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viernes, 8 de julio de 2022

Mitos, verdades e infundios de la Guerra de Independencia de México Capitulo 27 10 decima primera parte

Colima y los alrededores de los Volcanes en septiembre-diciembre de 1810
Décima primera parte
Profr Abelardo Ahumada González

INACCIÓN DE LAS AUTORIDADES TAPATÍAS. 

Para complementar la idea de que no fueron dos invasiones las que realizaron los insurgentes a terrenos de lo que hoy es Jalisco, sino una hecha en forma de pinza (que rodeó el Lago de Chapala), conviene mencionar que las propias autoridades de Guadalajara vislumbraron esa posibilidad desde el 12 de octubre (de 1810), cuando durante la realización de la asamblea correspondiente del Ayuntamiento y la Junta Auxiliar para la Defensa, todos los participantes dieron por cierto y válido el comentario que uno de ellos hizo, en el sentido de que, si se mantuvieran “las tropas [de que disponían] acantonadas en un solo punto”, quedarían “otros abiertos a la entrada del enemigo,  [a] cuya gente, repartida por la Barca e inmediaciones, no [le] sería difícil intentar un acometimiento por la parte indefensa de Sayula”. (Hernández Dávalos, T. II, p. 164). 

Siendo por eso tal vez que, el 20, ya “con la noticia de que los enemigos” se estaban acercando “a la ciudad, cuyo conflicto crece de momento en momento”, se propuso al Intendente Abarca que saliera para “ponerse a la cabeza de las tropas acantonadas fuera de ella”, y al “capitán del ejército Francisco Vilches” para encabezar las que se quedarían resguardando la plaza. (Ibidem, p. 170).

Abarca, sin embargo, entendió que dicha propuesta era una maniobra política de sus enemigos locales para deshacerse de él y seguir actuando por su cuenta en Guadalajara, y se las ingenió para no cumplirles su deseo, dedicándose en cambio a convocar a todos los individuos que fuesen capaces de portar y manejar armas para unirse a los defensores, encontrándose con la novedad de que no pocos de quienes estaban en dichas condiciones, ya estaban tomando sus particulares “providencias” para salir de la ciudad, proteger a sus familias e intereses, o irse a otras partes en las que al menos por el momento pudiesen estar más seguros. 
Al observar que eso lo estaban intentando varios criollos y españoles, el 24 emitió una nueva proclama en el sentido de que “ninguno de los europeos” que estuviesen o radicasen en la ciudad “podrían salir por ningún motivo de ella […] para no disminuir el punto de su defensa” (Ibidem, p. 181).

Mientras que, viendo que la situación se estaba poniendo cada vez más difícil, el Obispo Cabañas siguió utilizando su estrategia de presionar moralmente a los fieles católicos (la inmensa mayoría), pues en la misma fecha que Abarca prohibió la salida de los europeos de la ciudad, el prelado hizo “extensivas a su diócesis las excomuniones fulminadas contra Hidalgo” y sus seguidores, tanto por su colega de Valladolid, como por el temido Tribunal del Santo Oficio (la famosa Inquisición) y el Arzobispo de México, señalando que, como el ex cura de Dolores y “sus principales satélites y secuaces [… le habían] declarado la guerra a Dios, a su Santa Iglesia, a la Religión, al Soberano y a la Patria”, él, por la autoridad recibida del Papa, y teniendo ya “información competente”, se sintió compelido a excomulgar a Hidalgo, a declararlo como un elemento “sedicioso, cismático y hereje formal”, y a extender ese “castigo a todos los que aprueben su sedición y proclamas, tengan trato epistolar con él, ayuden o propaguen sus ideas revolucionarias, o sabiendo que otros entran en ellas, no los denuncien”  (Ibid., p. 182 y siguientes).
Como era también de esperarse, todas esas noticias se desparramaban por los pueblos de la Intendencia, generando sentimientos encontrados a favor o en contra.
Pero como quiera que las mencionadas autoridades tapatías estuvieran actuando, lo cierto fue que ellas mismas advirtieron el 27, que “los insurgentes, o los [individuos] que a su sombra ya se han sublevado”, no sólo estaba ocupando “los pueblos de La Barca y Mazamitla”, sino que también habían llegado a la región de Los Altos, ocupando el notorio pueblo de Tepatitlán. Por lo que podría decirse que los habitantes de Guadalajara se comenzaron a sentir “cercados por el oriente, norte y sur”. (Ib., p. 191-192).

LAS ESTREPITOSAS DERROTAS DE LA BARCA Y ZACOALCO.

En ese mismo contexto se supo en Guadalajara que en Zacoalco se estaba formando un grupo de combatientes indios y que, por si eso fuera poco, hacia esa población parecía encaminarse el mismo batallón que había pasado por Sahuayo, Cojumatlán y Mazamitla. Así que, poniendo finalmente la atención que ameritaba el caso, pero cometiendo el error de sólo disponer de dos pequeños grupos de soldados, cuando se afirma que contaba con cerca de doce mil elementos:

“Decidióse al fin la Junta enviar dos secciones contra los independientes: una de quinientos hombres hacia el rumbo del oriente al mando del oidor don Juan José Recacho, y otra con igual fuerza contra los insurgentes del sur, a las órdenes del teniente coronel don Tomás Ignacio Villaseñor, rico propietario de la hacienda de Huejotitlán, pero tan inexperto en achaques de milicia como el mismo Recacho, que antes de ocupar su sitial en la Audiencia de Guadalajara había sido, aunque sin ningún brillo, capitán de Dragones en España”. 
“La pequeña sección confiada a la petulante suficiencia de este último, y de su segundo, el joven oidor Alva, salió en los últimos días de octubre y avanzó sin tropiezo hasta La Barca, cuya población, abandonada previamente por los insurgentes mandados por Godínez (sic) y Huidobro, ocupó el 2 de noviembre. [Pero] al día siguiente fue atacada vigorosamente. [Y] aunque logró rechazar a sus contrarios, el 4 fue asaltada de nuevo y hubo de retirarse [el 5] a Guadalajara con grandes pérdidas de muertos y heridos”. (Julio Zárate, Tomo III, de México a través de los siglos, p. 164, 1884).

Y por cuanto a Zacoalco concierne, se sabe que la sección del ejército que la dicha Junta envió hacia el sur estaba integrada por “quinientos o seiscientos hombres de las tres armas”, entre los que estaban muchos de “los milicianos de Colima”; que se organizó el día primero de noviembre; que salió de la ciudad el 2; que pernoctó en las inmediaciones de Santa Ana Acatlán y arribó en algún momento del sábado 3 a “los ranchos de Santa Catarina”, como a tres leguas de Zacoalco (unos 12 o 14 kilómetros). Mientras que los insurgentes de Torres, advertidos por sus espías de aquellos movimientos, salieron temprano ese mismo sábado de su campamento de Atoyac e instalaron otro “en la playa” seca de la laguna situada “al norte de Zacoalco”, donde, según testimonios recogidos posteriormente, “pasaron la noche disparando algunos tiros de cámaras”. (Hernández Dávalos, T. II, p. 201-202).

Aquél habría de ser el primer combate más o menos formal en que participarían no sólo los un tanto inexpertos milicianos colimotes, sino los jóvenes burócratas, seminaristas y miembros de las clases altas de Guadalajara que románticamente se habían alistado en el ejército realista y habían estado recibiendo alguna instrucción militar en las calles de la ciudad.
En la contraparte, se sabe que la principal fracción del ejército insurgente comandado por Torres (pues la menor iba en camino a Colima), estaba compuesta por alrededor de dos mil indios armados con palos, hondas, flechas y “25 o 30 fusiles que a más de viejos estaban inservibles”; aunque su caballería, no muy abundante pero adiestrada en los campos ganaderos, “se componía de algunos rancheros armados de lanzas, garrochas y soguillas”. Llevando casi todos los insurgentes en las orlas de sus sombreros, “una estampita de la Virgen de Guadalupe”. (Ibidem, p. 201-202).

En un documento redactado varios años después, don Evaristo Hernández Dávalos aseguró que él mismo había tenido oportunidad de entrevistar por separado a tres indios sobrevivientes de aquel combate, y que los tres habían coincidido en señalar que la batalla no fue, como alguna gente había creído, adentro del pueblo, sino al descampado, y que muchas mujeres que iban con ellos  les proveyeron con costalillos llenos de piedras para sus “jondas”.
La instrucción preventiva que Torres dio a los jefes indios fue la de que a cada trueno de cañón que oyeran, echaran todos pecho a tierra, y luego siguieran corriendo, hasta llegar al punto desde donde podrían acribillar a los enemigos a puros tiros de piedra. Y la que le dio a los jinetes, expertos “en el uso de la soguilla”, fue la de que avanzaran de dos en dos, en los extremos de la larga fila de indios que marcharía en forma de arco y al centro, para que los cañonazos no pudieran alcanzar a los caballos, y para que, cuando les fuera posible hacerlo, entre cada par, con las dos puntas de cada soga apretadas en las cabezas de las sillas de montar, acometieran contra los soldados realistas, con el ánimo, como quien dice, se cortarles con las sogas tensas sus cabezas.
Los informantes siguieron diciendo que poco antes de las ocho de la mañana el enemigo fue visto “en las orillas del bosque del rancho de Santa Catarina”, y que, estando todavía a una distancia en la que ni los cañonazos podrían darles alcance, “El Amo” Torres mandó a unos emisarios a parlamentar, con el teniente coronel realista, pero que, como éste, en vez de rendirse “lo amenazó con ahorcarlo” en cuanto tuviera oportunidad para hacerlo, una hora después Torres dio la orden de marchar como se tenía previsto, formando una doble hilera de gente, tan larga que, en el suelo llano y seco de la mencionada laguna, alcanzaba casi dos leguas de longitud. De tal manera que “sin olvidarse del orden prevenido”, a las tres series de cañonazos, los de infantería “se hallaban a corta distancia del enemigo, cuyos flancos se vieron amenazados luego por la caballería”, formando entre todos “un semicírculo bastante imponente por su magnitud”.
“Esa maniobra desconcertó de tal suerte a los realistas que su caballería se puso en precipitada fuga. [Mientras que] el resto abandonado quiso resistir, pero fue atacado” con tal ímpetu que la tormenta de piedras que se precipitó sobre sus cuerpos les impidió hacer uso de sus armas y terminaron rindiéndose los pocos que sobrevivieron.
El ataque duró sólo “una hora, pero dio por resultado la pérdida de 257 hombres muertos, multitud de heridos y prisioneros, entre ellos el jefe Villaseñor”. Más la pérdida de una gran cantidad de “armas, municiones, su costoso equipo, cuantiosos recursos de dinero y finalmente todo cuanto [el ejército realista] traía, porque todo fue botín de los Independientes”. (Hernández Dávalos, T. II, p. 202-203).

EL ECO DE LAS DERROTAS.
Casi sobra decir que aquellos rapidísimos e inesperados triunfos de los insurgentes llenaron a sus simpatizantes de gozo, y de tristeza a los deudos de los numerosos muertos que en ambos lugares quedaron expuestos a las zopiloteras. Y hablando desde su perspectiva, don Evaristo Hernández explicó lo siguiente:
“El ruido de esta acción (sic) cundió por todas partes con tanta prontitud, que de las poblaciones inmediatas a Zacoalco comenzaron a llegar grandes partidas de gente con el fin de tomar las armas para pelear por la Independencia”. 
(Hernández, obra citada, p. 203). 

Julio Zárate, por su parte, añadió: “La derrota de La Barca espantó a Guadalajara, pero la de Zacoalco la hundió en amarga pena por la juventud que allí perdió la vida. El obispo Ruiz de Cabañas y los oidores Recacho y Alva huyeron precipitadamente por el camino [al puerto] de San Blas; desapareció como el humo el cuerpo de La Cruzada; disolvióse la Junta Auxiliar; el intendente Abarca reunió a los españoles para animarlos a la defensa, pero muy lejos de tratar de ésta, uno de ellos levantando la voz le contestó por todos, diciéndole que” ellos no eran soldados y que lo más que podrían ellos hacer era cuidar de sí mismos, de sus familias y “sus intereses”. (Zárate, obra citada, p. 165).

Con un dejo irónico en el manejo de la información, Pérez Verdía trató de dar a entender a sus paisanos que no se requirió más de un día para que, una vez que se enteraron de las terribles e insospechadas derrotas de La Barca y Zacoalco, las autoridades tapatías hicieran mutis del escenario de la ciudad, y para que las “gentes de respeto” que se habían incorporado a la realización de “las rondas” y la Junta Auxiliar de Defensa, desertaran también. Por lo que, contrariando su anterior activismo, “el Sr. Cabañas”, cobijado por la oscuridad de la noche, el 6 se fue también para San Blas, con la intención de embarcarse después para Acapulco (Pérez Verdía, T. II de su Historia Particular de Jalisco, p. 42). 
Poniendo como quien dice el mal ejemplo a todos los españoles y criollos enriquecidos que tenían modo de seguirlo.  
Por su parte, el pobre brigadier “Abarca se quedó con sólo 110 soldados” (pues los demás desertaron) y se retiró a esconderse a San Pedro [Tlaquepaque]”, dejando entre todos los huidos a los restos del Ayuntamiento literalmente al garete.

Por el lado sur de Zacoalco hacia Sayula, Zapotlán, Tuxpan y Colima también las noticias corrieron con cierta rapidez, y aun cuando no tenemos, ni conocemos ningún documento que nos hable de lo que sucedió en todas esas poblaciones, es claro que al menos en cuanto respecta a la última, la llegada de la noticia de los 257 muertos de Zacoalco, y del número no determinado de los fallecidos que hubo en La Barca llenó a decenas de familias de angustia y dolor, pues no se nos debe olvidar que cosa de un mes y una semana atrás habían salido desde la Villa de Colima 500 milicianos que originalmente fueron destinados a la defensa de Guadalajara, y luego a las de Zacoalco y La Barca.
Y así, aun cuando nunca podremos saber cuántas de aquellas gentes se tuvieron que vestir finalmente de luto, cabe considerar que entre todas esas malas noticias hubo una buena: la de que varios de los milicianos colimotes que habían caído como prisioneros de la gente del Amo Torres, se les perdonó la vida como se le perdonó también al jefe Villaseñor, por más que al amanecer de aquel fatídico domingo, le había mandado decir con sus parlamentarios que lo ahorcaría en cuanto tuviera oportunidad.
Muchas otras novedades se derivaron del diluvio de piedras que se abatió sobre los soldados realistas en la playa norte de la laguna seca de Zacoalco. Pero de ellas tendremos que ocuparnos en nuestra próxima colaboración. 

1.- Existen indicios para considerar que las fuerzas del “Amo Torres” cruzaron la Sierra del Tigre para caer directamente sobre Atoyac.
2.- Después de dos días de asedio los realistas perdieron la batalla en La Barca.
3.- Este fue, con bastante probabilidad, el escenario en donde combatieron las fuerzas del Amo Torres y las del hacendado Villaseñor.
4.- En la Presidencia Municipal de Zacoalco hay un mural conmemorativo de aquella batalla. 















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miércoles, 29 de junio de 2022

Mitos, verdades e infundios de la Guerra de Independencia de México Capitulo 27 10 decima parte

Colima y los alrededores de los Volcanes en septiembre-diciembre de 1810

Décima parte
Profr. Abelardo Ahumada González

“EL TROPEL DE LOS MALÉVOLOS”.

En el capítulo anterior comenté que el Cabildo tapatío realizó, el 10 de octubre de 1810, una asamblea extraordinaria en la que el gobernador de la Intendencia notificó a los allí reunidos que los insurgentes estaban inundando “la provincia de La Barca”. Pero se me pasó informarles que, desde un día antes, en dicho ayuntamiento se ventiló la noticia de que el número de “los 40 hombres” insurgentes que unos pocos días atrás habían “entrado en La Piedad, Pénjamo y Santa Ana”, había crecido tanto que para ese día estaban llegando a “dos mil”. Mientras que por “Lagos, San Juan y toda esa ruta” no había novedad alguna en ese mismo sentido. (Hernández Dávalos, T. II., p. 157).
El hecho consecuente fue que en ambas asambleas se ponderó la necesidad de que un grupo armado saliera a combatir “el tropel […] de los malévolos […] para evitar su aproximación [a Guadalajara], de la que deben recelarse males incalculables y de casi imposible remedio”. (Ibidem, p. 157). Y no faltó allí quien propusiera que fuese el propio Abarca quien encabezara dicho grupo.
De manera adicional, uno de los concurrentes de la asamblea del 10 comentó algo que me parece útil destacar: el escribano no mencionó el nombre del individuo que así habló, pero sí que aquél dijo que no le parecía bien que “las repúblicas de indios formen [parte] del Cuerpo de Defensa capitaneados por sus propios alcaldes”, y que lo mejor sería que fuesen unidos a otras tropas “obedeciendo siempre al General de la División a que se agreguen”. Recalcando el hecho de que, desde la época de la conquista, “nuestros capitanes se valieron de indios contra indios y de ello obtuvieron la mayor utilidad”. Por lo que recomendó “no despreciar aquellos ejemplos”, para, con la ayuda de los indios de las comarcas de Nueva Galicia, pudiesen ellos reforzar su lucha por “la legítima causa”.
Señalando, además, que “por persona fidedigna” había sabido que “el gobernador [indígena] de Colotlán” tenía formadas “9 compañías de soldados”, de 175 elementos cada una, por lo que sugería también que, dejándole a él cinco compañías para su defensa, enviara los “700 indios flecheros” de las otras cuatro que había ofrecido para la de Guadalajara.
Y sobre Colotlán tendría que decirse que fue un caso sui géneris, por cuanto que, según la historia de este pueblo situado al norte del actual Jalisco, hacia 1546, cuando ya se había dado por concluida la “Guerra del Mixtón” y los fundadores de “la definitiva Guadalajara” se hallaban más o menos en paz, en esa región seguían vigentes los conflictos con los “indios salvajes llamados chichimecas”. Motivo por el que, para combatirlos y ayudar a los españoles de Guadalajara, el “virrey Luis de Velasco envió 400 familias tlaxcaltecas […] con el fin de que poblaran una villa allá y así ayudaran a pacificar y conquistar a los indómitos chichimecas”. Siendo por ello que la cabecera de Colotlán fue originalmente llamada “Villa Nueva Tlaxcala de Guiahuistián”. Nombre con el que también se le conoció hasta “finales del siglo XVIII”. 
Otro dato que mencioné fue que don Luis Pérez Verdía explicó que cuando los primeros insurgentes irrumpieron en el suelo neogallego se trataba de “dos invasiones, una acaudillada por Navarro, Portugal y Huidobro, por Jalostotitlán, Arandas, Atotonilco y La Barca; y otra guiada por don José Antonio Torres, por Sahuayo, Tizapán, Atoyac y Zacoalco”. Pero al respecto quiero hacer lo que me parece …

UNA NECESARIA PUNTUALIZACIÓN GEOGRÁFICA.

En primer lugar, recordemos que José Antonio “El Amo” Torres nació en la jurisdicción de Piedra Gorda, en la Intendencia de Guanajuato, el 2 de noviembre de 1755; que a Piedra Gorda se le conoce hoy como Ciudad Manuel Doblado, y que, siendo un municipio situado al poniente del estado de Guanajuato, colinda con el de Arandas, Jalisco; teniendo al sur, muy cerca también, al de La Barca, Jalisco; al de La Piedad, Michoacán, y a Pénjamo, Guanajuato.
A lo anterior debo agregar que desde 1800, “El Amo Torres” tenía arrendados el rancho de Los Órganos y la hacienda de Atotonilquillo. Mismos que aún hoy se encuentran en las estribaciones del lado norte de la Sierra de Pénjamo (que no es muy grande), en cuya orilla oriental se encontraban el rancho de San Vicente y la hacienda de Corralejo, donde nacieron los hermanos Hidalgo Costilla y Gallaga.
Y para mayor abundamiento tendría que añadir que en cuanto al jefe “Portugal” que mencionó Pérez Verdía, he realizado algunas breves pesquisas, encontrándome con que en realidad eran dos hermanos insurgentes, llamados Onofre y Miguel Gómez Portugal, al parecer nacidos (o al menos registrados) en La Barca, poco antes o poco después de 1780, y de los cuales tengo manera de comprobar que el segundo estaba muy cerca de Hidalgo cuando éste estaba próximo a entrar en Guadalajara. Habiendo podido saber también que Onofre se incorporó también en los albores del movimiento, primero bajo las órdenes directas de Ignacio Allende, y luego de la derrota de Guanajuato, bajo las de Mariano Jiménez, con quien marchó a levantar San Luis Potosí; junto al cual iba aun cuando Hidalgo, Allende, Jiménez y él mismo fueron aprehendidos en Acatita de Baján, y siendo él (Onofre) uno de los que aparecen en la lista de los ajusticiados y fusilados el 27 de junio de 1811, en Chihuahua. 
Aparte de lo que acabo de decir, pero vinculado con ello, recientes investigaciones realizadas por Lina Mercedes Cruz Lira, de la Universidad de Guadalajara y del Centro Universitario de Lagos, nos permiten saber que una buena parte de “la familia Gómez Portugal era de los Altos de Jalisco”, y que una de sus ramas incluso, “era originaria de San Pedro Piedra Gorda de la diócesis de Valladolid”; el mismo lugar de donde, curiosa y coincidentemente nació y habitaba El Amo Torres. Lo que nos da pie para vislumbrar la posibilidad de que, siendo nativos de la misma región, Torres y los hermanos Portugal se conocían incluso desde la infancia.
Por otra parte, sabemos también que Toribio Huidobro, al que Pérez Verdía sólo mencionó por su apellido inicial, era, según palabras del mismísimo Virrey Venegas, “un soldado expulso (sic) del Regimiento de Pátzcuaro”, (Hernández Dávalos, T. II, p. 179), quien al parecer había sido simpatizante o aliado de los conspiradores de Valladolid desde dos años atrás, y quien a la sazón se hallaba residiendo en La Piedad, o en alguna parte cercana de la región de El Bajío. Siendo él uno de los primeros individuos con los que se habría entrevistado José Antonio Torres, luego de que el 30 de septiembre de ese mismo año, Hidalgo le confiriera el grado de coronel, le diera facultades para convocar y reunir gente a su nombre, y le ordenara, como ya lo hemos dicho, “levantar en armas los pueblos de Colima y las comarcas de Sayula y Zacoalco”, con la intención posterior de tomar la ciudad de Guadalajara si fuere posible hacerlo.
Si los lectores se toman la molestia de detenerse a mirar con atención el croquis con el que estoy tratando de ilustrar esto que afirmo, podrán observar la proximidad geográfica de los sitios mencionados, y comprobarán que, si “Navarro, Portugal y Huidobro” bajaron de norte a sur, “por Jalostotitlán, Arandas y Atotonilco” hasta llegar a La Barca; lo mismo tuvo que hacer Torres Mendoza, bajando también de norte a sur desde Piedra Gorda (hoy Manuel Doblado) hasta La Piedad y La Barca, antes de poder desplazarse a Sahuayo. Punto en donde, según el historiador tapatío que acabamos de citar, habría iniciado su recorrido, desconociendo seguramente el hecho de que, luego de haber recibido la comisión que le dio Hidalgo, Torres se separó algunos días del grueso del ejército y se regresó “a San Pedro Piedra Gorda para reclutar gente y ver a su familia”; mientras que el ex cura de Dolores y Allende se reorganizaban en Guanajuato y preparaban a sus huestes para la toma de Valladolid. 
Hoy, gracias a los documentos que he estado citando, a las nuevas indagaciones que mencioné, y a la observación geográfica del área en comento, puedo inferir que, como situaciones y relaciones como las descritas no se realizan por pura ocurrencia, como quien dice “de la nada”, tal vez haya sido en aquellos primeros quince días de octubre cuando Torres se contactó para actuar con los hermanos Gómez Portugal o, como también es posible, sólo se hayan dedicado a revisar los detalles que sobre su participación en el movimiento insurgente habían decidido desde algún tiempo atrás.
Lo que sí sabemos con cierta seguridad es que fue a principios de octubre cuando al menos uno de los Gómez Portugal “bajó” desde Jalostotilán hasta Atotonilco y La Barca, pasando por Arandas; y que fue pocos días después cuando Torres se encaminó de nuevo con su gente a tratar de cumplir con la misión que tenía, y que para poder hacerlo salió desde Piedra Gorda hacia el sur, con dirección inmediata a La Piedad, en donde por previa sugerencia de Allende o Aldama, se entrevistó precisamente con Toribio Huidobro, tal vez para presentarle las órdenes que Hidalgo le dio. 
Complementariamente, las noticias que brindan las actas del ayuntamiento tapatío nos dan pie para entender que los insurgentes que para el 19 de octubre ya “inundaban” La Barca y sus alrededores hayan sido los de Gómez Portugal, puesto que, según una fuente fidedigna, fue ese mismo día cuando el grupo de Huidobro llevó a cabo la toma de Zamora (Hernández Dávalos, T. II, p. 179), no pudiendo estar en ambos lugares a la vez.
Y por lo que ocurrió después se puede deducir también que, una vez tomada La Barca por Huidobro, y La Piedad por Torres, todos se concentraron en La Barca, donde, habiéndose multiplicado el número de los combatientes, los jefes se reunieron y tomaron la decisión de conformar al menos dos grupos: uno, que se dirigiría por la ribera norte del Lago de Chapala hacia Guadalajara, y otro que se dirigiría hacia Colima y Sayula por la ribera sur. Siendo el primero encabezado por Miguel Gómez Portugal y Toribio Huidobro, y el segundo por José Antonio Torres Mendoza y el padre Marcos Castellanos, cura que había sido de Ocotlán, que iba al frente de un buen grupo de rancheros criollos a caballo.
No tengo, sin embargo, la información suficiente que me permita exponer ante ustedes toda la secuencia de las acciones que realizó el primer grupo, pero como me interesa reseñar los hechos vinculados con Colima, me concentraré en la travesía que realizó El Amo Torres, sin soslayar el dato de que cosa de un mes más tarde todos ellos volvieron a reunirse en Guadalajara, como podremos constatarlo cuando corresponda describir ese hecho.

UNA TRAVESÍA SINGULAR.

Así, pues, tratando de averiguar cuál fue la ruta que siguió Torres, hemos podido entrever que: después de que él y sus compañeros tuvieron una (o varias reuniones) con Portugal y Huidobro en La Piedad o en La Barca, todo parece indicar que su grupo marchó, ya el veintitantos de octubre, junto a la orilla del Río Lerma, para cruzarlo una vez más y tomar desprevenidas las pequeñas guarniciones realistas que defendían a los pueblos ribereños y a Sahuayo.
Colateralmente vale la pena recordar que el día 12 de ese mismo mes, el subdelegado de Zapotlán el Grande envió al correspondiente de Colima un exhorto para que se buscara la manera de resguardar el paso de Mazamitla, por considerar que ése era el camino por donde con mayor probabilidad tomarían los rebeldes para tratar de posesionarse de Tamazula, Zapotlán, Sayula, Colima e incluso Guadalajara, y que el ayuntamiento colimote puso inmediato empeño en resguardar aquel sitio. Por lo que es de creer que, habiéndose enterado de que en la Sierra de Mazamitla ya había gente armada esperando su paso, El Amo Torres, que había recorrido esos caminos como arriero, haya decidido no continuar por Jiquilpan hacia Mazamitla, sino irse desde Sahuayo a Cojumatlán, donde habrían salido a encontrarlo dos jefes indios de la isla de Mezcala y otros pueblos ribereños. Y desde donde habrían partido para sorprender a los defensores de Mazamitla, llegando por el camino que se desprendía desde la orilla sur del mencionado lago.
Al respecto hay (no muy claros) indicios de que en Mazamitla reorganizó a su gente, y que, estando ahí, instruyó a su hijo del mismo nombre y al capitán Rafael Arteaga, para que, guiados por el padre José Antonio Díaz, ex párroco de San Francisco de Almoloyan, que se acababa de unir a esa fracción del ejército insurgente, se fueran siguiendo el Camino Real hacia Tamazula, Tuxpan y Colima; mientras que él hacía lo propio, atravesando las veredas la Sierra del Tigre, para ir a salir directo sobre Atoyac. Y mientras que, también, las noticias de la expansión del movimiento insurgente llenaban de susto a los gachupines, a los curas acomodados y a las autoridades de Guadalajara.
Otro hecho muy notable que debemos destacar fue que, entre el 29 y el 30 de octubre, mientras que los grupos de Torres y su hijo transitaban por la mencionada región, se llevó a cabo la batalla que se convertiría en un gran motivo de discordia entre dos grandes facciones de los independentistas: me refiero a la famosa y desconcertante Batalla del Monte de las Cruces. Desconcertante porque pese a haber resultado favorable para los insurgentes, luego se vio “empañada”, según la creencia de algunos historiadores, por la negativa del padre Hidalgo para que su ejército entrara en son de triunfo a la capital de la Nueva España.
Pero muy al margen de lo que haya ocurrido allá, en esas mismas fechas el grupo incrementado de José Antonio Torres estaba cruzando la Sierra del Tigre y se disponía a tomar Zacoalco. Pueblo ribereño ubicado a poco más de una jornada yendo al sur desde Guadalajara, en el que ya para esos días había un destacamento realista integrado por alrededor de 600 hombres, entre los que estaban muchos de los milicianos de Colima.
Pueblo en el que no tardaría en llevarse a cabo el primer combate sangriento que hubo por aquellos días en la región. Y de cuyos detalles tendremos que hablar el próximo capítulo.
1.- El grupo guerrillero promovido por Miguel Gómez Portugal pasó por Atotonilco el Alto antes de llegar, el 7 u 8 de octubre, a las inmediaciones de La Barca. (Foto reciente).
2.- Conviene revisar este croquis para entender mejor cómo se desplazaron los dos grupos insurgentes que aquí se mencionan.
3.- El cura Marcos Castellanos, oriundo de la parroquia de Sahuayo vinculó a Torres Mendoza con los indios insurgentes de la Isla de Mezcala y otros pueblos ribereños.
4.- En honor a dicho cura, al que se le considera un “héroe de la Independencia”, el municipio michoacano del que es cabecera San José de Gracia, se llama precisamente Marcos Castellanos. Como lo acredita este arco de la antigua Carretera Nacional.














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martes, 21 de junio de 2022

Mitos, verdades e infundios de la Guerra de Independencia de México Capitulo 27 9na parte

Colima y los alrededores de los Volcanes en septiembre-diciembre de 1810

Novena parte
Profr Abelardo Ahumada González

SE ACENTUARON LAS CONDICIONES DE ALERTA.

Durante los primeros días de octubre de 1810 estuvieron llegando a la Villa de Colima noticias que tenían que ver con el movimiento insurgente, y todo aquello fue alterando el estado de ánimo de sus habitantes, pero más de quienes se sentían responsables de la salvaguarda del pueblo, y de los familiares o amigos de los 500 milicianos que se trasladaron a Guadalajara el primero del mes.
Entre los informes que por cartas fueron llegando a los curas y al subdelegado, y entre las novedades que difundieron las dos más recientes gacetas publicadas en México, se decía, por ejemplo, que el lunes 2, el general Félix Calleja, Intendente de San Luis Potosí, había logrado armar un ejército para combatir “a los satélites de Bonaparte” que habían iniciado la rebelión en Dolores; que el miércoles 4, Roque Abarca, Intendente de Nueva Galicia, había ordenado “el apronto” (entrega rápida) de seis mil pesos para la compra de “sillas de montar” para los soldados tapatíos; que el jueves cinco se “revivió”, por decirlo así, en la ciudad de México, el “Cuerpo de Patriotas Distinguidos de Fernando VII”, integrado (ojo con esto) con puros “americanos (criollos) y europeos de 16 años en adelante que no estén ya ocupados en el servicio militar” y que tuvieran dinero para mandarse hacer “un uniforme decente”, incitando que quienes tuviesen “caballo propio [… para] hacer el servicio en la caballería”, y esperando que los primeros en alistarse fueran “los individuos de la nobleza y los empleados de las oficinas” de gobierno “para dar este loable ejemplo”.
Pero la nota que tuvo el rebote más inmediato en la dicha villa fue la de que el jueves 5, en Guadalajara se integró una “Junta Auxiliar de Gobierno y Defensa” con 50 individuos igualmente encumbrados y “reconocidos”. Junta que en su primera reunión solicitó al comandante del Regimiento de Dragones de España, acantonado en la misma, el avío “de armas, caballos y demás enseres” para sus integrantes.
Y como las noticias de que el número de los insurgentes iba en aumento continuaron llegando a esa ciudad, el lunes 8 Abarca tomó la que le pareció una decisión de enorme importancia: la de emitir un ordenamiento público dirigido a los responsables de cada subdelegación y a los alcaldes de cada pueblo bajo su gobierno, que consistía en que, así como en Guadalajara se habría de prohibir la entrada y la salida de gente que no tuviese un “pasaporte” debidamente extendido por la autoridad inmediata, así se tendría que proceder en todas las demás poblaciones de la Intendencia. Ordenando que las personas en las que recayera dicha responsabilidad deberían interrogar a los viajeros para que precisaran el / o los propósitos de sus salidas o entradas.
Y amplió, asimismo, una obligación que desde mediados de septiembre le había dado a los mesoneros: la de que ellos y todas las “demás personas que hospeden en sus casas a cualesquiera individuos”, deberían informarlo a las autoridades locales, bajo advertencia de que, de no hacerlo así, se les consideraría “responsables de las resultas” que por ese hecho surgieren “y sufrirían las penas correspondientes”. 
Pero no conforme con eso, Abarca decretó también que sería obligación y responsabilidad de “los padres, amos y maestros”, la de cuidar que sus “hijos, criados, aprendices y oficiales” estuvieran “recogidos en sus casas mientras no hubiese necesidad de que anden en las calles”. Que las “tiendas de vinatería y demás puestos en donde se venda mezcal” deberían cerrar antes de las nueve de la noche, de manera que a esa hora tampoco debería haber nadie en la calle, y menos a caballo, a no ser que tuviesen alguna comisión para “cumplir con su ministerio”. Lo que implicaba un toque de queda hasta las cinco o seis de la mañana. (Hernández Dávalos, Tomo II, varias páginas).

FOMENTANDO EL DIVISIONISMO. 

Todo aquel cúmulo de noticias, más la del presunto alzamiento de los indios de San Francisco de Almoloyan, alteró, como ya dije, el ánimo de las familias criollas y españolas de la Villa de Colima y haciendas, ranchos y trapiches de sus alrededores. Siendo por eso que en la misma asamblea que el Cabildo y los principales vecinos realizaron el día 12, no sólo se tomó el acuerdo de mandar a Martín Anguiano y a Tomás Martínez del Campo, a que recorrieran los dos tramos del Camino Real hacia Tecalitlán y hacia las Barrancas; sino el de que, al igual que se había hecho en Guadalajara, se organizara una “Fuerza de Defensa Interior, a lo menos de cincuenta hombres, treinta de ellos fusileros”, que se armarían con “los fusiles y escopetas que se encuentren entre los vecinos”, y con las lanzas que se habían mandado construir. Enviando para ello un “oficio al Señor Comandante D. Francisco Guerrero del Espinal con el objeto de que se sirva auxiliar […] esta determinación, y que, eligiendo de los soldados supernumerarios de las Compañías [bajo su mando] los más honrados y expertos, nombre de los demás paisanos españoles los que le parezcan más a propósito para componer la fuerza y resguardo interior del lugar, los cuales han de mantenerse acuartelados y en continua disciplina en el uso y ejercicio de las armas para que estén prontos a cualquiera hora que se necesiten; en inteligencia de que de los fondos de Propios se les pagará su prest (salario) a razón de cuatro reales los de infantería y seis reales los de caballería por todo el tiempo que estén acuartelados u ocupados en las funciones del servicio, hasta que cese la causa y necesidad”.
Sobre este punto en concreto cabe recordar que en esa precisa fecha el subdelegado Linares aún tenía presos a “los indios principales de Almoloyan”, y que, pese a haberlos escuchado a todos, y haberse dado cuenta de que sus intenciones para “defender al rey, a la religión y a la patria” eran sinceras, o les seguía temiendo, o los infravaloró, pues cuando se trató de organizar la “Fuerza de Defensa” que se acaba de mencionar, él y los demás “vecinos honrados de la villa”, tosca, mala y despectivamente desdeñaron la participación, no sólo de los almoloyenses, sino de todos los pueblos indios del distrito colimote, pese a que éstos acababan de dar muestras de querer participar en tan importante tarea.
Es posible, sin embargo, que en su afán de prevenirse contra los ataques que pudiesen llegar desde el exterior del distrito, las autoridades locales no se hayan percatado de que al actuar de esa manera estaban atizando la inconformidad popular en vez de apagarla. Pero lo cierto fue que no cambiaron de actitud, y que, tal y como lo reflejan las actas del Ayuntamiento en esos días, sus equívocos raciocinios seguían acrecentando las abominables diferencias de castas que el bando de don Roque Abarca había querido minimizar.
Más allá, sin embargo, de los desplantes de superioridad racial que seguían teniendo, resulta que en algún momento del día 14 arribó a la villa, a matacaballo, un propio enviado desde el 12 por el subdelegado de Zapotlán El Grande a su par de Colima. Quien con prontitud rompió el lacre que sellaba el papel, para enterarse de que dicho subdelegado los estaba exhortando a “resguardar el puesto de Mazamitla como punto de forzoso tránsito por donde el partido revolucionario de la sedición debe precisamente pasar para esta jurisdicción, aquella de Zapotlán, Ia de Sayula y la capital de Guadalajara”.
Al terminar de leerlo, Linares agradeció al mensajero y le entregó (como era costumbre) unas monedas por haberse apresurado para entregar el exhorto en tan corto tiempo. Pero, luego, tras despedirlo con alguna respuesta quizá verbal para su colega de Zapotlán, ordenó a sus ayudantes ir rápidamente a las casas de los miembros del Cabildo y de los principales de Colima, para convocarlos a una nueva asamblea:
En el acta correspondiente dijeron que, una vez enterados del “beneficio que […] resulta de tomar aquella posición de Mazamitla, para impedir el tránsito a los enemigos”, era necesario que se librara una “orden al teniente de Tecalitlán, instruyéndole del contenido del referido exhorto con el objeto de que esté a prevención con todos los vecinos de la jurisdicción para [que junto con …] los auxilios que pueda prestar el Señor Subdelegado […] resguardar aquel punto”. 
Aparte, dando nuevas muestras del lenguaje despectivo que “la gente de razón” solía usar al referirse a las demás castas, uno de los asistentes comentó que todos ellos deberían seguir poniendo “preferente atención para dictar las providencia que basten para contener las revoluciones del pueblo inferior y sus horribles consecuencias”. Comentario con el que todos los demás estuvieron de acuerdo, ordenando a continuación que se liberara otro oficio para el señor comandante, solicitándole que se “sirviera disponer de un piquete de infantería” para que resguardara “continuamente las puertas de la Cárcel Real, como precaución [para evitar] una fuga de presos, favorecida acaso por el populacho”.
Y, no conformes con todo lo que habían decidido desde su asamblea del día 10, ese mismo 14 decidieron organizar un “Cuerpo de Patrullas de Vigilancia” nuevamente “compuesto de los vecinos honrados de esta villa”, de manera que “alternándose diariamente cinco o seis individuos” en cada ronda, vigilaran “las concurrencias de la gente vaga, ociosa, sin destino y ocupación, que de ordinario forman ellos mismos en los trucos y billares, en los tendajones y casas donde venden licores, y aun en las calles, en los barrios y en los lugares a propósito que les franquea la situación”, como los espacios cubiertos de “monte que circundan esta villa, procurando a averiguar, si fuere posible, si hay entre ellos algunos emisarios del partido revolucionario”; a los que, en su caso, deberían “aprehender y poner en la Real Cárcel para el procedimiento que contra ellos corresponda”. Buscando con todo esto que “las tales gentes no tengan lugar a conferencias, convocatorias, ni tratados, ni puedan reunirse, fermentar ni ejecutar una revolución tumultuaria”.
Con ese mismo tono e intenciones, el día 16 se reunieron los integrantes del “Ayuntamiento y los notables de la villa”, más “el Reverendo Padre Comendador del Convento de Nuestra Señora de las Mercedes, Fray Nicolás Domínguez […] en la casa del Señor Cura de esta feligresía, D. Felipe González de Islas” (donde hoy es el Teatro Hidalgo), para “para tratar y resolver con maduro acuerdo y reflexión todo lo concerniente a la seguridad y defensa de la villa en las actuales circunstancias”.
Y una vez expuesto el temario, dando evidentes muestras de que estaban muy asustados, pero que eran incapaces de admitir que lo estaban, insistieron en que deberían ser “los vecinos más honrados, sin excepción de familias” a quienes se les comisionaría para impedir “la embriaguez, juegos prohibidos, pleitos, escándalos, corrillos, conversaciones de especies sediciosas [de la plebe] y cuanto sea capaz de turbar el orden y la tranquilidad del público”, fijándose muy bien en las frases y las actitudes de la gente, para detectar su posible adhesión a los insurrectos y la circulación de cualquier papel o pasquín que atentara en contra de “la religión, la Patria, o el legítimo Gobierno”.
Y ya para finalizar la asamblea, el subdelegado Linares tomó la palabra y dijo que, “siendo, por las ocurrencias del día, muy grave el peso de las” obligaciones que debía cumplir, cedía voluntariamente, en ese mismo momento, “sus facultades y derechos al Congreso que preside para que haga a su satisfacción el nombramiento de un Teniente General” que lo apoye en tales trabajos. Proponiendo que para el caso fuera electo “uno de los vecinos patricios de esta villa”.
Los integrantes de dicho ‘Congreso’ apoyaron su propuesta, y por “unanimidad de votos recayó el expresado nombramiento en la persona del Sr. D. Francisco Solórzano”, a quien de inmediato se le expidió “el título respectivo”. (Rodríguez Castellanos, varias páginas).
Así, pues, contando con la predicación constante de algunos de los curas seculares y religiosos, así como con una “Fuerza de Defensa Interior” y con la realización de rondas diurnas y nocturnas realizadas por puros criollos y españoles que vigilaban todos los movimientos del “populacho”, pasaron los tapatíos y los colimotes los primeros días de octubre; pero como entre el 8 y el 9, procedentes del Bajío, llegaron a Guadalajara algunos individuos que iban huyendo desde Guanajuato, y llevaron, entre otros, los primeros informes que hablaban de la presencia de grupos insurgentes en el territorio de Nueva Galicia, el Cabildo tapatío realizó el 10 una asamblea extraordinaria, donde, con palabras muy gráficas, se les notificó a los asistentes: “Los insurgentes inundan la provincia de La Barca” y aun cuando se veía que iba muy” mal armados” y no ser muy numerosos, “debe temérseles porque su doctrina es más poderosa que el cañón”. (Hernández Dávalos, T. II, p. 158).
Pero ¿quiénes eran aquellos primeros insurgentes que penetraron al “suelo neogallego” e inundaron La Barca?
Don Luis Pérez Verdía explicó que se trató de “dos invasiones, una acaudillada por Navarro, Portugal y Huidobro, por Jalostotitlán, Arandas, Atotonilco y La Barca; y otra guiada por don José Antonio torres, por Sahuayo, Tizapán, Atoyac y Zacoalco”. Pero yo he llegado a creer que fue una sola realizada a manera de pinza, aunque, como en este momento ya no queda espacio para presentar los argumentos, de ello nos tendremos que ocupar en el próximo capítulo.
1.- Imitando a la Junta de Defensa de la capital de la Nueva España, las de las provincias convocaron a sólo criollos y españoles “distinguidos” a participar en ellas.
2.- Al deseñar la participación de las demás castas en dichas juntas, las autoridades acentuaron las diferencias sociales y provocaron una mayor animadversión.
3.- El subdelegado de Zapotlán el Grande sugirió al de Colima la conveniencia de “resguardar el puesto de Mazamitla”, suponiendo que por ahí podrían llegar los insurgentes a la zona.
4.- Entre el 8 y el 9 de octubre llegaron noticias de que los insurgentes habían “inundado la provincia de La Barca”. Pero las autoridades tapatías consideraron que con un solo batallón sería suficiente para terminar con ellos.

















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