martes, 14 de junio de 2022

Mitos, verdades e infundios de la Guerra de Independencia de México Capitulo 27 8va parte

Colima y los alrededores de los Volcanes en septiembre-diciembre de 1810

Octava parte
Profr. Abelardo Ahumada González

UN LÍDER DESCONOCIDO.

El solo hecho de que el señor cura Miguel Hidalgo haya tenido en Colima algunos adversarios ideológicos de gran influencia local impidió que más colimotes se sumaran al movimiento insurgente, pero ni las prédicas, ni las amenazas de excomunión que lanzaron aquéllos impidieron que algunos sí lo hicieran, y que el movimiento cundiera por todos los pueblos de la antigua Provincia de Colima, que hoy forman parte de los estados de Jalisco y Michoacán.
Pero para no saltar temas ni “adelantar vísperas”, quiero comentarles que, de conformidad con lo que concluyó el Subdelegado Linares, José Manuel Ruiz resultó ser no nada más “uno de los principales del pueblo de San Francisco de Almoloyan”, sino, tal vez, su verdadero líder, puesto que se adjudicó la autoría de la convocatoria que el 9 de octubre de 1810 se envió a los demás pueblos indígenas de Colima, para invitarlos a reunirse y ver el modo de pelear juntos contra los no todavía bien identificados “enemigos del Rey, de la fe y del gobierno legítimo”. He aquí un resumen de su declaración:
“En acto continuado, el Señor Subdelegado hizo poner en su presencia a José Manuel Ruiz […] y le recibió juramento que hizo a Dios Nuestro Señor y la señal de la Santa Cruz, por el cual ofreció decir verdad en lo que supiere y fuere preguntado […]”
Y cuando le preguntó sobre sus generales y si sabía por qué causa estaba él allí, Ruiz respondió: “ser casado, labrador, de cuarenta y dos años: que ignora la causa de su prisión, ni la presume, pues en su concepto no ha cometido delito criminal ninguno por [el] que merezca estar preso en la cárcel y oprimido, privado al mismo tiempo de la atención de su casa y familia y de una laborcita de algodón en que tiene fincada su subsistencia”. 
Respuesta inicial muy diferente a la que habían dado los demás declarantes, y en la que se percibe que no era un individuo carente de conocimientos y cierta elocuencia. 
Enseguida, habiendo admitido su participación en las asambleas realizadas tanto en la casa del alcalde de Almoloyan como en el cementerio adjunto al templo, Ruiz dijo que era muy cierto que se mandaron distribuir las mencionadas convocatorias, pero que muy lejos estaban él y los demás “principales de su pueblo”, de “cometer traición, sublevación, infidelidad al Soberano, ni otro delito alguno de esta clase, que antes por el contrario”, como les llegó información de que “por el pueblo de Juchitlán (Suchitlán) pasaron no hace muchos días tres hombres no conocidos que parecían ultramarinos”, que no llegaron ni entraron “a esta villa”, él y los otros señores, “sospecharon […] que dichos hombres pudieran ser acaso […] partidarios del Emperador de los franceses”.
Y como, por otra parte “el Señor Cura D. Isidoro Reinoso y el Presbítero D. José Antonio Diaz”, le habían dicho “al que declara que ya había guerras en esta América, y que en otros lugares no muy lejanos de esta villa habían hecho ya los enemigos algunas atrocidades”, le pareció muy bien proponer a los demás que avisaran “a los demás pueblos, convocando a los Justiciales (sic) y dos o tres principales de cada uno, para tratar entre todos de ponerse en cuidado y acción de defensa, llevando por objetos principales la de nuestra Santa Fe y Religión, la de los derechos de nuestro Rey el Señor D. Fernando Séptimo y la Patria”.
Propuesta con la que no sólo “convinieron el Alcalde y los demás vocales”, sino también el padre José Antonio Díaz, quien le recomendó “al declarante que […] de cualquiera resulta [de esas acciones] le dieran cuenta al Señor Subdelegado o al señor Cura para las providencias que debiera tener”.
Recomendación que (esto lo digo yo) ni él, ni el alcalde, ni los demás principales quisieron tomar en cuenta no sólo porque tenían cierta autonomía al ser una “república de indios”, sino porque el subdelegado era un gachupín más, y no les convenía informarle de sus pretensiones.
En todo lo demás coincidió Manuel Ruiz con los demás declarantes, pero no sin señalar que, si bien el alboroto descrito concluyó cuando “su cura volvió [de la Villa de Colima] a instruirles que […] era falso el motivo de aquella conmoción”, él decidió que, aun cuando todos “se serenaron y se pusieron en quietud”, emplazar “al alcalde para que lo acompañara en la ronda, y [que] en efecto lo acompañó con nueve mozos, contando con dos muchachos”, hijos suyos. Y que, cuando “andaban en la calle cuidando de la quietud del público […] fueron sorprendidos por el Teniente de la Ronda, don Bernardino Rojas y otros muchos individuos que lo acompañaban y fueron traídos todos a la cárcel”. Donde, entre otras cosas relacionadas, le preguntaron si había entre ellos y los indios que concurrieron al cabildo y al camposanto “algún seductor (emisario de Napoleón) de cualquier casta, calidad o condición”, negándolo.
Todos los sospechosos siguieron, sin embargo, presos hasta el día 13, y se preguntaban cómo había podido ser posible que el subdelegado se enterara tan pronto de la convocatoria que discretamente habían enviado.
Y hoy, aun cuando tal vez ellos nunca llegaron a saber la verdad, quiero precisar que en las páginas finales del legajo al que estoy haciendo referencia, dice cómo fue que Linares terminó enterándose:
“José Antonio Tapia […],  español, casado, vecino de esta jurisdicción, encargado de justicia […] del pueblo de Juluapan, labrador de cuarenta y ocho años […] hallándose casualmente en las Casas Reales de su pueblo ayer (domingo 9) como a las dos de la tarde” vio llegar a “un correo indio de Zacoalpan (sic)  con un papel convocatorio de la república de Almoloyan […] y que habiéndose instruido de su contenido, mandó llamar inmediatamente al Alcalde Pedro Juan García y se lo hizo saber, preguntándole si estaba en [disposición de] obedecer a dicha república, y como éste le contestó que sí”. Él se manifestó “al contrario, respondiéndole al conductor del papel que no podía permitir su cumplimiento sin expresa orden del […] Señor Subdelegado”. Por lo que decidió quedarse en ese momento con “el convocatorio”, para enviárselo después a Linares, junto con otro papel escrito “con un propio puño”; en el que le informaba de lo que acababa de saber, por considerar “que los indios de Almoloyan pretendieran (sic) alguna sublevación”.
Linares concluyó los interrogatorios el día 10, y el 11 envió a don Roque Abarca, gobernador de la Intendencia, un informe detallado de lo ocurrido, diciendo que hasta el momento le parecía sincera la intención que se contenía en la convocatoria de los indios, pero que, de cualquier modo, se habría de quedar vigilante de cuanto aconteciera.
En el ínterin de todos esos días, la población (criolla, española y mestiza) de Colima se puso al tanto de que “los principales de San Francisco de Almoloyan”, aconsejados al menos por dos sacerdotes, habían pretendido levantarse en armas. Pero, Linares, aunque mantuvo presos a los sospechosos, se convenció de la veracidad de lo que habían declarado y, por esa razón, se dispuso a liberarlos cuando en el transcurso del 13, otros vecinos y conocidos de aquéllos  se presentaron para solicitar su excarcelación, con el fin de que pudieran seguir ocupándose en la atención de sus familias y en sus labores de algodón. Y más cuando, por su parte, el padre Reinoso le entregó ese mismo día un brevísimo informe de lo ocurrido, y la súplica de que los liberaran, diciendo: 
“Certifico que los Justiciales de este pueblo cometieron el yerro de disponer una cordillera (mensaje de ida y vuelta a diferentes pueblos) sin tomar dictamen como debían. Pero ellos procedieron de buena fe y con ignorancia, como ahora lo confiesan; por lo que suplico de mi parte se les perdone por ahora, que ya quedaran escarmentados para otra ocasión, quedando a mi cuidado…” 

“EL ENEMIGO SE ACERCA”.

Los presos, pues, salieron en libertad y con esto concluyó el embrollo que provocó en Almoloyan la broma del “ministro” que fue a pedir prestado el tambor de los pregones. Pero no crean los lectores que todo el barullo quedó en eso, porque desde cuando la gente de la Villa de Colima recibió el chisme de que los indios de Almoloyan estaban “rebelándose”, se apresuraron a reunirse también para analizar lo que pudiese sobrevenir. Tal y como se puede observar en la parte inicial de un acta del Cabildo que tengo ante mis ojos:
“En la villa de Colima a diez de Octubre de mil ochocientos diez.— Los Señores de que se compone este Ilustre Ayuntamiento, hallándose en esta Sala Capitular, dijeron: Que en consideración a las actuales circunstancias del día y a que esta villa no tiene las armas necesarias para su resguardo y defensa, debían mandar [forjar …] aunque fueran lanzas, y que “los individuos de este vecindario” fuesen alistados “por el Señor Subdelegado” para formar un cuerpo de defensa, con el propósito de “impedir [… otros] alborotos, congresos y tal vez [hasta el surgimiento de] partidos revolucionarios entre Ia gente común”. Debiendo ese mismo cuerpo estar cuidando “que todo el vecindario viva en quietud, sin faltar las rondas diarias y nocturnas”. 
Complementariamente, y dando al asunto la importancia que el caso requería, decidieron aumentar de uno a dos “los alcaldes de algunos de los barrios de esta villa”. Barrios cuyos nombres enlisto a continuación: “Los Martínez (hoy centro de Villa de Álvarez); Tarímbaro, por los rumbos donde en el siglo pasado estuvo el barrio de El Agua Fría (o “de la perdición”); la Plaza Nueva, hoy Jardín Núñez y sus alrededores; La Soledad, norte del centro actual de la ciudad de Colima; Nombre de Jesús, sur del centro actual; y el de España, que conserva ese mismo nombre. 
Dos días después, cuando la manutención de los reos de San Francisco de Almoloyan les estaba resultando molesta y cara, las autoridades locales se volvieron a reunir en “la Sala Capitular”, y en el primer punto se comentó que acababan de recibir “noticia de que el ejército enemigo de la Insurrección” había asaltado ya “varios pueblos de la Nueva España, saqueándolos y desolándolos”, y que, según informes un tanto vagos aún, se venía acercando a “las inmediaciones de Zapotlán el Grande”, por el camino “que pasa por Mazamitla”. Motivo por lo que convenía “ponerse este vecindario en acción de defensa por si acaso a él se inclinaren”.
Una vez analizado ese punto, las autoridades entre las que se mencionan a: “D. Miguel Coronado, Alcalde ordinario de primer voto en turno; el Capitán D. José Valdovinos, que lo es de segundo; D. Alejo de la Madrid, Diputado, y el Síndico Procurador D. Juan Cayetano Anguiano […] dispusieron se convocase a algunos de los vecinos principales da este lugar […] habiendo comparecido D. Tomás Bernardo de Quiroz, Administrador de Correos y de los Diezmos; y del comercio” y varios otros individuos más, la mayoría comerciantes o hacendados.
A ellos se les comunicó lo que acababan de saber y el resolutivo que acababan de tomar, y cuya primera parte trataré de resumir en los renglones siguientes:
Su principal intención fue que, dadas las circunstancias descritas, se fueran dos buenos conocedores de los dos principales ramales del Camino Real, junto con un grupo de mozos bien montados cada uno, para que, posesionándose de los mejores puntos de vigilancia, todos los días estuviesen enviando, con algunos de aquellos mozos, las noticias que fueran sabiendo sobre los avances de los enemigos: 
A don Martín Anguiano, allí presente, le tocó ir, saliendo de Colima al oriente, por el camino a México, pasando por “Tecalitlán, Tamazula, Zapotiltic, Tuxpan é inmediaciones”. Mientras que a don Tomás Martínez del Campo, a quien al parecer enviaron a buscar, le tocó tomar hacia el norte la ruta de Guadalajara, saliendo “por el rumbo de las Barrancas hasta Tenquic”. Lo que equivale a decir que pasó por San José El Trapiche, San Joaquín, la hacienda de Los Alcaraces y la hacienda de La Albarrada (después Quesería), así como por los pueblos de Tonila, San Marcos y El Platanar, hasta Atenquique.
Pero el objetivo de ambos era idéntico: “descubrir la situación de aquel ejército, calcular su número de hombres de infantería y caballería, qué jefes los comandan, si viene o no su principal Caudillo, qué armamento traen, cuál es su rumbo o inclinación, y aún sus intentos si fuere posible descubrirlos […] tomando todas las noticias de los pueblos, ranchos y pasajeros, y comunicándolas […] sin pérdida de momento a este Ayuntamiento y Congreso […] para que este Cuerpo pueda dictar con todos los conocimientos y acierto que desea, las providencias oportunas para librar al pueblo de la tiranía y estragos a que está expuesto si no se toman las precauciones necesarias”.
Adicionalmente le indicaron a D. Martin Anguiano pasar por Tecalitlán (que en los hechos y desde antaño dependía de Colima) donde le entregaría al Teniente local una orden, en la que se le daban instrucciones de apoyarlos con más “gente armada” y con los suministros que fueren necesarios.
Un tercer punto de acuerdo consistió en que “al instante se libraran órdenes al Administrador de las haciendas de La Huerta y a los encargado de los puestos de Albarrada y Alcaraces […], previniéndole al primero [que estuviese] pronto con toda la gente de dichas haciendas, para resguardar sus ganados y demás intereses, [así] como para contribuir con los auxilios y ayuda necesarias a esta Cabecera, siempre que se le pida o él vea Ia necesidad de sus socorros”. Y previniéndole asimismo al segundo, “que junte a todos los vecinos de aquellos ranchos, y que armados estén también a prevención para cualquiera ocurrencia, ministrando la ayuda que necesite el comisionado Martínez para la expedición supradicha”.
Pero ni la junta ni las previsiones terminaron con esto, aunque por falta de espacio tendremos que referirnos a lo demás hasta el siguiente capítulo.
1.- La noticia de que “el enemigo ya estaba cerca”, llevó a “los principales de Almoloyan” y a los curas del lugar, a reunirse en el camposanto del pueblo.
2.- El mensajero que llevaba “el papel convocatorio” pasó primero por Zacualpan, pero cuando llegó a Juluapan, José Antonio Tapia, “español encargado de [la] justicia” en dicho pueblo, se lo quitó y lo remitió al subdelegado de Colima.
3.- Alertado por ésa y otras noticias, el Cabildo colimote tomó la decisión de reforzar la vigilancia por los rumbos de Atenquique y Mazamitla.
4.- Y ordenó a dos comisionados que avisaran y juntaran a todos los vecinos de los ranchos por donde el enemigo podría llegar, para que armados estuviesen prevenidos contra “cualquiera ocurrencia”.
 
















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Habitantes de Zacualpan podrían envasar agua de los manantiales para comercializarla a precios bajos

HABITANTES DE ZACUALPAN PODRÍAN ENVASAR AGUA DE LOS MANANTIALES PARA COMERCIALIZARLA A PRECIO MÁS ACCESIBLE, Dijo Alfredo Alvarez Diputado local de Morena

Por Gustavo A. Valdovinos Castellanos 

Los habitantes de la comunidad de Zacualpan podrían envasar agua de los manantiales y comercializarla a un menor precio del que ofrecen otras marcas en el mercado local.
Dijo el diputado local de Morena, Alfredo Álvarez, quien señaló que para hacer realidad este proyecto se pronunció por integrar una cooperativa para envasar agua.
Comentó que el agua de los manantiales de Zacualpan “es una de las mejores del país, con una calidad excelente, por lo que se puede formar una cooperativa y ofrecer agua envasada con la marca Zacualpan a un precio accesible”.
Consideró que lo anterior permitiría a los jóvenes a que se arraiguen en su comunidad al tener oportunidad de empleo y salir adelante.
Indicó que ojalá camine este proyecto, ya que depende mucho de que la comunidad se organice, haciendo consensos, pero la idea es que otra vez el pueblo vuelva a asumir la rectoría del agua y que sea para el pueblo y no para las empresas, no para la minería”.
Manifestó que actualmente, “mucha del agua que se utiliza en Colima va casi el 78% a la agricultura y sabemos que la agricultura de Colima la mayoría, ni siquiera se queda aquí, va para exportación, ahora sí que se llevan nuestra agua, nuestros minerales, nuestra fuerza de trabajo porque nos explotan y nos pagan cualquier cosa”.
















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domingo, 12 de junio de 2022

Mitos, verdades e infundios de la Guerra de Independencia de México Capitulo 27 7ma parte

 Colima y los alrededores de los Volcanes en septiembre-diciembre de 1810
Séptima parte
Profr Abelardo Ahumada González

CURAS EN PRO, CURAS EN CONTRA.

En el Capítulo 16 comenté que el padre Miguel Hidalgo tenía un enemigo bastante tenaz y capaz en la parroquia de Colima, que se llamaba Felipe González de Islas, ¡su sucesor en el cargo! Un individuo que para 1810 ya se había convertido en la mano derecha del Obispo Cabañas en Colima y las demás parroquias del rumbo; en las que asimismo se desempeñaba como Juez Eclesiástico.
El padre González, nació en dicha villa en 1747, era seis años mayor que Hidalgo, y también estudió en el Colegio de San Nicolás, de Valladolid, por lo que con toda probabilidad conoció al joven estudiante penjamense desde que éste se inscribió en el plantel.
Pero la animadversión que tuvo por Hidalgo nació a raíz de que, habiendo recibido él (González) la responsabilidad de la parroquia colimota, se encontró con que su antecesor había hecho uso de un dinero perteneciente “a la Cofradía de la Soledad”, sin devolverlo jamás, y con que, antes de salir de la Villa de Colima e irse a la parroquia de San Felipe Torres Mochas, le había solicitado en préstamo una fuerte cantidad “a don Gregorio Iriarte”, vecino de la mencionada villa. Suma en la que Hidalgo literalmente se sentó, puesto que nunca le dio siquiera un abono, pese a las cartas que, a ruego del señor Iriarte, el padre González le mandó a Dolores, sin merecerle siquiera una respuesta.
Y si menciono nuevamente todo esto fue porque el padre González parece haber tomado como responsabilidad muy personal la de combatir a Hidalgo y al movimiento insurgente en el ámbito bajo su alcance, obligándose a predicar en su contra para mantener a su feligresía “libre del contagio de ideas independentistas”.
La primera de las actividades que parece haber realizado en esa línea de acción, se concretó en la escritura de una carta que el 3 de octubre de aquel año envió al Obispo Cabañas, señalando a su no grato colega como el instigador de la rebelión de Dolores, y como un individuo ambicioso y libertino.
Pero lo más notable de aquella carta no es tanto su contenido, sino la fecha en que se emitió, por cuanto que, si la revisamos y tomamos nota de que por entonces no había periódicos ni comunicaciones inmediatas, resulta que sólo habían transcurrido 18 días de iniciado el movimiento cuando, a diferencia de las autoridades civiles, militares y religiosas de Guadalajara, que seguían hablando de “los emisarios de Napoleón”, el padre González ya tenía muy claro que su principal cabecilla era su antecesor en Colima. Pero veamos lo que dice la parte medular de la carta:
“Ilustrísimo Señor […] Es preciso entrar en gran cuidado con las últimas ocurrencias de la revolución y alzamiento de plebeyos que se ha formado en el pueblo de Dolores, con general consternación y susto de casi todo el Reino; como se debe temer de las maquinaciones e insolencias que en semejantes lances pueden encender el fuego, cuyas llamas de ambición, libertinaje y otras sugestiones diabólicas son las más destructivas de la verdadera paz, y [de] la legítima sujeción de los pueblos a las justas leyes […]” (Hernández Dávalos. T. II, p. 134).
Al observar estos datos me pregunté ¿cómo pudo el padre González estar enterado de aquella circunstancia? Y supuse que, tal y como lo habrían de declarar Allende e Hidalgo en los juicios militares a que fueron sometidos al año siguiente en Chihuahua, fue porque el cura de Dolores se estuvo carteando con algunos de numerosos alumnos y compañeros del Colegio de San Nicolás, para invitarlos a formar parte del movimiento. Y que cuando menos a uno de los de Colima “se le soltó la lengua”, y llegó a González la información. 
Por otra parte, y sólo para mostrar otro ejemplo de cómo se dividió el clero colimote en aquellos días, quiero mencionar que mi colega y amigo, José Manuel Mariscal Olivares, Cronista Municipal de Ixtlahuacán, Colima, se encontró en los viejos libros parroquiales unos interesantes datos sobre dos curas de allá mismo, que participaron en ambos bandos.
Al seguir esas pistas de aquellos curas, Mariscal tuvo que ir al Archivo de la Arquidiócesis de Guadalajara, en donde se encontró con una especie de “relación de méritos” que, aun cuando fue redactada el 15 de julio de 1812, en la capital de Nueva Galicia, nos da una prueba documental de lo que estamos comentando, puesto que dice:
“Los europeos que suscribimos la presente […] certificamos: que el bachiller, don José Felipe de Sierra, cura del pueblo de Ixtlahuacán de los Reyes, desde que tuvo noticia de la insurrección que levantó el rebelde Miguel Hidalgo y Costilla, se manifestó muy adicto a la justa causa, predicando a su favor e instruyendo a sus feligreses, para liberarlos del contagio y mantenerlos obedientes al legítimo gobierno; que habiendo llegado la revolución a su feligresía y a la Villa de Colima, levantó tropa para defender aquellos lugares y expeler (expulsar) a los perturbadores; que con las armas en la mano libertó las vidas y los intereses de los europeos que pudo; que su familia, corriendo peligros, libertó también en esta capital, más de treinta europeos; que ha servido voluntariamente como capellán del ejército del rey, y que su notorio patriotismo lo tiene acreditado no sólo con ese motivo, sino muy de antemano, pues cuando han llegado a la costa de Colima buques extranjeros, ha sido el primero que se ha presentado para defender a ese punto”. (Olveda, p. 153, y José Manuel Mariscal Olivares, en “Ixtlahuacán en el Bicentenario de la Independencia de México”, p. 76 y 77).
Un cura realista, pues, del que volveremos a comentar un poco más adelante. 

LA “REBELION DE ALMOLOYAN”.

Pero la división de la que comento no se manifestó nada más en eso, puesto que cuando sólo había transcurrido una semana de que los milicianos de Colima partieron a Guadalajara, el domingo 8 de octubre se generó (apoyado por algunos presbíteros), en el pueblo vecino de Almoloyan, el primer movimiento local que originalmente se creyó en apoyo a la rebelión iniciada en Dolores. Movimiento, más bien conato, que aun cuando fue sofocado inmediatamente por el subdelegado Juan Linares, vale la pena conocer, por cuanto nos muestra el grado de inquietud que nuestros antiguos paisanos tenían en aquellos días:
De conformidad con el expediente que sobre ese caso publicó don José María Rodríguez Castellanos, el subdelegado actuó rapidísimo, y al iniciar la noche del lunes 9 ordenó a los integrantes de la ronda que se apresuraran a capturar a todos los individuos que, según los informes que recibió, habían participado en el evento del 8, dedicándose él mismo, durante la madrugada del 10 y parte de los días siguientes, a interrogar a todos los que finalmente lograron aprehender.
El documento se conformó a base de las declaraciones particulares de aquellos sujetos, y como son diferentes versiones, se dificulta la comprensión y la relación de los hechos, pero, luego de darme a la tarea de leerlo completo al menos tres veces, estoy en posibilidades de afirmar que la mayoría de los participantes fueron “indios principales de la República de Almoloyan” y que éstos estaban en contacto con cuatro sacerdotes que ahí se nombran, y que citaré en la parte correspondiente.
El asunto fue que, tal y como lo advirtió Rodríguez Castellanos al hacer la primera publicación sobre ese conato de revuelta, todo habría iniciado tras una información equívoca. Pero como quiera que haya sido, del interrogatorio en comento extraigo el resumen siguiente:
La tarde del sábado 7 de octubre de 1810, “un ministro del Juzgado” de la Villa de Colima se presentó en “la casa de la comunidad” del pueblo de Almoloyan para pedir prestado el tambor que solían utilizar para ir por los barrios difundiendo los pregones oficiales. Pero estando la casa vacía, el hombre tocó en la puerta de la casa de al lado, de donde salió una mujer que le preguntó al “ministro” para qué necesitaban dicho tambor, y éste le respondió: “[Porque] en esta villa iban a juntar gente, para que estuvieran en prevención porque ya se acercaba el enemigo”.
Recado que ella pasó esa noche, o al amanecer del domingo 8 a su marido, quien lo habría transmitido a su paisano “Pedro José Guzmán, alcalde de la República de Indios de Almoloyan”, preocupándolo.
En la tarde, viendo la gravedad que pudiera tener el asunto, Guzmán mandó llamar a su casa a los principales del pueblo, para comunicárselos de viva voz, y como sabían que desde una semana antes ellos y los habitantes de la villa se hallaban “solos y sin el resguardo de las armas, por haber salido para Guadalajara las Compañías de Milicias que aquí había”, se quedaron, según se lo comentó a Linares en el interrogatorio, “sobresaltados y sin saber qué hacer”. Pero que, al rato, “resolvieron irse al centro [del pueblo] para defender la iglesia en caso de algún [posible] asalto”. Y que, ya estando ellos ahí, por ser domingo y andar otra gente paseando, la noticia cundió en todo el vecindario, de tal manera que comenzaron a llegar más y más gentes, no sólo de la comunidad “de los naturales sino […] una multitud de los demás vecinos españoles y de otras castas, hasta que, viendo que no resultó cosa alguna de lo que se esperaban, se retiraron [ya noche] cada uno a sus casas”.
Por su parte, Juan de los Santos Cruz, “casado, labrador, operario y escribano de la República de su pueblo” añadió que, habiendo estado ese domingo enfermo de calentura, fue requerido dos veces [por mensajero] para reunirse con el alcalde y los demás principales, pero que como se sentía muy mal no quiso ir, hasta que “en nombre del Rey lo hicieron levantar de su cama y se lo llevaron [a fuerzas …]”. Habiendo notado que el asunto de gravedad que oyó decir a los principales era el de la sublevación de “otros pueblos allá arriba (sic) contra los Gachupines porque éstos eran en contra del Rey, y temían que sucediera aquí lo mismo, por haber muchos”.
Señaló también que, cuando ya se había dispersado la multitud, los principales se volvieron a reunir discretamente en la casa del alcalde para comentar el asunto y, para consultar con el presbítero, don José Antonio Díaz, a quien, al parecer, por conocerlo de muchos tiempo atrás, le tenían mucha confianza.
Continuó diciendo que como varios de ellos llegaron a considerar que la noticia de que los gachupines estuviesen en contra del rey pudiera ser cierta, decidieron prevenirse “para defenderse de ellos”, y con “este fin” emitieron una “convocatoria a los demás pueblos [indios] para” exponerles la situación, y tratar de organizar, junto “con ellos y con el auxiliar de justicia [correspondiente] la defensa de nuestro Rey”.  Convocatoria que él mismo, cumpliendo con su función de escribano de la república, se vio obligado a redactar en dos tantos. Y de la cual, el lunes en la mañanita, se habían enviado, una directa a [Comala y] Suchitlán, y otra, “por cordillera”, a Juluapan, Zacualpan y Coquimatlán, así como a Tamala, Ixtlahuacán y Caután, aunque no era lo usual que se comunicaran con estos tres últimos tres pueblos.
Agregó también que cuando terminó su tarea y ya estaba por irse a su casa, un tal Ruiz le “encargó que guardara sigilo, de manera que ni a su mujer ni a ninguna otra persona comunicara el asunto, hasta que llegara el caso de hacerse público”. Manifestando que como el padre Díaz les había ampliado la información, en el sentido de que se habían sublevado otros pueblos, era aconsejable mantener la discreción, y que se reunieran todos los pueblos indios del área para estar prevenidos en caso de que hubiese necesidad de tener que pelear para defenderse.
Y señaló, asimismo, que el lunes 9 en la tarde, cuando regresó “de la labor donde estaba trabajando […] se halló con la novedad de que en el Cementerio” de Almoloyan “se habían [nuevamente] juntado el alcalde y todo el común [del pueblo] con bastante gente de razón (designación usual para los criollos) y otras castas”, porque, según habían oído decir, “el enemigo había llegado [incluso] al barrio del Manrique”. Barrio situado en el extremo oriental de la Villa de Colima.
Luego, cuando el subdelegado le preguntó quiénes más estaban “entre aquel pelotón de gentes”, Juan de los Santos respondió que todos los principales del pueblo, junto con “los presbíteros D. Francisco Cruz, D, José Antonio Valdovinos y D. José Antonio Díaz”.
Y al interrogarle sobre el papel que desempeñaron esos curas en la reunión, el escribano respondió que eran ellos los que “decían generalmente a todos los demás qué era lo que debían hacer, [para] juntarse y estar prevenidos para la defensa, hasta morir por Dios, por nuestra Santa Fe y por nuestro Rey”, y que esto último “se lo oyó decir [… también] a un hombre que no conoció, y que le dijo al padre Díaz que esa era muy poca gente para la defensa”. Respondiéndole el capellán de Almoloyan, que “ya estaban citados los demás pueblos”.
Otro de los declarante agregó que, en ese mismo momento, de manera coincidente, llegó al cementerio en su mula, el clérigo de mayor jerarquía en la parroquia de Almoloyan: se llamaba Isidoro Reinoso.
Por razones que no explicó, el padre Reinoso había permanecido durante un día o dos en la Villa de Colima, pero se regresó a Almoloyan cuando alguien le informó del alboroto que se había generado en su curato, informándoles a los ahí reunidos que el tambor que solicitó “el ministro del juzgado” no fue, como dijo la mujer, para pregonar la llegada del supuesto enemigo, sin para anunciarle a ciertos “indios y gente de razón” que habían quedado exentos del pago de equis tributo. Por lo que la gente, ya calmada, se volvió a retirar a sus viviendas.
Antes de terminar el interrogatorio a De los Santos, el subdelegado le preguntó quién o quiénes “de los naturales” estaban moviendo a toda esa gente, y aquél terminó diciendo, que era su paisano José Manuel Ruiz. Cuya interesante declaración tendremos oportunidad de conocer en el capítulo siguiente.

1.- Tras de saberse que la rebelión insurgente había estallado en Dolores, las idas y vueltas de los correos del Camino Real se incrementaron entre Guadalajara y Colima (y viceversa).
2.- En cuanto se enteró del asunto, el padre Felipe de Sierra, cura de Ixtlahuacán, “levantó tropa” y se alistó como “capellán del ejército del Rey”. (Foto reciente).
3.- El día 7 de octubre se comenzó a generar en Colima un alboroto porque supuestamente “el enemigo ya estaba cerca”.
4.- Éste es un croquis de 1814, en cuyo centro se ven el templo y los demás espacios de San Francisco de Almoloyan, en donde “los indios de la república” tomaron el acuerdo de defender al rey, a la religión y al “gobierno legítimo”.




















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