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miércoles, 19 de abril de 2023

Manuel González Mendoza y Jaime Alfredo Castañeda Bazavilvazo dos grandes combatientes

DOS GRANDES COMBATIENTES.


Profr. Abelardo Ahumada González


MANUEL Y JAIME ALFREDO.


La noche del viernes 14 de este abril que corre, falleció mi querido amigo, Manuel González Mendoza, y otra noche, de hace 9 años, mientras ocurría un eclipse lunar, ya en la madrugada del 15 de abril, dejó también  este mundo nuestro también querido amigo, Jaime Alfredo Castañeda Bazavilvazo, dos hombres valientes que con gran compromiso lucharon por el bien de Colima, que entregaron mucho de su tiempo y esfuerzo para hacer que nuestra sociedad tuviera mejores condiciones para vivir, una conciencia crítica más desarrollada y el afán de que nos moviéramos en un verdadero estado de derecho.
El primero de ellos (pero segundo en morir) logró vivir poco más de 92 años casi siempre regalando alegría. Era un hombre de buena fe y enorme voluntad. Fue uno de muchos hermanos. Nació el 8 de julio de 1931, en el rancho de El Limón, en la sierra que está entre Tecalitlán y Xilotlán de los Dolores, Jalisco, pero ingresó desde muy pequeño al Seminario Conciliar de la Diócesis de Colima para cursar la carrera sacerdotal, recibiendo la ordenación el 29 de diciembre de 1958, del Sr. Obispo Ignacio de Alba y Hernández.
Jaime Alfredo Castañeda, en cambio, nació en Colima el 14 de enero de 1941, y falleció a los 73, aunque, según se los comentó en más de una ocasión a su esposa Leticia de la Mora y a su hija Citlalin, a los tres meses de nacido estuvo a punto de morir mientras ocurría otro gran fenómeno natural, puesto que su casa de muros de adobe y techo de vigas y tejas se derrumbó la tarde de aquel otro 15 de abril, cuando cimbró a Colima un pavoroso y destructivo sismo.
Jaime Alfredo, hijo del licenciado Ramón Castañeda y doña Amalia Bazavilvazo, tuvo también varios hermanos. Entre ellos tres de los que llegué a ser amigo: Ramón (QPD), Amalia y el famoso Chalo de los mismos apellidos.
Estudió Jaime en el Colegio Colima y en el Instituto Colimense, cuando éste estaba en el hermoso edificio de corte porfiriano francés que aún existe en el Jardín Juárez, o De la Concordia. Cursó la preparatoria y la licenciatura en Derecho en la Universidad de Guadalajara, fue un gran lector y, aparte de haber litigado y haberse convertido en notario público, dedicó una gran parte de su tiempo libre a pensar y escribir, convirtiéndose en un verdadero filósofo.
No conozco toda la trayectoria del padre Manuel, pero por amigos que lo conocieron antes que yo, supe que durante varios años fue un gran promotor de vocaciones sacerdotales y que -según me lo platicó alguien tal vez de broma-, fue capaz de “arrimar camionadas de muchachos al seminario”. Caracterizándose también por haber conducido, en la década de los 70as, un movimiento católico que se llamaba “Jornadas de Vida Cristiana”.
Adicionalmente, y ya por charlas personales que con él tuve, supe que durante varios años fungió como titular de la Parroquia de San Rafael, en el bello pueblo de Cuauhtémoc, Col., y que, habiendo durado más de veinte en su condición de sacerdote oficiante, en algún momento crucial de su vida pidió la dispensa papal para retirarse del ministerio. Habiendo contraído algún tiempo después matrimonio con Griselda Barreto Vizcaíno, guapa muchacha del propio pueblo de Cuauhtémoc. Con quien más tarde procreó dos bellas e inteligentes hijas que se llaman Ilce y Ana Grisel.
Todo eso mientras que Jaime Alfredo se casó con la muy guapa Leticia de la Mora Ramírez, Reina de la Feria de Colima en el año de 1968, con quien procreó un hijo varón: Pablo Bernardo, y tres bellas damitas: Citlalin, Viviana y Lavinia.

El “GRUPO MORELOS”.

Los conocí a ambos en circunstancias que nadie hubiera podido prever, algún día de finales de 1983:
Ese año, a partir de septiembre, un grupo de inteligentes alumnos de la Facultad de Ciencias Políticas y otras escuelas de la Universidad de Colima, que no querían depender de la tristemente famosa FEC (Federación de Estudiantes Colimenses), tuvo el valor de integrar una planilla para contender por la dirigencia estudiantil en contra de la planilla que propuso el grupo porril que por entonces estaba al frente de dicha institución.
Según datos que por aquel tiempo se publicaron, y que no cito al detalle ni calce, sino de memoria y a grosso modo, aquellos valientes estudiantes estaban conscientes de lo que arriesgaban y, aunque nunca supe cuál fue la estrategia que desarrollaron en su campaña, sí sé que (en ese momento, o un poco después) sus integrantes fueron conocidos como el “Grupo Morelos”.
Por aquellos días (y aunque haya algunos ciudadanos que se molesten porque lo que voy a expresar o quisieran que eso no fuera cierto), la Universidad ya tenía buen rato de haber caído en manos de un grupo facineroso y manipulador que, actuando con la cobertura de funestos políticos, pretendía convertir a la U. de C. en su propio feudo político-electoral para catapultarse por turnos a diferentes cargos y puestos de gobierno. Siendo de hecho, entonces, Humberto Silva Ochoa, su cabeza visible, uno de los que aspiraban a sustituir a la gobernadora Griselda Álvarez Ponce de León.
Dando evidentes muestras de cómo era que esos pillos se manejaban, Silva Ochoa, que se desempeñaba, según eso, como diputado federal por el Distrito 1 de Colima, seguía figurando a la par, como si tuviera tres cabezas y seis manos, como rector de la Universidad y como director de la Secundaria Técnica # 1, y cobraba en las tres partes.
En el verano de 1983 yo había egresado de la referida universidad y cuando fui alumno dentro de ella (y unos meses maestro) me percaté de que él y sus principales ayudantes no sólo se habían aprovechado de la enfermedad del antiguo rector, Alberto Herrera Carrillo, sino que mañosamente se habían ido apoderando de todos los puestos clave, y mantenían al interior un grupo de estudiantes y profesores fieles a ellos, que operaban en calidad de “dedos y oídos” para señalar, escuchar y denunciar a todos aquellos estudiantes o profesores que durante su ejercicio como tales “hablaran de más”, o emitieran señalamientos críticos tanto para el gobierno como para los dirigentes de la Universidad, con el propósito de deshacerse de ellos y no volverlos a admitir, si fueran alumnos, o a no volverlos a contratar, si profesores fueran, anulando así la famosa “libertad de cátedra”, que de dientes afuera cacareaban. Y por eso fue que, cuando supe de las luchas de los estudiante del Grupo Morelos, íntimamente los apoyé desde la tribuna periodística que me había ganado en Diario de Colima, pese a la resistencia y el coraje de no pocos de los reporteros y de los articulistas que aplaudían todo lo que hiciera “el PRI gobierno”, en lo general, y la pandilla de porros, en particular. 
El Grupo Morelos, pues, ganó la contienda, pero ése era un resultado que podían aceptar Humberto y sus compinches, porque se convertiría en un ejemplo a seguir para los estudiantes de otras escuelas y facultades. Así que, en vez de aceptar la derrota de su planilla y dar muestras de pluralidad, lo único que se les ocurrió en su mentalidad pedestre, fue echarles lodo a los estudiantes ganadores, declarando ante los medios que controlaban (y que en ese momento eran muchos) que varios de aquellos estudiantes eran alumnos irregulares, empezando por Felipe Flores Castillo, quien había sido el que encabezara la combativa planilla.
En ese grupo, si no recuerdo mal, estaban también los hoy ya famosos historiadores Blanca Estela Gutiérrez Grajeda y Héctor Porfirio Ochoa; Vidal Sandoval Álvarez, ciego de nacimiento, pero estudiante genial y gran músico, que luego estudiaría en México y fundaría en Colima la Asociación Estatal de Ciegos; Javier Sánchez García, un estudiante de  veterinaria que amaba la Revolución Cubana y participó en la lucha sindical del SNTE representando la corriente no-oficial que se conocía como “Nuevo Sindicalismo”, y Federico López Virgen, originario de Tepames, que tiempo después sería mi compañero de trabajo en la Biblioteca Central “Profra. Rafaela Suárez” y se convertiría en un excelente fotógrafo.
No sé a cuantos de ésos estudiantes (a otros que los apoyaron) los nombraron los porros “alumnos irregulares”, pero viéndose los agraviados en esa situación y no queriendo que se ensuciara su buena fama, varios de ellos decidieron defender su triunfo y continuar su lucha, acudiendo, ya en ese caso, ante la directiva del Colegio de Notarios, que dirigían entonces tres brillantes y muy honestos jurisconsultos: Jaime Alfredo Castañeda Bazavilvazo, Ismael Yáñez Centeno y Miguel Ángel Flores Puente.
La intención de los estudiantes era la de mostrar a los notarios sus documentos de inscripción, boletas de calificaciones y otros, para demostrar que sí eran alumnos regulares.
Los notarios certificaron la legalidad de dichos documentos, pero, al verse los porros desnudados en tan corrientes maniobras, no supieron actuar con inteligencia y, en vez de tratar de cubrir o matizar sus burdos procederes, ordenaron a sus amanuenses (verdaderos gatilleros del periódico Ecos de la Costa) que se dedicaran a desacreditar a los notarios.

LA PRIMERA HUELGA DE HAMBRE.

Al ver eso, Felipe Flores Castillo, quien había leído acerca de las acciones libertarias que protagonizaron Mahatma Gandi, en la India, y Bobby Sands, en Irlanda, decidió emprender una lucha pacífica, e inspirado por los métodos de resistencia civil que aquellos dos grandes hombres habían utilizado en sus tierras, un día, pasando las fiestas guadalupanas de 1983, se decidió a ponerse en huelga de hambre para defender sus derechos y exhibir, de paso, como represores, a Humberto Silva, Arnoldo Ochoa y sus demás compinches en el asalto a la universidad.
En aquellos días mi familia paterna y yo vivíamos en la calle Reforma 123, a sólo dos cuadras de la Catedral y del Palacio de Gobierno, y aquella tarde me tocaba ir a las oficinas de redacción de Diario de Colima para entregar mi colaboración semanal, por lo que incidentalmente me tocó ser uno de los primeros paisanos en ver a Felipe Flores acabándose de instalar, él solito, junto a la verja externa de la Catedral, en tan inusitada acción.
Él y yo ya nos conocíamos desde la Universidad, pero luego lo conocí mejor conforme fui sabiendo de la lucha que acabo de describir. Así que, cuando lo vi allí, antes de seguir mi camino para entregar en el Diario mi colaboración, como quien dice lo regañé por haber decidido esa inesperada acción y aventarse “a lo gorras”, pero le prometí que volvería en cuanto me desocupara.
Llegando al Diario (cuyas instalaciones estaban entonces en pleno centro de Colima, calle Gabino Barreda 119) le dije a Héctor Sánchez, su director general y dueño, lo que acababa de ver afuera de la Catedral, y como todavía no habían armado la primera plana, envió rápidamente un reportero para que le tomara una foto a Felipe, saliendo al día siguiente la nota de la primera huelga de hambre de que se tuviera registro en nuestra entidad.  
La noticia causó revuelo y cayó como balde de agua helada a una gran parte de la ciudadanía colimota, y como era diciembre e iba mucha gente al centro, no había cerrado aún la noche del segundo día cuando ya varios cientos de personas nos habíamos reunido allí, como para dar, inconscientemente tal vez, nuestro apoyo al muchacho que había tomado la singular decisión.
Para ese momento varios de los demás estudiantes del Grupo Morelos ya estaban también acompañando a Felipe y, aun cuando no se sumaron al ayuno tal cual, su presencia provocaba simpatía entre los asistentes honestos y los que simplemente iban de curiosos.
Salvando a Ismael Yáñez, yo no conocía ni había tenido trato con los otros dos notarios mencionados, pero tomando en cuenta de lo que los porros eran capaces de hacer, los tres me cayeron bien porque habían tenido el valor de declarar la validez oficial de los documentos que los estudiantes les presentaron. 
La sociedad colimense era todavía entonces demasiado medrosa y timorata, y aunque la huelga de Felipe despertó la simpatía de algunos paisanos, y hubo quienes tomaran el micrófono para apoyar a los estudiantes del Grupo Morelos, en unas improvisadas manifestaciones tipo mitin que se llegaron a realizar por las tardes, el apoyo no fue suficiente y al iniciar enero del 84, Felipe se levantó de la huelga y el “Grupo Morelos” terminó dispersándose porque, como eran las vacaciones de invierno, cuando intentaron inscribirse en el siguiente semestre, los directivos de las escuelas en donde estaban les pusieron todas las trabas posibles y, hasta donde yo tuve conocimiento, Felipe, por lo pronto, tuvo que ir a inscribirse en una universidad de Sinaloa y Vidal Sandoval en una de la ciudad de México.
Pero, como quiera que todo eso haya sucedido, aquella fue una exhibición pública de sus procedimientos fascistoides que utilizaban los miembros del “Grupo Universidad”, y comenzó su descrédito. Pero si usted está interesado en saber lo que sucedió después tendrá que leer mi próxima colaboración. 
1.- Gerardo N. (originario de Sinaloa), Jaime Alfredo Castañeda, Miguel Ángel Flores Puente, Teodoro Ponce de León y Martín Seidel.
2.- Norberto Joya León e Ismael Yáñez Centeno en primer plano. Atrás Carmen Zúñiga, actual diputada federal de Colima.
3.- Niño Sergio Jiménez, Raúl Pérez Osorio, Manuel González Mendoza e Igor y Abelardo Ahumada.
4.- En la fila de atrás, a la izq., José Cárdenas Cruz, Héberth Sánchez Polanco, Jaime Alfredo Castañeda, Ismael Yáñez, y con las caras visibles, a la derecha, Francisco González Rosales, Leopoldo Bueno Jr., Sergio Jiménez Bojado y Adán Mendoza Montes.


















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miércoles, 2 de noviembre de 2022

Sismos Pestes y Vendavales en Colima y sus alrededores 7ma parte

Sismos, pestes y vendavales en Colima y sus alrededores
Séptima parte
Profr. Abelardo Ahumada González

EL SEGUNDO BROTE DE LA EPIDEMIA DE FIEBRE AMARILLA.

Pese a todo lo que llevamos visto, nunca ocurrió que durante el brote de la epidemia de “fiebre amarilla” acaecido en 1883, los sepultureros se vieran imposibilitados para “cavar las fosas necesarias” en el cementerio municipal. Como sí ocurrió, sin embargo, durante el verano de 1884.
Pero no adelantemos vísperas y enterémonos, mejor, de algunos otros interesantes eventos ocurridos a la par que aquéllos:
El primero al que me quiero referir lo sacó a la luz en 1988, la entonces muy joven investigadora Dhylva L. Castañeda Campos, en el Capítulo IV de un libro colectivo del Archivo Histórico Municipal de Colima, dirigido por José Miguel Romero de Solís, que se titula “Los años de crisis de hace cien años, Colima 1880-1889”.
El subtítulo que Dhylva utilizó se refiere precisamente “La Fiebre Amarilla y sus repercusiones” [principalmente en Manzanillo y Colima]. Y en él menciona de forma puntual que aun cuando las autoridades estatales negaron que la enfermedad que estaba pegando en Manzanillo fuera contagiosa, y se tratara de dicha fiebre, en septiembre de 1883 ordenaron la colocación de un “cordón sanitario” junto a la Hacienda de Periquillos, en la ribera del Armería para evitar que la gente que venía huyendo de Manzanillo llegara a Colima.
La investigadora se preguntó en ese trabajo por qué, pese a haber dado los avisos que se comentaron, las autoridades de la época trataron de impedir o al menos “controlar la emigración de personas infectadas a otros lugares de la entidad”. Pero yo, que soy más novelero que historiador, primero me preocupé por la reacción de la pobre gente a la que le estaban impidiendo pasar y huir de la muerte, y luego me reí, porque, conociendo el terreno, deduje que aun cuando sí les hubiesen impedido el paso por el tramo del Camino Real que iba a Manzanillo o a las salinas de Cuyutlán, les quedaban expeditas otras opciones, como la de irse simplemente caminando por la orilla de la playa hacia Tecomán e Ixtlahuacán; como la de irse por el antiguo trazo del Camino Real, que pasaba por la gigantesca hacienda de Miraflores hacia el rancho de La Sidra y la hacienda de El Agua Zarca en Coquimatlán; o por el camino de la hacienda de Santiago hacia El Mamey.
El hecho, sin embargo, fue que la dichosa enfermedad ya se había infiltrado hacia la capital del estado y otros pueblos, viajando por ejemplo con algunos de los numerosos arrieros que llevaban la mercancía recogida en el puerto no nada más a Colima y Guadalajara, sino incluso más lejos. Pero lo cierto, también, es que entre todo lo malo que se tuviese que contar, también hubo una feliz repercusión: me refiero a que algunos de los miembros ilustrados de las clases pudientes de Colima, que habían tal vez leído “El Decamerón”, de Giovanni Boccaccio, recordaron que en una parte de la novela, y ante la mortífera presencia de “la peste”, se menciona que algunos de sus protagonistas decidieron irse a las tierras altas del reino italiano en donde se desarrolló la trama, logrando salvarse de la muerte. Y que, movidos por la misma idea, dichos paisanos decidieron salir de Manzanillo y Colima en busca de tierras más altas y un poco más frías; eligiendo, entre otros lugares Comala, Alcaraces y Tonila, pero con más frecuencia, el diminuto pueblo de Guatimotzin (antes San Jerónimo, y actualmente Cuauhtémoc), en donde, una vez que transcurrió la epidemia, y siendo muy baratos los grandes solares que se habían puesto a la venta, algunos de los colimotes que habían salvado su vida allá, decidieron comprar y comenzaron a edificar varias de las grandes casas que aún hoy se miran alineadas sobre la calle principal del bonito pueblo. Calle que no era otra cosas más que el tramo del Camino Real que por ahí pasaba.

SURGIMIENO Y CLAUSURA DEL CEMENTERIO DE “EL MORALETE”.

Vinculados con el anterior, hubo otro par de eventos que pudiésemos considerar como repercusiones del primer brote de la epidemia en Colima:
El primero se remite a la apertura del “Panteón de las Víboras”. Pero antes de hablar de este nuevo “recinto” (totalmente baldío), déjenme recordarles que el surgimiento del primer Cementerio Municipal, ubicado en los terrenos de El Moralete, se debió también a otra mortandad: la que se produjo durante la epidemia de “El Cólera Grande”, en 1833, que saturó los camposantos del hospital y los templos.
Pero la existencia de aquel primer cementerio civil no sólo implicó la condena o el rechazo de la gente cuyas creencias la llevaban a sepultar sus muertos en terrenos sagrados (o camposantos), sino que, estando situado el nuevo en el extremo oriente de la ciudad, el traslado de los difuntos hacia allá se le dificultó mucho a los deudos y familiares que residían más allá del centro, o en cualesquiera de los barrios situados en las otras orillas.
Aparte de lo anterior, debo precisar que por aquel tiempo no había carrozas que brindaran el servicio del traslado de los cadáveres, y que, por si fuera poco, no todas las familias tenían suficientes recursos para rentar un carretón que les ayudara a transportar a sus muertos hacia sus tumbas, y debían llevarlos cargando en hombros. 
La tercera y última dificultad consistía en que, no habiendo sobre la actual calle Madero (que era entonces La Calle Principal) un puente para cruzar la barranquilla del arroyo El Manrique, los porteadores o cargadores de los cuerpos de los difuntos (raras veces llevados en cajones de madera, y muchas veces envueltos en petates o en cobijas amarradas), se veían obligados a bajar por la empinada vereda hacia el fondo de la barranquilla, donde, para no mojarse tenían que cruzar pisando sobre resbaladizas piedras, corriendo en cada ocasión el riesgo de caerse algunos, o caerse todos al agua con el muerto incluido, y lo mismo la comitiva de los dolientes que seguía detrás.
Peligro del que a partir de su cancelación a finales de 1883, se libraron los acarreadores de los nuevos muertos.

LA CARRETA DE LA MUERTE. 

Según lo narró el profesor Francisco Hernández Espinosa en “El Colima de Ayer”, fue más de una ocasión en la que los mencionados transportadores de cadáveres terminaron caídos, mojados e incluso divertidos (o heridos) al intentar cruzar la corriente de El Manrique, pero igual sugiere que, tal vez porque consideró que la apertura de un nuevo panteón era una buena oportunidad para mejorar el traslado de los cuerpos desde sus casas, un regidor del Ayuntamiento de Colima tuvo la feliz ocurrencia de proponer al Cabildo que se buscara el modo de adquirir un carro funerario de apariencia digna, como los que se veían en la ciudad de México y en las principales de Estados Unidos y Europa.
La propuesta fue aprobada y se comenzaron a buscar precios y cotizaciones, adquiriéndose uno, finalmente, en el puerto de San Francisco, California, que obviamente llegó a Manzanillo por barco, y supongo que jalado después con mulas por el arenoso camino que había entonces entre las dunas del mar y la laguna de Cuyutlán hasta la hacienda de La Armería, y después, pasado sabrá Dios cómo, por el Río Grande, frente a Periquillos, para a partir de allí, llegar primero a Caleras, luego a Coquimatlán y finalmente a Colima.
Aquel carro funerario asumiría en 1884 el carácter de un espantoso artefacto, porque, al crecer el número de los abatidos por la epidemia, hubo algunos días en que llevó un montón de muertos en cada uno de los viajes que en el “estreno” del nuevo cementerio. Mismo que, según datos recogidos por el arquitecto Roberto Huerta San Miguel, en su libro “El camposanto de Las Víboras, una historia sepultada”, se comenzó a utilizar “el primero de enero de 1884, con la sepultura del niño José Isabel Rodríguez, de sólo dos años, fallecido a causa de una diarrea.
Roberto tuvo oportunidad de revisar una publicación que yo no conozco y él atribuye a don Remigio Rodríguez, quien era por entonces el administrador del panteón. En donde se afirma que, de las 36 personas fallecidas en Colima y sus rancherías “durante los días del 1° al 11 de octubre” (cuando la creciente del arroyo de Los Sabinos desenterró algunos cuerpos del panteón de El Moralete), nada más 11 fueron víctimas de la fiebre; 3 de tuberculosis; 3 de eclampsia; 1 de gangrena; 3 de diarrea; 1 de hidropesía; 1 de meningitis; 1 de epilepsia; 1 de hepatitis; 2 por heridas; 2 de parto; 3 de sarampión y 4 bebés “al nacer”. Pero que fueron tantas, sin embargo, las defunciones que provocó la fiebre amarilla en su rebrote del verano del 84 que, habiendo comenzado en junio con un solo caso, y tres en julio, en la ciudad de Colima; en agosto se registraron 59; en septiembre 259 y en octubre 242, comenzando a declinar en noviembre con 78, y 11 para cerrar diciembre. Sumando 653 víctimas sólo en la ciudad de Colima, mientras que según Dhylva Castañeda, en el pueblo vecino de Coquimatlán murió un tercio de sus habitantes.
Si uno compara las cifras de los muertos con el número de colimotes que había en aquellos años, la comparación resulta pavorosa. Pero de algún modo nos ilumina saber que una buena parte de cuanto ocurrió ese año, se debió a que desde las orillas sur de la ciudad (por el rumbo donde más tarde estuvo la famosa “finca de El Tívoli”), hasta el cercano pueblo de Coquimatlán se solía cultivar arroz al estilo oriental, lo que equivale a decir en potreros encharcados, en donde proliferaron por millones los mosquitos que portaban el virus mortal.

MEDIDAS DESESPERADAS PARA UNA SITUACIÓN IGUALMENTE DESESPERADA.

Como consecuencia de tantas personas muertas y enfermas que hubo durante 1884 en Colima, se tuvieron que incrementar las plazas de sepultureros, se autorizaron dos médicos más, se les aumentó el salario a los empleados del Hospital Civil para que se animaran a seguir trabajando, y se integró una especie de comisión de arrastre que pasaba casa por casa a recoger los cuerpos de los recién fallecidos para sepultarlos inmediatamente, sin dar tiempo para misas ni para velorios; provocando con ello que algunas de las familias dolientes escondieran los cadáveres a la comisión, para poder velarlos decentemente.
El padre Mariano Tranquilino Ahumada, párroco de San Felipe de Jesús, o El Beaterio, y tío, según parece de mi abuelo Nicasio Ahumada Ponce, hizo las veces de cronista de la enfermedad que estamos comentando, y como tal escribió una crónica en la que anotó numerosos pormenores al respecto. Pero de la que sólo voy a citar ahorita dos párrafos para que podamos tener una idea de la sensación que dicha peste provocó entre nuestros antiguos paisanos:
“Comenzó a correr agosto y entonces sí ya no fue posible mantener bajo carácter a la aterradora enfermedad...
“El apremio se apodera de las familias, huyen cuantas pueden a lo lejos y, con especialidad a las poblaciones vecinas como Tonila, Almoloyan, Comala, San Jerónimo y rancherías; y en Colima, va la enfermedad llevando como a destajo barrios, sin pasar a otros, y fijándose especialmente en el litoral del arroyo, llamado Río Chiquito”.
Continuará.


1.- Ella fue la famosa cantante Ángela Peralta, quien, a bordo de un vapor pasó por Manzanillo en julio de 1883, y falleció en Mazatlán, víctima de la fiebre amarilla.
2.- Dos veces a la semana pasaban vapores como éste por Manzanillo. Y a ellos se les llamó entonces “Los barcos de la muerte”.
3.- Para ayudar a los deudos a trasladar a sus difuntos, el Ayuntamiento de Colima mandó comprar en San Francisco, California, “un digno carro fúnebre”, pero no creo que haya sido éste.
4.- Por aquel tiempo inició la costumbre de que las familias (que jamás se habían retratado ni siquiera en fiestas) se tomaran una “foto del recuerdo” con sus difuntos.




















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