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miércoles, 9 de septiembre de 2020

Reporte al 8 de septiembre del covid-19 en el estado de Colima

REPORTE AL 8 DE SEPTIEMBRE DEL COVID-19 EN EL ESTADO DE COLIMA

 Las instituciones del Sector Salud reportan que este martes 8 de septiembre, se registraron 53 nuevos casos y 5 defunciones por Covid-19, con lo que se alcanzan los 3 mil 979 casos y 484 decesos acumulados por esta causa.


Las 5 muertes de esta jornada ocurrieron en 3 mujeres y 2 hombres, con edades entre los 45 y más de 65 años, quienes eran originarios 2 de Colima, una de Armería, una de Cuauhtémoc y uno de Villa de Álvarez.
En esta jornada, 27 mujeres fueron confirmadas como casos positivos al virus SARS-CoV-2, con edades entre los 25 y más de 65 años; de las cuales, 22 reciben atención ambulatoria, 3 están hospitalizadas graves y 2 hospitalizadas no graves. Por residencia, 10 son de Villa de Álvarez, 8 de Colima, 5 de Manzanillo, 2 de Tecomán, una de Armería y una de Ixtlahaucán.
Por otra parte, los varones diagnosticados positivos fueron 26, con edades entre los 30 y 65 años de edad; de los cuales, 15 reciben atención ambulatoria, 9 están hospitalizados graves, uno hospitalizado no grave y uno hospitalizado grave intubado. Por residencia, 10 son de Villa de Álvarez, 9 de Colima, 5 de Manzanillo, uno de Coquimatlán y uno de Tecomán.
Asimismo, no se registró ningún caso foráneo.
La institución de Salud reitera el llamado a mantenerse en casa el mayor tiempo posible y usar de manera correcta y obligatoria el cubrebocas, así como lavarse las manos con agua y jabón con frecuencia y guardar sana distancia al salir a alguna actividad esencial, a fin de disminuir contagios y cortar la transmisión viral.






















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martes, 1 de septiembre de 2020

Vislumbres Preludios de la Conquista Capitulo 10; Los informes perdidos

VISLUMBRES
PRELUDIOS DE LA CONQUISTA
Capítulo 10
Profr Abelardo Ahumada González

EL CASO DE “LOS INFORMES PERDIDOS”. 

En el transcurso de la semana, uno de los lectores que tuvo acceso al Capítulo 9 me preguntó que cuáles habían sido los espacios arqueológicos de las “fases Comala y Colima” que estudió la doctora Isabel Kelly, y como la pregunta coincide con el tema que en este momento estamos revisando, quiero comentarle a dicho lector (y a los demás que tal vez se hayan quedado con alguna duda similar), que en su libro “Secuencia Cronológica de Colima: Capacha una fase temprana” (traducido y publicado por Ernesto Terríquez Zámano en 2002), la antropóloga no hace una sola mención sobre los sitios excavados en dichas fases, como sí lo hace en relación a Capacha, Ortices y Chanal.
Y me parece entender que esto último se debe a que como el tema central de su libro son las observaciones que hizo (y las conclusiones a las que llegó) sobre el “complejo Capacha”, todos los detalles inherentes a las otras fases o complejos de Colima, debieron de haber quedado en los informes que presentó a las instituciones que la sostuvieron durante las temporadas en que estudió esos sitios. Informes de los que hasta el momento no he podido conocer ninguno.
Tengo, sí, los mapas y algunas páginas de las exploraciones hechas en el “área Tuxcacuesco-Zapotitlán”, entre 1941 y 1943, y el informe completo de Capacha, que abarca de 1966 a 1973, pero carezco de los demás.
Sin embargo, como en su informe sobre Capacha presenta una especie de resumen de lo hecho en las exploraciones intermedias, de algún modo puedo asegurar que es a ella (y a las universidades y fundaciones que financiaron sus expediciones) que se deben las primeras dataciones de las piezas que fueron sometidas a las pruebas del radiocarbono, y que a la postre sirvieron para establecer “la secuencia cronológica” de los sitios correspondientes al “Colima central”, que ella menciona.
Por otro lado, como desconozco la mayor parte de lo que los arqueólogos del INAH hayan podido hacer en cuanto corresponde a dichos asuntos, ya sólo comentaré algunos datos más, que me servirán como referente para volver al tema fundamental de este trabajo:
En la Introducción del libro que estoy reseñando hay un comentario de la doctora Kelly que me parece muy relevante: “EN MUSEOS Y COLECCIONES PRIVADAS HAY CIENTOS, QUIZÁ HASTA MILES DE ESPECÍMENES ARQUEOLÓGICOS DE COLIMA”. 
Comentario que, por un lado, me alegra muchísimo, al enterarme de que nuestros ancestros indígenas fueron artistas notables y muy prolíficos. Pero que me produce, por otro, una profunda tristeza, porque a la mayoría de esas piezas nunca las vamos conocer, y nos tendremos que conformar con ver las pocas que hay en exhibición en los pequeños museos locales o, si acaso, conocer otras por fotos en libros especializados.
Pero como una derivación de la frase que acabo de citar, más adelante la doctora nos da a entender que fue el asombro que le produjeron algunas de esas piezas, lo que la llevó a solicitar orientación para buscar otras más. Cosa que finalmente pudo lograr tras contactarse con “don Rodolfo Baumbach (administrador de la hacienda de La Albarradita), doña María Ahumada de Gómez, directora del Museo Regional de Colima”, y con varias otras personas más, quienes, aparte de brindarle sus propias opiniones, le recomendaron a otros paisanos que le servirían de apoyo como guías y trabajadores manuales.
La doctora era muy paciente y metódica en su labor, y como un fruto del primer recorrido que realizó, dibujó un mapa, digamos, de la “geografía arqueológica” de Colima, que, sin embargo, no publicó en este libro, aunque sí publicó otro relacionado, única y exclusivamente, con todos los entierros que contuvieron materiales de la fase Capacha, y que, contra lo que hubiésemos esperado, no fueron localizados únicamente en las inmediaciones de dicha hacienda, en el municipio de Colima, sino en varios otros lugares que más adelante mencionaré.
Pero, ya para concluir este subtema, no creo que “los informes perdidos”, a los que entre comillas hago mención, realmente estén extraviados, o no existan. Sino que están por ahí, a la espera de que alguien los busque, en los archivos de las fundaciones y universidades que aportaron fondos para su trabajo, o incluso en el propio del INAH.

PIÑATAS CON VASIJAS DE TRES MIL AÑOS.

La doctora, como ya dije, experimentó una cierta desilusión al estudiar la cerámica más bien tosca y “nada glamorosa” de El Chanal, y aun cuando vio los montículos que allí existían, e incluso llegó a creer que ahí hubo “un sitio con dimensiones urbanas” y “un centro ceremonial importante”, no parece haberse sentido muy motivada para explorar el lugar en busca de elementos arquitectónicos; tal vez, porque llegó a escuchar (o quizá leyó), que ahí sólo había “unas ‘pirámides de albañilería’ muy modestas”.
Pero lo que me llama la atención es que, habiendo podido encontrar “muchas cuchillas prismáticas de obsidiana”, tampoco parece haberle dado valor a eso, tomando en cuenta de que en Colima no hay vetas de ese valioso cristal que nuestros ancestros usaban como cuchillos y navajas y que, por ende, o los “chanaltecos” (por ponerles un nombre), las fueron a conseguir por ejemplo a Tequila, donde sí había ese material, o hubo comerciantes de aquellos rumbos que se las trajeron a vender a éstos.
Para completar el cuadro, ella misma platica que en 1966, cuando suponía que ya había terminado de ver todo lo más interesante que le podría mostrar la arqueología colimota (y cuando estaba por irse de la ciudad), equis día, el “factótum” (o “milusos”) del hotel en donde estaba hospedándose, “le ofreció en venta unos fragmentos de lo que evidentemente había sido una vasija monocromática grande, abierta de la boca, acinturada y decorada con amplias líneas de incisión y puntuación”, que no se parecía a ninguna otra de las que había visto antes, pese a que “las colecciones de superficie [que llevaba reunidas] ascendían a varias toneladas”.
Ese “nuevo” material le intrigó muchísimo, y aunque estuvo indagando al respecto, ninguno de los moneros con los que tenía contacto le pudo (o le quiso) dar un santo y seña exacto, aunque sí le dijeron que ya habían visto (y vendido) varios “bules” como ése.
Así que, picada por la curiosidad, volvió en 1967, y en 1968, y sólo fue “al fin de la temporada de” ese último año cuando, andando por los rumbos de la ex hacienda de Buenavista, en el municipio de Cuauhtémoc, Col., volvió a preguntar sobre los mentados “bules” de barro y, “los residentes reunidos estallaron en risas […] porque algunos años antes, varios de los presentes habían colaborado en saquear una cementerio cercano […] en el que se hallaron varios de esos ‘bules’ que [tal vez por no ser conocidos] no tuvieron valor en el mercado”.
Siendo por eso que -continúa diciendo-, algunas de aquellas “VASIJAS FUERON QUEBRADAS EN EL LUGAR O TOMADAS PARA LA CASA, PARA QUE LOS NIÑOS LAS UTILIZARAN EN NAVIDAD COMO PIÑATAS”.
Nadie sabía, por aquellos años, que aquellas vasijas acinturadas y con forma de bules pudiesen ser tan antiguas y tan valiosas desde la perspectiva arqueológica, como finalmente fueron, pero no deja de dar tristeza el hecho de saber que algunas de aquellas vasijas hayan sido rotas a palazos en las posadas navideñas, como simples ollas tiznadas.

EL ÚLTIMO ESLABÓN DE ESA CADENA.

Motivada por aquel hallazgo, le volvió a preguntar a los moneros de Buenavista en dónde estaba el cementerio al que se habían referido, y ellos le respondieron que “en [el potrero de] El Barrigón”. Así que Kelly pidió que la llevaran. El sitio había sido casi totalmente barrido, y sólo pudo encontrarse con un montón de tepalcates, “un fragmento de cráneo y un bule casi completo que estuvo presionando la cara del cadáver”.
Alentada por eso, en 1969 volvió a Colima, recorrió los alrededores de La Capacha, encontrándose con “una efigie de pájaro”, otro bule y más piezas quebradas.
Al analizarlas comparativamente notó que tenían un cierto parecido con otras piezas encontradas lejísimos de allí, en Tlatilco, al sur de la ciudad de México, y con otras dos encontradas por un colega suyo nada menos que en Tuxcacuesco, Jalisco. Y, al documentar esto dice que, en su mente, “Capacha comenzó a tomar forma”.
En la temporada de 1970 volvió a El Barrigón “pero los moneros habían agotado el sitio”. Así que, “decepcionada, fui a Comala” para comprobar qué tan cierto era lo que le habían dicho en el sentido de que en la hacienda de “La Parranda” se habían encontrado un entierro con un material parecido al de “La Capacha”.
Luego de ver el lugar se entrevistó con el dueño, pidió permiso de excavar y, ¡oh sorpresa!: “Encontramos varios entierros con un total de 11 bules. Y eso fue gratificante”.
Luego, otro monero le dijo que ahí cerca, en la hacienda de La Cañada “había encontrado alfarería similar”. Por lo que “subsecuentemente, probamos varios días en La Cañada y fui afortunada al encontrar un [buen] número de entierros que arrojaron luz adicional en la fase Capacha”.
Y “el último bule que se encontró en la temporada de 1970, fue en [el rancho de] Quintero, cerca de Caután, Ixtlahuacán, en el banco oriental del río Salado”.
Pudiendo así probar (y comprobar) que en el territorio central de Colima hubo, desde hace poco más de tres mil años, algunos grupos de personas muy probablemente emparentadas entre sí, que ya eran más o menos sedentarias, que habían logrado desarrollar una cerámica con características muy particulares y que ya tenían algunas visiones, digamos, de carácter religioso, por cuanto que muchas de las piezas que fueron encontradas por los moneros, y casi todas de las que la doctora encontró por su cuenta, estuvieron asociadas con huesos humanos, en verdaderos entierros. 
Dándonos así entender que los antiguos habitantes del Valle de Colima se cuestionaban, como seguimos haciéndolo hoy, qué hay más allá de la muerte.
Ningún otro arqueólogo se había referido antes a la alfarería Capacha, y aunque con posterioridad a ella, e incluso recientemente, se han encontrado otras tumbas con materiales de esa misma época. 
A Kelly le cabe el mérito de haber sido la primera en documentar este valiosísimo hallazgo.
Y, dentro de este mismo contexto hay algo que la doctora también observó y que ha ocupado después a no pocos arqueólogos y aficionados, como este redactor, a esos temas. 
Me refiero a que, tras de haber analizado las piezas de la fase Capacha, y tras de haber visto y andado trabajado en otras latitudes sumamente distintas, llegó a una interesantísima conclusión que vale la pena citar: “CAPACHA MUESTRA MÁS FUERTES SIMILITUDES CON EL NOROESTE DE AMÉRICA DEL SUR QUE CON MESOAMÉRICA, exceptuando, por supuesto, a los estilos de El Opeño y Tlatilco (que son otros dos sitios arqueológicos importantes), que, como Capacha, [tienen] un ingrediente cultural perceptible que los liga con el noroeste de América del Sur”.
Observación interesantísima que más adelante espero tener oportunidad de comentar más a fondo.

ORO EN EL CHANAL Y COBRE EN PERIQUILLO. –

Ya casi para finalizar el capítulo anterior mencioné que “la secuencia cronológica” establecida inicialmente por la doctora Kelly, quedaba poco más o menos así: 

La fase Capacha, “de los 1870 a los 1000 años antes de Cristo”. La fase Ortices, “del 410 a. C., al 280 d. C.” La fase Comala, “desde los 300 a los 600, o 650 años después de Cristo”, y la fase Colima, “del 600 al 1100 d. C.”. Habiéndonos quedado dos pendientes: la fase Chanal, “del 1290 al 1460 después de Cristo”. Y la fase Periquillo, “de 1450 al 1600”.

Sobre El Chanal ya se dijo algo, pero hay que resaltar aquí dos datos más: el primero, que en El Chanal se encontró un poco de oro, y, el segundo, que aun cuando las fechas más tardías que sus pruebas evidenciaron corresponden a 1460, ¡a poco más de medio siglo de la llegada a Colima de los españoles!, ninguno de los conquistadores, ninguno de los alcaldes y ninguno de los curas y frailes de la Villa de Colima reportó la existencia de un pueblo localizado por aquellos rumbos. 
Lo que nos da la idea de que por alguna razón que desconocemos, El Chanal súbitamente se despobló y ya nadie volvió a hablar de él, como sí, en cambio, hablaron de un tal Molone, Almolone o Almolonia, del que asimismo nos vamos a ocupar en el siguiente capítulo.
En cuanto al complejo de Periquillo, realmente no es mucho lo que la doctora observó, salvo de que se trató de un conjunto de personas que vivió “a lo largo del Armería más bajo, entre el asentamiento moderno de Periquillo y [la desembocadura del río] en el Pacífico”, y de otro grupo contemporáneo, “algo aislado”, pero con similares características que habitó en las laderas “del gran cerro de Tamala”.
La alfarería de ambos sitios es parecida también, y aunque tampoco se comparó en finura con la de la fase Comala, tuvo su propio estilo, podríamos decir, aparte de que entre los pocos entierros que se revisaron se hallaron algunos pequeños objetos de cobre. Lo que nos habla de que, si en El Chanal se halló algo de oro, y en Tamala algo de cobre, ya estaban esos dos pueblos “más acá de la edad de piedra pulimentada”.
El otro dato que resalta con mayor luz en los estudios hechos sobre la fase Periquillo, es el de que las últimas piezas fechadas corresponden al año 1600. Por lo que con toda seguridad se puede afirmar que muchas de los habitantes del cerro de Tamala y Periquillos todavía estaban vivos después de que los conquistadores hispanos irrumpieron en la región y se instalaron muy cerca de allí, en Caxitlan. 
Aunque de esto ya no debemos decir más, porque todavía nos falta revisar otros interesantes detalles de “Los preludios de la conquista”.

Continuará.


1.- He aquí el mapa de los sitios con material de Capacha que la doctora Kelly publicó en 1980.
2.- No deja de ser tristísimo que algunas vasijas con más de 2000 años de antigüedad hayan sido, por ignorancia, convertidas el siglo pasado en piñatas navideñas.
3. - En la fase Periquillo, ella no lo dice, pero uno deduce que fue un pueblo de pescadores de río y mar que vivían en esta área incluso cuando llegaron los españoles.
4.- En fechas todavía muy recientes, los arqueólogos del INAH en Colima han encontrado otros entierros con material de la fase Capacha.



















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lunes, 31 de agosto de 2020

Vislumbres Preludios de la Conquista Capitulo 9 Aclaración necesaria,

VISLUMBRESPreludios de la ConquistaCapítulo 9Profr. Abelardo Ahumada Glez.


UNA ACLARACIÓN NECESARIA.

En el capítulo 7 cité algunos párrafos del libro “Colima de la Nueva España en el siglo XVI”, escrito por el Dr. Carl Sauer (jefe del Departamento de Geografía de la Universidad de Berkeley) durante la cuarta década del siglo pasado. Libro en el que se nos brinda un gran contenido histórico-geográfico, que para esa época no había logrado reunir ningún historiador colimense.
Viendo esa obra en retrospectiva, no sólo la valoro por las pistas que nos brinda, sino que hasta vergüenza me da por el hecho de que haya tenido que ser un científico extranjero el que, siguiendo con un equipo de profesionales algunas pistas arqueológicas e históricas que les interesaban, vino a mostrarle a nuestros padres y abuelos el valor histórico de muchos de los vestigios que, estando incluso a la vista, les resultaban casi totalmente indiferentes.
Y de él señalé un párrafo muy especial donde, a manera de conclusión, dice lo siguiente: “Lo que nosotros sabemos del viejo Colima es muy magro y no sabremos [por los documentos] mucho más que esto, hasta que LA RICA ARQUEOLOGÍA DE COLIMA SEA DEBIDAMENTE ESTUDIADA… [Puesto que] la explotación colonial barrió con las formas [de vida y las instituciones] nativas”.
Con base en esta expresión, hoy puedo entender y valorar que, influidos por él, algunos de los arqueólogos norteamericanos, que fueron sus alumnos en la materia de Geografía Humana, decidieran venir a varias regiones de nuestro país para seguir indagando sobre las pistas que sus maestros buscaban. Como fue, en el caso de Colima, la doctora Isabel Kelly y “la Sra. Mariam Cummings”, que inicialmente vino acompañándola.
Y, respecto a la doctora Kelly, basado en unos datos que brindó un autor local, me fui con la finta y les dije que, apoyada económicamente por la fundación Guggenheim Fellowships, “estuvo dos temporadas de trabajo en Colima (la de 1940-1941, y la de 1941-1942)”, siendo que, como ya lo mencioné en el capítulo 8, ella misma nos sacó de ese error, por cuanto que en dos cartas que cité, y que dirigió desde Tlaquepaque, Jal., a la señorita María Corona Navarro, su amiga de Zapotitlán, Jal., dichas temporadas las pasó trabajando en “la zona Tuxcacuesco-Zapotitlán”. Como también lo dice en el informe de trabajo que al respecto le publicó la imprenta de la Universidad de Berkeley en 1949.
Colateralmente, y como derivación de esa nota equívoca, dije también que, si la doctora Kelly “pasó por Colima” de 1941 a 1943, “no fue para quedarse allí, sino para irse desde “allí hasta Zapotitlán, Tolimán y otros pueblos vecinos”, dado que, por aquella época “no había en la época carreteras para ir desde Guadalajara hasta el Sur de Jalisco, y era más fácil viajar por tren desde Guadalajara a Colima”. Y desde allí, por brecha o veredas, hasta donde ya se dijo.
Referencia, sin embargo, que de ningún modo es falsa respecto a los medios de transportación que menciono, pues no por menos, en una larguísima entrevista que en junio de 2005 tuve con el padre Roberto Urzúa Orozco (famoso cura e historiador colimote que mencioné en los primeros capítulos de este trabajo), él me platicó: 
“En 1953 me llamó el señor obispo, Ignacio de Alba, y me dijo: ‘Oyes, ya tienes bastante tiempo en la ciudad y es necesario que salgas a una parroquia rural. Te voy a mandar a Zapotitlán’. Pero yo no sabía ni dónde quedaba eso”.
“[Así que tuve que preguntar] me acuerdo que me fui a caballo, por Comala, por San José del Carmen, que es el primer pueblo que por ese lado pertenece al estado de Jalisco, a donde sí vinieron algunos a encontrarme y a traerme dos bestias mulares: una para mis maletas y otra para mí, y así llegué, por cierto, al curato, el primero de noviembre, en donde estaban algunas gentes apuntando misas para sus difuntos el día siguiente., y esa fue mi primera parroquia, donde estuve tres años”.
“ERA UNA PARROQUIA RURAL MUY GRANDE Y SIN COMUNICACIONES. ZAPOTITLÁN ES UN PUEBLO INDÍGENA CON UNA GRAN RIQUEZA ÉTNICA MUY INTERESANTE. Está en las faldas del Nevado, cargadito para el lado norte. De modo que el Nevado le queda a uno cerquitas”.

LOS PRIMEROS ESTUDIOS DE KELLY EN EL CHANAL Y LAS CONCLUSIONES A LAS QUE LLEGÓ. –

Con este testimonio por delante ya nos podemos dar muy clara idea de cuáles fueron las dificultades que la doctora Kelly tuvo que enfrentar para llegar allá doce años antes que el padre Urzúa, y cómo era el área que estudió desde mediados de 1940 hasta mediados de 1942. Pero ¿cuándo fue, entonces, que la científica empezó a estudiar “la rica arqueología de Colima” a la que se refería su maestro Sauer? 
Para responder a esa pregunta cabe mencionar que, en la página de reconocimientos de su libro “Secuencia cerámica de Colima: Capacha, una fase temprana”, es ella misma la que precisa el dato, pues dice: “Mis esfuerzos en el estado mexicano de Colima han sido esparcidos de modo esporádico, durante tres décadas. El trabajo inicial de campo, en 1939 y 1940, fue apoyado por la Universidad de Berkeley. [Pero] el estudio del material resultante indicó que esa información no fue suficiente para establecer una cronología convincente […] Entonces vinieron años con varios compromisos en diversas partes [Tuxcacuesco-Zapotitlán, entre otras], pero con el tiempo regresé a Colima. [Y] las temporadas de campo de 1966 y 1967 fueron financiadas por una subvención de la Rockefeller Foundation”. Y luego menciona que consecutivamente continuó viniendo “de 1968 a 1971”, dejó de hacerlo en 1972, y volvió en 1973, siendo subvencionada en todas estas últimas temporadas “por donativos de la National Geographic Society y la Wenner-Gren Foundation for Antropological Research.
Siendo para mí totalmente asombroso que esas importantes fundaciones y sociedades extranjeras contribuyeran para estudiar la arqueología colimota, mientras que los gobiernos estatal y federal no aportaban un solo peso para tal efecto. Pero como quiera que todo esto haya sido, es de creer que, si por aquel entonces El Chanal estaba, como quien dice “de moda”. Hacia esa ranchería haya dirigido la doctora Kelly sus primeros pasos en la entidad, encontrándose, sin embargo, con una especie de decepción, a la que me referiré un poquito después. 
Pero para no hacernos bolas, conviene recordar que cuando la Universidad de Tucson le publicó a la doctora el libro que estamos comentando era el año 1980, y habían pasado cuatro décadas de la primera exploración que hizo en Colima. Por lo que muy bien podemos afirmar que no sólo tenía una mayor experiencia en estos menesteres, sino una mirada más amplia y panorámica de los sitios que le había tocado estudiar. 
Colateral o complementariamente, ella misma, en páginas posteriores a la Introducción de su texto, nos da a entender que, aun cuando durante las décadas de los 40as y los 50as no vino a Colima, continuó realizando algunos estudios del material extraído ahí, y de la zona Tuxcacuesco-Zapotitlán. De manera que cuando volvió al estado en 1966, ya tenía otra visión de las cosas, y otra más cuando finalmente terminó su libro.
Libro en el que alcanzo a distinguir una interesante conclusión inicial, y un importantísimo descubrimiento que me parece oportuno señalar.
Su primera conclusión es que: “Colima es un área pequeña DE MARCADA ESPECIALIZACIÓN REGIONAL en alfarería, figurillas y otros artefactos”. 
Y su enorme descubrimiento (que ella no menciona en su texto, pero que yo advierto en sus expresiones), fue el hecho de haber podido observar que TODOS LOS ESPACIOS QUE LE TOCÓ ESTUDIAR, tanto en Colima, como en Tuxcacuesco, Tolimán y Zapotitlán, están (o estuvieron) directa o indirectamente vinculados con la cuenca del Río Armería, de la que yo he venido hablando en los capítulos precedentes. 
Y lo que ella dice al respecto, en esencia es lo siguiente:
“El gran sistema [arqueológico y por ende poblacional] de la cuenca del Río Armería se inicia en Jalisco y sus dilataciones media y superior están dentro de ese estado”, conformadas, por “algunos afluentes” que ella no menciona, pero de los que los principales son los ríos Tuxcacuesco y Ayuquila. 
Para continuar ella diciendo que: “El Armería entra a Colima por el norte, y sigue su curso norte-sur al mar”, atravesando, “poco más o menos por el centro” del territorio estatal, “COINCIDIENDO CON EL CORAZÓN ARQUEOLÓGICO DEL COLIMA CENTRAL”. Cuyas piezas difieren en algunos rasgos y temporalidad, del “Colima oriental”. Sin que ella haya podido saber nada del “Colima Occidental”, que abarcaría todo el territorio situado al poniente del Río Armería, en donde ya no le tocó explorar.
En la mente, pues, de la doctora Kelly, se organizó un esquema en el que vio a todas esas poblaciones unidas por lo que “por carecer de un término mejor, aquí se nombrará el Eje Armería”.
Y que para mí coincide precisamente con todos los pueblos del antiguo camino prehispánico que ya mencioné, y que, mínimo, empezó a ser transitado por los toltecas, en el siglo VII después de Cristo, cuando no antes, por otras desconocidas tribus.

LAS FASES Y/O COMPLEJOS CULTURALES DE COLIMA. –

En uno de los párrafos del capítulo 8 señalé que al estudiar “el área Tuxcacuesco- Zapotitlán”, Kelly percibió, o distinguió tres sitios con diferentes temporalidades y características, a los que denominó: El “Complejo Tuxcacuesco”, el “Complejo Coralillo” y el “Complejo Tolimán”.
Actuando de la misma manera en Colima, Kelly dividió a nuestra entidad en parcialidades que le tocó estudiar o no, a las que señaló como “Colima Oriental, Colima Central y Colima Occidental”. 
Parcialidades que, de conformidad con lo que posteriormente menciona, delimitó a partir de Río Grande y del Río Salado. Siendo la parte oriental desde El Salado hacia el Naranjo-Coahuayana; la occidental desde el Armería hacia el Chacala-Marabasco, abarcando la región más montañosa del estado, y la central, la región situada entre el Armería y El Salado, que en buena medida abarca desde las faldas del Volcán, hasta el Valle de Colima, y las planicies de los actuales municipios de Colima y Coquimatlán.
Pero fue muy honesta cuando expresó que los resultados finales de sus estudios se refieren, básicamente, “al Colima central”, área sobre la que pudo diseñar una “secuencia cronológica” que dividió en “fases”, y que, en el terreno corresponden a las zonas de La Capacha, El Chanal y El Moralete-La Estancia; extendiéndose hacia el sur hasta Periquillos, y hacia sureste hasta Los Ortices, Ixtlahuacán y las riberas del Coahuayana, que fueron algunos de los sitios que de esa parte estudió.
La secuencia cronológica va desde “la fase más temprana (o antigua) a la más tardía (o reciente)”.
Y ya sobre este punto en particular, Kelly nos dice que los objetos más antiguos que le tocó fechar, provinieron de “la fase Capacha”. A la que le puso ese nombre porque los pozos que excavó, o que “los moneros” le mostraron, estaban ubicados en las inmediaciones de lo que todavía era entonces la bonita hacienda de La Capacha.
A continuación, me voy a saltar todos los detalles que me sea posible saltar en las descripciones posteriores. Pero sí quiero expresar el asombro que sentí al enterarme de que los primeros entierros ubicados en tal sitio datan, según el análisis de la arqueóloga estadounidense, de entre los 1870 y los 1720 años antes de Cristo. Mientras que los diseñadores del guion del Museo de las Culturas de Occidente, señalan para los últimos el año 1000 a. C. 
El segundo sitio que demostró mayor antigüedad no correspondió “al Eje Armería”, sino al Colima Oriental, vinculado en este caso con los ríos Salado y   Coahuayana, hasta llegar hasta el mar. Sitio al que, por ponerle un nombre, la doctora bautizó como “complejo Ortices, en honor al ejido en cuya vecindad se diagnosticó el primer conjunto de objetos”. Pero que, como ella explica, también abarca algunas exploraciones que hizo en Ixtlahuacán, Chanchopa, Alcuzahue y Coahuayana.
Las fechas más antiguas que los objetos de esta fase mostraron, son del 410 antes de Cristo, y las más tardías, del 280 después de Cristo. Habiendo sido ésta la fase en que se comenzaron a utilizar las famosas tumbas de tiro, que ya hemos mencionado antes.
Después vino (o surgió) la fase Comala. Fase que para la doctora Kelly resultó ser “la era por excelencia de las tumbas de tiro”. Y cuya preciosa cerámica, que en el tiempo en que ella vino a Colima estaba siendo terriblemente saqueada, se caracterizó porque su “modelado es su decoración principal”, en la medida de que “en general [fue] ejecutado CON DESTREZA CONSUMADA”. 
Destreza que cualquiera de los lectores podrá comprobar si se da tiempo para ir a visitar el Museo Nogueras, integrado con la colección de piezas que afortunadamente logró reunir el genial pintor comalteco, Alejandro Rangel Hidalgo.
Las fechas extremas para esta fase se ubican en un periodo relativamente corto que iría desde los 300 a los 600, o 650 años después de Cristo. Tal vez como una continuación (esto lo digo yo) de quienes originalmente vivieron en la fase Ortices.
Y sobre estas joyas arqueológicas en particular, Kelly afirma que demuestran una “especialización regional considerable”. Pero que, habiendo sido sus tumbas tan terriblemente saqueadas, el desarrollo de este pueblo “nunca será conocido” del todo. Notando, sin embargo, que muchas de las piezas producidas en esta fase “no tienen semejanzas” con las producidas por otros pueblos de “los altiplanos centrales”. Por lo que se puede deducir que los expertos ceramistas comaltecos, fueron únicos, excepcionales.
Después de la fase Comala vendría la fase Colima, en la que, curiosa y coincidentemente, dice Kelly, aparecen las primeras muestras de arquitectura, y da inicio en Colima el uso de los molcajetes y de las tapaderas para las ollas y otros utensilios. Siendo, pues, los alfareros de esta época, más pragmáticos que los comaltecos, quienes ya se dedicaban a hacer obras de arte.
La fecha más antigua que Kelly anota para esta fase es la del año 550 después de Cristo. Y los diseñadores del guion del Museo de las Culturas de Occidente, señalan que fue desde aproximadamente del 600 al 1100 d. C.
Y, por falta de espacio, las dos últimas fases se mencionarán y describirán en el siguiente capítulo.

  
1.- Es mucho lo que los colimenses debemos a este par de geniales investigadores estadounidenses: el Dr. en Geografía, Carl Sauer, y la Dra. en Arqueología, Isabel Kelly.
2.- La doctora Kelly terminó coincidiendo con que la cuenca del Río Armería fue determinante para el desarrollo de los pueblos de la región.
3.- Aun cuando las excavaciones de la doctora Kelly no abarcaron la arquitectura de El Chanal, sí logró entreverlas como “un centro religioso extensivo y probablemente mayor” a lo que se creía que era.

4.- La doctora Kelly quedó profundamente admirada por la calidad excepcional de las piezas correspondientes a “la fase Comala”. Como se ve en estas piezas expuestas en el Museo de Nogueras.

















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