y a tratar como esclavos a sus paisanos, “manchando los lechos conyugales”, “destruyendo nuestra monarquía, trastornando su gobierno y […] extinguiendo la religión y el culto”. Lo primero que se imaginaron fue que “también a estos dominios amagaba el mismo oprobio, y que las escuadras enemigas ya se prepararían rápidamente para venir a sojuzgarnos y reducirnos al último exterminio”. Por lo que las autoridades de Guadalajara y él mismo tomaron la decisión de advertir y mover a todos los habitantes de la Nueva Galicia para evitarlo. Como lo podremos observar en nuestra próxima colaboración.
NOTA. Todos estos datos corresponden al Capítulo 15 de “Mitos, verdades e infundios de la Guerra de Independencia de México”.

1.- Dibujo que muestra unos arrieros a mediados del siglo XIX. Tomado de la portada del libro colectivo “Historias del Camino Real de Colima”, que en el 2012 me tocó coordinar.
2.- Monumento ya muy decrépito, ubicado a unos 40 metros del Mesón de Atenquique, Jalisco, que alude tanto al son del “Camino Real”, como a la existencia de la famosa vereda.
3.- Brecha de Quesería, Colima, que formó parte del Camino Real. Foto tomada desde “el mirador de La Barranca del Muerto”.
4.- Hace como 12 años tuvimos la oportunidad de ingresar a lo que quedaba del Mesón de Platanar, lamentablemente casi todo en ruinas. No sé si finalmente el Ayuntamiento de Tuxpan lo haya restaurado como parecía ser su intención.




















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sábado, 15 de enero de 2022

Vislumbres Preludios de la Conquista Capitulo 28 Tariacuri acrecienta su poder

 VISLUMBRES PRELUDIOS DE LA CONQUISTA
Capítulo 28
Profr Abelardo Ahumada González
TARIÁCURI ACRECIENTA SU PODER.

Sin demeritar las indiscutibles aportaciones que brinda para iluminar un aspecto poco conocido de la historia de nuestro país, uno de los más grandes defectos que tiene “La Relación de Michoacán” es el de que los viejos de Tzintzúntzan y Pátzcuaro que le brindaron sus informes a fray Jerónimo de Alcalá, nunca supieron, o tal vez nunca quisieron hacerle saber quiénes fueron los originales purépecha, y se dificulta mucho identificarlos, porque ellos se hacían llamar uacúsecha. Y yo al menos, he terminado sospechando que cuando ellos se referían a “los isleños” estaban, en realidad, hablando de los que ya estaban allí cuando sus ancestros chichimecas y nahuas apenas estaban llegando.
Una vez hecha esta aclaración, y por la trascendencia que la vida de Tariácuri tuvo en la fundación de lo que exteriormente sería identificado como el “reino de Michuacan”, he de agregar que esos mismos viejos parecen no haber sabido a dónde huyó el joven Tariácuri cuando “los isleños” que mataron a su padre y su tío intentaron darle muerte también, ni cuánto duró su destierro. Pero algo que sí quiero señalar es que, cuando por fin aquél reapareció en Pátzcuaro”, no sólo se había convertido en un adulto experto en las artes del combate, sino que seguía siendo sobrio y devoto con sus dioses; que traía consigo a un conjunto de experimentados guerreros y que tenía algunas otras alianzas resueltas para disponer de guerreros adicionales en caso de necesidad.
Otro dato que le comentaron al fraile fue que Tariácuri llevaba con él a un hijo, ya jovencito, que había tenido con “la señora (cacica) de Curínguaro”, que se llamaba Curátame, el que después le salió desobligado y borracho. Y otro, menor, que se llamaba Hiquíngaje, que fue su sucesor en el gobierno de Pátzcuaro. Datos por los que muy bien podemos inferir que duró fuera entre doce y quince años.
Colateralmente “La Relación” explica que ya estando él de vuelta en Pátzcuaro, una vieja tía suya le informó que en el mercado, comiendo fruta y verdura podridas, solían aparecer dos  sobrinos suyos, llamados Hirepan y Tangáxoan, hijos de sus hermanos asesinados. Y que él los mandó buscar, adoptándolos de inmediato.
Y menciono todo lo anterior porque andando el tiempo, y ya estando viejo él, les dio poder a los cuatro, aunque al borracho, por incorregible, lo tuvo que mandar matar.
En este mismo contexto es preciso decir que la mayoría de los pueblos isleños, sedentarizados desde mucho tiempo atrás, se dedicaban básicamente a la pesca y a las labores agrícolas. Y que, tal vez por esa razón, cuando algunos de sus caciques se dieron cuenta de que Tariácuri jefaturaba un fuerte grupo de implacables guerreros chichimecas, y que lo primero que había hecho al regresar fue vengarse de los asesinos de su padre y su tío, decidieron evitarse futuros problemas y, para lograrlo, le fueron a ofrecer sus respectivas hijas, con el propósito de hacer la paz mediante alianzas matrimoniales con él y sus vástagos. Alianzas que no habiendo sido rechazadas, me llevan a suponer que, como derivación de ellas, los hijos de los chichimecas, cuyos abuelos llegaron hablando allí una variante dialectal del náhuatl, “olvidaron –como dijo fray Antonio Tello- su lengua”, porque desde pequeñitos la que más comenzaron a oír fue la que sus madres “isleñas” utilizaban.
Al llegar a este punto he de saltar varios capítulos de La Relación para referirme al momento en que, luego de haber consolidado su dominio sobre los demás pueblos del lago y sus alrededores, Tariácuri descubrió que ya era muy viejo y decidió repartir el reino entre su hijo y sus dos sobrinos, dándoles como sus respectivas sedes tres pueblos que siguen siendo famosos: Pátzcuaro a Hiquíngaje; Cuyuacan (o Ihuatzio) a Hirepan y, cosa curiosa, “el pueblo de Michuacan”, nombre eminentemente náhuatl, que de conformidad con lo afirmado por el recientemente desaparecido Maestro en Arqueología Otto Schöndube Baumach, significa “la tierra del pescado”, o “donde abunda el pescado”, se lo asignó a Tangáxoan. Padre del que habría de convertir a este pueblo en la capital del “reino”. Y pueblo del que se derivaría el nombre de toda la región, aunque posteriormente, cuando ya estaba muy diluido el dominio de los chichimecas, los purépechas lo rebautizaran como Tzintzúntzan.
Pueblos, los tres, que si uno los mira actualmente en un mapa, descubre que no están demasiado lejos entre sí, porque si enfoca uno a Quiroga (ubicada muy cerca de Santa Fe de la Laguna, al norte del hermoso lago) descubre que Tzintzuntzan está, yendo hacia el sur, como a 15 o 16 kilómetros de lejos; mientras que Ihuatzio quedaría unos 20 al suroeste de Tzintzuntzan, y Pátzcuaro a menos de 10 de Ihuatzio, también al sur. Con lo que estaríamos hablando de que los iniciales dominios que estableció Taríacuri, abarcarían, básicamente, todos los pueblos ubicados al oriente del lago, y a los que desde cualquier punto de su señorío se podría llegar a menos de una jornada a pie.

LA PRIMERA EXPANSIÓN DEL PODERÍO MICHOAQUE.

No obstante haber realizado esta distribución de cabeceras de gobierno, Tariácuri continuó siendo el que señalaba lo que se tenía que hacer, y parte de eso fue que sus tres muchachos, unidos siempre, terminaron de conquistar los pocos pueblos que en los alrededor del lago se habían resistido a su dominio, y continuaron expandiéndolo todavía más, hasta que en algún momento de 1408 (o un año antes, o un año después, porque no hay una información precisa), el viejo cacique enfermó de gravedad y falleció. 
Su muerte, sin embargo, no dividió a sus tres pupilos, quienes continuaron unificando fuerzas para ir a conquistar pueblos situados todavía más lejos, entre los que se encontraban los actuales de Quitupan, Zacapu, Uruapan, Paracho, Cherán y “otros pueblos nahuatlatos” situados más lejos aún. Así como los de la comúnmente llamada “Tierra Caliente” que, de conformidad con el mismo libro “pertenecían a los otomíes”, y los de Tamazula, Tzapotlan y otros que menciona el fraile como “Los Pueblos Dábalos” (sic) que, por otros documentos del siglo XVI, nosotros sabemos que fueron Tuxpan, Sayula, Zacoalco, Atoyac y más de la zona lacustre del actual estado de Jalisco. 
Información, esta última, que nos da para entender que ÉSA FUE LA PRIMERA OCASIÓN EN QUE LOS MICHOAQUE SE APROXIMARON EN PLAN DE GUERRA A COLIMA.  
Datos todos que no dejo de admirar, porque para realizar tales desplazamientos se requerían muchas jornadas a pie, y una organización logística considerable.
En ese mismo sentido cabe señalar también que, con todo y la confusa redacción que esta fuente informativa tiene, es posible observar que, una vez que el hijo y los sobrinos de Tariácuri concluyeron esta otra serie de conquistas, los tres primos se reunieron al parecer en Cuyuacan,  donde, luego de haber mandado construir una especie de bodega para resguardar los tesoros dedicados a los dioses, realizaron un análisis y un balance de lo que habían logrado, coincidiendo en observar que, como resultado de la guerra emprendida, y de la consecuente matazón y captura de gran cantidad de esclavos, numerosos pueblos se habían quedado sin “los regidores o cabezas que los meneaban” (o controlaban). 
Por lo que decidieron seleccionar algunos isleños y algunos chichimecas de los más notables, para designarlos como “señores y caciques” de todos los pueblos conquistados, pues, de conformidad con lo que los sacerdotes les habrían dicho, “placerá a los dioses que (se) sosiegue la gente”.
Detalle si ustedes quieren netamente administrativo, pero que les sirvió para cumplimentar dos intenciones fundamentales: tener, por un lado, el control de todo su nuevo y más extenso territorio, y dispersar, por otro, a los más notables de sus enemigos: los isleños, de habla purépecha, dándoles poder para que gobernaran y recogieran los tributos de los pueblos recién conquistados. 
Pero no todo les fue tan dulce como parecía porque habiendo tenido, por ejemplo Hiquíngaje, muchos hijos, no pudo nombrar a ningún sucesor, “por ser malos, y borrachos” y porque “mataban a la gente” hundiéndoles sus “navajas en los lomos”. Viéndose él, forzado por el dolor y la vergüenza, a mandar matar a sus críos. Y porque, aparte, al único de ellos que parecía ser bueno “dicen que lo mató un rayo”
Hirepan, por otra parte, sí tuvo tres hijos, de los que uno que se llamaba Ticátame, “fue señor en Cuyuacan”.
Todo esto que les comento no sucedió a lo largo de unos pocos meses, sino durante aproximadamente cuatro o cinco décadas, a partir de la muerte de Tariácuri, cuando sus tres descendientes eran todavía muchachos, hasta que murió Tangáxoan, el más longevo de los tres, entre 1460 y 1470.
A Tangáxoan lo sucedió, evidentemente muy joven aún, su hijo Tzitzicpandácuare, nacido apenas hacia 1450. Y en cuyo reinado, que se prolongó hasta 1510, el pueblo michoaque expandió sus fronteras y resistió al acoso del poderío azteca, que deseaba expandir las suyas. 
“BIENVENIDOS CHICHIMECAS”.
Antes de continuar adelante con los enfrentamientos que tuvieron los mexicas contra los michoaques y los michoaques contra los colimecas, quiero detenerme un momento para comentar que, como muy claramente lo señaló don Eduardo Ruiz, “La Relación” carece, lamentablemente, de datos cronológicos que nos pudieran ayudar a saber poco más o menos cuándo fue que ocurrió tal o cual cosa. Por lo que, todos los investigadores que han tenido acceso a ella, han debido recurrir a otras fuentes complementarias para ubicar la temporalidad de los acontecimientos que narra. 
Pero ya que hablamos del tiempo, quiero precisar que sí hay en ella, sin embargo, un dato un tanto anómalo, que me pareció de sumo interés, ocurrido cuando Tariácuri no eran tan poderoso, y que nos permite saber que hubo algunos purépecha que conocían el calendario azteca. Pues hay constancia de que hubo al menos un isleño llamado Hihuacha (cuñado por cierto de Tariácuri), que no sólo sabía “llevar la cuenta de los días”, sino que utilizaba ciertos “papeles” que contenían los elementos con que se manejaba una especie de técnica “adivinatoria” que utilizaba los símbolos en que se basaba dicho calendario. 
No es tampoco muy clara la explicación de la lámina XXIX, pero de cualquier modo dice que, habiendo Hihuacha permanecido borracho y sin comer durante varios días, alguien se lo informó a Tariácuri, y éste, tal vez por quedar bien con su mujer, (hermana de Hihuacha), envió a su hijo Hiquíngaje y a sus dos sobrinos, para que lo buscaran y vieran el modo de hacerlo comer “para que no se muera”. Y que, ya estando en la casa de éste, que se acababa de bañar, lo primero que les dijo fue: “Bienvenidos chichimecas”. Y que en la plática que tuvieron con él, una de las cosas que les comentó fue que se dedicaba a intercambiar mantas por esclavos, y, otra, que cuando sus paisanos querían ir a la guerra, él no iba, sino que se dedicaba a verificar los “agüeros” conforme a lo que le decían sus observaciones de “los días de la caña, del agua, de la mona, de la navaja”, etcétera. Nombres que claramente corresponden con el ácatl (caña), atl (agua), ozomatli (mono), técpatl (pedernal), que aparecen entre los 20 símbolos que para “llevar la cuenta de los días” utilizaba el mencionado calendario.
Siendo asimismo, muy de notar, que la respuesta de los muchachos fue: “Nosotros no peleamos contando de esa manera los días, pero traemos leña para los cúes y el sacerdote llamado curí y el sacrificador toman olores (incienso y copal) para la oración a los dioses”…

EL MUY NOTABLE TZICTZICPANDÁCUARE.

Y aprovechando la mención de la guerra, permítanme los lectores decirles que uno de los más relevantes eventos que los informantes de fray Jerónimo de Alcalá le llegaron a comentar, tuvo que ver con el hecho de que desde tiempo antes de que Tzitzicpandácuare asumiera el poder, la gente de pueblo uacúsecha, ya muy mezclada con los originales purépecha, conservaba el recuerdo de la buena época en que gobernó Tariácuri y, divididos como estaban en tres dominios, anhelaban revertir la situación y volver a ser “un solo reino”. Aspiración que sólo pudo lograrse cuando, Tzitzicpandácuare, hijo primogénito de Tangáxoan, asumió el mando general, teniendo como su única sede el pueblo de Michuacan, al que, sin saber yo el motivo, posteriormente denominaron Tzintzuntzan.
Pero lo cierto es que Tzitzicpandácuare merece una mención especial, no sólo porque logró reunificar el “reino”, sino porque se caracterizó por ser un guerrero formidable, y porque a la par que continuó con la expansión de sus dominios, humilló al poderío azteca en tiempos de Axayácatl.
De Colima no sabemos cómo se convirtió en una “provincia” lo suficientemente fuerte para resistir el movimiento expansionista que habían iniciado los michoaques, pero como quiera que todo ello haya acontecido, de lo que sí tenemos mayor información y ciertas constancias, es de que mientras en la hoy llamada Meseta Tarasca engrandecían sus dominios el hijo y los sobrinos de Tariácuri, los mexicas o aztecas estaban tratando también de expandir los suyos a costa de muchísimos otros pueblos, en tiempos de Chimalpococa (1417-1427), Izcóatl (1427-1440) y Moctezuma Ilhuicamina (1440-1469). 
No voy a meterme a referir nada de lo que se ha escrito sobre las conquistas que durante sus respectivos periodos de gobierno realizaron dichos señores mexicas, cuyos dominios llegarían un día a abarcar de costa a costa y hasta Guatemala, pero sí señalaré la coincidencia de que tanto los mexicas como los michoaques solían exigir a los pueblos conquistados fuertes tributos anuales y arrebatarles víctimas para “darles de comer al sol y a los dioses del cielo”, según varias veces se lo dijeron al cronista franciscano sus informantes, entre los que al menos uno que había sido sacerdote de Curícaveri y Xaratanga.
Tampoco quiero detenerme a considerar las indudables similitudes que gracias a “La Relación de Michoacán” se han podido encontrar en cuanto a las ceremonias y a los preparativos que michoaques y mexicas hacían para realizar unos sus guerras para “la fiesta de Hanzíuansquaro”, y otros sus “guerras floridas”. Pero no quiero concluir este capítulo sin señalar que una de las principales motivaciones que el Cazonci trataba de realizar con los hombres que habrían de ir a pelear, era la de que deberían preferir morir en la guerra que de enfermedad, o por cualquier otra causa en sus casas.
Pero de eso, con más detalle, les hablaré en el siguiente capítulo.
1.- A pesar de que hay un cierto infantilismo en la calidad de las ilustraciones de “La Relación”, bastan para señalar lo que se indica. “Hablando”, en este caso, de cómo ellos realizaron sus iniciales “conquistas”.

2.- Con el tiempo sus campañas se volvieron multitudinarias, y las huestes michoaques llegaron cada vez más lejos, incursionando, por ejemplo, en Tamazula, Tuxpan, Zapotlán y otros pueblos que hoy son de Jalisco.
3.- Cuando Tariácuri ya estaba viejo y pensaba que ya estaba cercana la hora de su muerte, repartió entre un hijo y dos sobrinos las tierras que hasta ese momento tenía él conquistadas, abarcando toda la parte oriental del lago y una buena parte de los pueblos de los alrededores.
4.- Poco más o menos en la misma época en que el llamado “reino michoaque” estuvo dividido en tres cabeceras, prevaleció en México-Tenochtitlán, ltzcóatl, cuyo reinado transcurrió entre 1427 y 1440.






















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