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sábado, 9 de octubre de 2021

Mitos Verdades e Infundios sobre la guerra de la independencia 4ta parte

MITOS, VERDADES E INFUNDIOS SOBRE LA GUERRA DE INDEPENDENCIA
Cuarta parte
Profr. Abelardo Ahumada González
DE LA ADMIRACIÓN AL ODIO.

En el capítulo anterior terminé citando “la declaración del Generalísimo Allende” en la parte que dijo que cuando él y los demás insurgentes ya estaban “gobernando” en Guadalajara, el cura Hidalgo, llamado entonces “Alteza Serenísima”, no sólo mandó matar (o permitió que se asesinara) a otro importante grupo de españoles peninsulares de los que allí radicaban, sino que estaba actuando con “despotismo” y provocando con sus decisiones un gran cúmulo de males, por lo que él (Allende) y otros de sus allegados decidieron envenenarlo.
Si todo esto lo hubiera dicho cualquier enemigo del movimiento insurgente, o cualquier malqueriente del cura de Dolores no me hubiera extrañado nada, ni me hubiese sentido inquieto al leerlo, pero resulta que lo estaba diciendo el mismísimo personaje que invitó a dicho clérigo a sumarse y encabezar dicho movimiento. 
¿Qué fue lo que lo llevó a declarar todo eso?
Picado por la curiosidad continué revisando las declaraciones que el oriundo de San Miguel el Grande emitió en Chihuahua, y resumo para ustedes lo más significativo que me encontré:
No desmintió Allende a Hidalgo en nada sobre la secuencia de los hechos que se verificaron desde el 15 de septiembre hasta la derrota del Ejército Insurgente en la Batalla de Calderón, acaecida el 17 de enero de 1811, pero conforme fueron avanzado las horas y los días del interrogatorio, muy claramente debió notar el juez (y noté yo como simple lector) cómo fue que, si Allende en un principio acordó con Aldama y los otros simpatizantes del movimiento convencer al señor cura Hidalgo de que participara en él y lo jefaturara, no tardó mucho en desencantarse de su liderazgo.
De hecho, cuando expresamente le preguntaron por qué había él invitado a Hidalgo a participar en el movimiento, Allende expuso un interesante motivo: “[Lo invitamos] por “la mucha literatura y buen nombre que de público y notorio tenía”, y porque gracias a ese prestigio, él mismo había sabido que, para disipar “algunas dudas” [quizá de carácter teológico y canónico] otros clérigos de la región y hasta “los señores obispos de Valladolid, antecedente y actual” solían consultar al cura, y que en tan alto “aprecio” lo tenía también “el señor intendente Riaño, que deseaba fuese nombrado vocal” en la provincia de Guanajuato.
Otro momento en que Allende mostró su inicial admiración por Hidalgo, fue cuando le preguntaron cómo y cuándo concibió las ideas libertarias que lo motivaron a levantarse en armas, y respondió que tales ideas no eran “de su propio concepto”, sino que las había escuchado “de un hombre tan docto como era el cura Hidalgo; y de otros”, doctos también, “a quienes en conversación oyó opinar”. Y que las creía justas.
Pero el desencanto que el capitán Allende rápidamente tuvo del cura se empezó a notar cuando, tras de tomar el pueblo de San Miguel el Grande, que como quien dice aquél le había puesto a Hidalgo en bandeja de plata, porque ya lo tenía bien trabajado, el cura decidió, en vez de dirigirse a Querétaro, donde Allende ya tenía más “gente ganada” para la causa, dar la orden de dirigirse a Celaya. En donde rompiendo claramente el “contrato” (sic) que Allende, Aldama e Hidalgo habían concertado en el sentido “de caminar en unión sin diferenciarse uno del otro, ni determinar cosa que no fuese de acuerdo con los tres”, desde ese mismo momento y lugar, el cura “empezó a disponer por sí solo, y a abrogarse el mando superior”.

EL ROMPIMIENTO TOTAL.

Ya vimos, en las declaraciones de Hidalgo cómo fue que éste dijo que, tras la derrota del puente de Calderón, “habiéndome retirado hacia Zacatecas” (ojo) “fui alcanzado en la hacienda de Pabellón, que está entre dicha ciudad y la villa de Aguascalientes, por don Ignacio Allende y algunos otros de su facción”. 
Y que ya estando allí “Allende me amenazó con que, si no renunciaba a mi cargo, se me quitaría la vida, y así lo hice, verbalmente y sin ninguna otra formalidad. Habiéndome quedado desde esa fecha en el ejército, sin ningún carácter, intervención o manejo, constantemente vigilado por la facción contraria”. 
Si revisamos con detenimiento cada una de estas frases, no sólo se confirma que había ya dos grupos completamente divididos en el ejército insurgente, sino que Hidalgo sabía muy bien que Allende y los militares que le obedecían LE IBAN A ECHAR LA CULPA POR LA ESTREPITOSA DERROTA que acababan de padecer, y previéndolo, prefirió huir y no darles la cara, pero como aquéllos se dieron cuenta de su ardid, se apresuraron a perseguirlo y lograron detenerlo. 
Siendo por eso que Hidalgo agregó: “[Al ser retenido, amenazado y obligado a renunciar al mando] me convencí de que se había dado orden de que se me matase si fuera descubierto intentando separarme del ejército […] Marchando, en consecuencia, más bien como prisionero que por propia voluntad”.
El juez Abella seguramente recordaba la narración de Hidalgo y, basándose en su contenido presionó al dicho Allende, preguntándole una vez más por qué lo siguió y firmó junto con el cura de Dolores varias proclamas. 
Las respuestas que el interrogado expuso no dejan de sorprender, porque varias veces dio a entender que o era casi totalmente iletrado, o no le gustaba leer, señalando que, aun cuando le diera vergüenza decirlo, él, por lo regular no leía las proclamas que los insurgentes publicaban, sino que “el licenciado (Ignacio López) Rayón”, le solía hacer “de palabra un resumen de su contenido” y como notara que le parecía bien lo que decía, les prestaba su firma.
Pero volviendo al punto de las desavenencias que tuvo con el padre Hidalgo, el juez Abella le preguntó qué pretendían hacer cuando salieron de Saltillo, y en la primera parte de su respuesta, muy triste dijo que, cuando él, su hijo Indalecio y otros militares y curas que también participaban en la lucha iban cosa de media legua antes de llegar al sitio de Baján, fueron sorprendidos por unos individuos a los que habían considerado amigos, y que, cuando trataron de hacer resistencia, le mataron a su hijo y a otros compañeros. 
En la segunda explicó que buscaban llegar “primeramente a Monclova”, donde pretendían “formar consejo de Guerra a varios de los principales que lo acompañaban por los malos procedimientos”. 
Y, en la tercera agregó que, una vez que aquéllos hubiesen sido “asegurados y castigados”, tenían el propósito de “dirigirse a Béjar (actualmente San Antonio, Texas) en donde se harían fuertes mientras” conseguían “las armas que necesitaban en los Estados Unidos”. Para volverse “enseguida a internar” en la “Nueva España, en prosecución de su empresa”.
Intencionalmente resalté con negritas la frase “formar consejo de Guerra”, etc., porque ligando un dato con otro, advierto que en esa expresión quedó implícito el deseo que desde Guadalajara tenían él (y otros de “sus consortes”, como dice el documento) de deshacerse definitivamente de Hidalgo. Aunque la captura de todos en Acatita les anuló la totalidad de sus proyectos.

DOS INTENTOS DE SALVAR LA VIDA.

Hablando en términos muy humanos y sin atender (ni criticar o minimizar el comportamiento heroico que Allende y otros hayan tenido), es clara también la intención que tuvo Allende para intentar salvarse de ir al patíbulo o al paredón. Puesto que aun cuando éste no dio muestras de estar acobardado ante la sentencia severísima que con toda probabilidad le dictaminaría el juez Abella, sí hizo algunos esfuerzos parar evitar morir, señalando, por ejemplo, que estaba muy “persuadido”, de que así como alentó a varios de sus compatriotas para participar en la insurrección, así podría convencerlos de que depusieran las armas “mediante el afecto que aquellas gentes le” profesaban y por hallarse él ya muy “convencido de la justicia” del rey.
En un segundo momento ofreció que si por “la piedad del señor comandante general [se le…]  le conservase la vida”, se le enviara, “para recobrar su honor […] a uno de los ejércitos de España”, en donde se dedicaría a realizar “cosas de provecho”.
La suerte, sin embargo, no lo favoreció, y el 26 de junio de 1811, casi cinco semanas antes que el cura Hidalgo fuera fusilado, lo fusilaron a él junto con Juan Aldama, Mariano Jiménez y Manuel Santamaría.  

“BAILANDO CON LA MÁS FEA”.

Otro asunto que sigue intrigando a no pocos investigadores de esta parte de la historia es por qué, si Allende era el sucesor de Hidalgo en el mando del ejército insurgente, decidió ir, él en persona, a conseguir armas en los Estados Unidos en vez de comisionar a otros individuos de sus confianzas para que realizaran esa tarea.
En relación con ello, recuérdese que él sólo precisó que pensaban irse “a Béjar … en donde se harían fuertes mientras” conseguían “las armas que necesitaban en los Estados Unidos”. Para volverse “enseguida a internar” en la “Nueva España, en prosecución de su empresa”. Pero, por su parte, Hidalgo había dicho que tenía la sospecha de “que Allende y Ximénez se habían puesto de acuerdo para alzarse con los caudales y dejar frustrados a los que los seguían”. 
Pero un tanto al margen de lo que cada uno de ellos dijo, lo que se derivaría de ello era que si, por un lado, Hidalgo ya no tenía ningún mando, y Allende, por otro, se iba a llevar una parte del ejército hasta el poblado de Béjar, para conseguir armas y refuerzos, alguien se tenía que quedar al frente de la fracción del ejército que se quedaría en Saltillo, y sobre ese punto en concreto tenemos noticias de que los jefes insurgentes estuvieron deliberando el 15 de marzo de 1811:
Sin ensalzar a un caudillo o  minimizar a otro, fray Gregorio de la Concepción, religioso carmelita originario de Toluca al que le tocó insurreccionar a la gente de San Luis Potosí, y que estaba en Saltillo desde antes de que llegaran ellos ahí, al redactar sus “Memorias” en 1839, y declarar que él mismo fue tomado preso en Acatita de Baján, escribió que serían unos siete mil hombres los que quedarían, por lo pronto en Saltillo, bajo las órdenes del licenciado Ignacio López Rayón, mientras que serían cuatro mil los que se irían con Allende a Monclova y a Béjar. E incorporándose él, como jefe que también era, al grupo de Allende, añade: “En dinero y barras de plata llevábamos siete millones […] y nuestra mira era ir a traer gente y armas [a Tejas y a los Estados Unidos] porque infinitos de nuestros paisanos se habían enfriado con la pérdida de Calderón, y las más de las tropas estaban en contra nuestra por las mentiras que decían de nosotros en los púlpitos”.
Sobre este punto que acabo de resaltar tendré que volver en otro capítulo, pero me quedo por lo pronto con que el ejército se dividió y que una parte importante, pero con menos “caudales” (dinero) se quedó en Saltillo, bajo las órdenes de López Rayón.
Al referirse a la vida y la obra de este último personaje, el doctor Luciano Alexánderson Joublanc, comenta que aquel 15 de marzo, primero se propuso que el Mariscal de Campo Mariano Abasolo, antiguo compañero de armas del Generalísimo Allende desde que ambos militaban en el Batallón de la Reina, fuera el que se quedara el que se quedara con el mando. Pero que Abasolo declinó, prefiriendo irse con su amigo “para el otro lado”.  
Igual comenta que el coronel José Rafael Iriarte Leitona se auto propuso para la jefatura, pero que como había militado antes bajo las órdenes de Calleja, no lo dejaron ser, y la mayoría votó porque lo fuera el licenciado Ignacio López Rayón, exsecretario particular de Hidalgo, y Encargado de Despacho del Gobierno Insurgente cuando estuvieron en Guadalajara.
A López Rayón, en consecuencia, le tocó, como se dice, “bailar con la más fea”, pues si esa parte del ejército estaba desmoralizada y no contaba ni con armas, no con parque, ni con suficientes recursos para conseguirlas en las inmediaciones, le tocaba desandar las aproximadamente 85 leguas (unos 385 kilómetros), de terreno semidesértico y con muy pocos aguajes, que había entre Saltillo y Zacatecas.
Junto con Rayón estaba, sin embargo, un gran acompañante que dirigía el grupo más apto y experimentado de los combatientes: me refiero a don José Antonio Torres, “El Amo Torres”, oriundo de Guanajuato; bajo cuyas órdenes militaban también otros insurgentes que en lo sucesivo estuvieron dando mucho que decir en las intendencias de Guadalajara y Valladolid: Miguel “El Lego Gallaga”, oriundo de la primera ciudad, y Calixto Martínez y Pedro Regalado Llamas, nativos de Colima.
Pero de todos ellos y de lo que sucedió después ya les platicaré otro día.
1. El 25 de febrero de 1811, tras una muy penosa travesía que hicieron desde Zacatecas hasta Saltillo, los jefes insurgentes fueron recibidos con música y vítores, excepto Hidalgo, quien, avergonzado por su degradación, solicitó “la gracia” de que se le permitiera llegar de noche para que la gente no lo notara.

2. Un mes y un día después fueron, poco a poco y por grupitos, capturados en Acatita de Baján.
3. Fray Gregorio de la Concepción, quien iba en esa comitiva y fue capturado también, no fue, sin embargo, condenado a muerte, y casi 20 años más tarde escribió lo que según él ocurrió en esos días.
4. A don Ignacio López Rayón le tocó la parte más pesada, puesto que, yéndose Allende hacia Tejas, lo dejó a él con el mando de un ejército maltrecho y desarrapado que habría de continuar la lucha.
5. Como no hay muchos aguajes por aquellos rumbos, a Rayón se le murieron de hambre y de sed muchos caballos y muchos de sus pobres soldados, y él mismo estuvo a punto de fallecer.

 












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lunes, 4 de octubre de 2021

Mitos Verdades e Infundios sobre la guerra de la independencia 3ra parte

MITOS, VERDADES E INFUNDIOS SOBRE LA GUERRA DE INDEPENDENCIA
Profr Abelardo Ahumada González
Tercera parte

EL OTRO BICENTENARIO.

Hace dos días se conmemoró el segundo bicentenario relacionado con la Guerra de Independencia. El primero fue hace once años, con motivo del inicio de la mencionada gesta, y el segundo corresponde a lo que comúnmente se ha conocido como “la consumación” de la misma, como si cualquier proceso social realmente iniciara un día y terminara otro, siendo que todo hecho tiene sus antecedentes, y deriva (o puede derivar) en múltiples consecuencias. Con lo que quiero decir que el movimiento independentista no inició ni terminó cuando se nos ha dicho. Aunque para facilitar la exposición y la comprensión de los hechos conviene que se proceda así.
En relación, pues, con el tema de la “Consumación de la Independencia”, y sin violentar la secuencia que llevo iniciada, me atrevo a asegurar que, contra lo que nos narra “la historia patria”, la  “entrada del Ejército Trigarante” a la capital de la Nueva España, verificada el 27 de Septiembre de 1821, fue, más que todo, una distorsión de lo que pretendían lograr Hidalgo, Morelos y algunos de sus seguidores, aunque sí quedó en consonancia con lo que pensaron y alentaron otros insurgentes como Allende y López Rayón, en la medida de que los primeros aspiraron a que la América Septentrional se gobernara y mediante un esquema republicano, y los segundos no se atrevieron a separarse del gobierno monárquico y sólo aspiraban a defender a España del imperio de Napoleón, como se ve cuando se comparan algunos de los textos que unos y otros emitieron, y como los lectores de estos renglones podrán observar cuando conozcan y comparen las ideas de Ignacio Allende y Agustín de Iturbide.
Insistir, por otra parte, en que la “Consumación de la Independencia Nacional” se concretó el 27 de septiembre de 1821, implica la difusión de una falacia, primero porque, tal y como lo dijimos en el capítulo anterior, ni la idea de nación, ni la idea de la independencia cupieron en las mentes de muchísimos de los dispersos pobladores de los vastos territorios de la Nueva España y, segundo, porque aun cuando las declaraciones expuestas en el papel así lo dicen, lo cierto es que tuvieron que pasar muchísimos años más para que en las mentes de los antiguos novohispanos ocurriera realmente esa emancipación.
En esa línea de ideas afirmo que, aun cuando don Vicente Guerrero haya cabalgado junto con Agustín de Iturbide en la hora en que el “Ejército Imperial de las Tres Garantías” entró a la ciudad de México, ese acto significó que “todo cambió para que las cosas siguieran igual”, empezando por el dato de que ya el ejército llevaba la divisa de “imperial”, y porque tanto el “Plan de Iguala” como en “Los Tratados de Córdoba” (que fueron los documentos mediante los que “se legalizó”, por decir así, el surgimiento de una nueva nación autónoma), quedó claramente expuesto  que no sólo se establecería un sistema monárquico que se conformara con la figura de un rey, sino con la de un emperador, tal vez con el inconsciente propósito de equipararlo con el envidiado Napoleón Bonaparte.
Pero si los lectores aún dudan de lo que afirmo, revisemos una pequeña parte del contenido de los “Tratados de Córdoba” y veamos la parte introductoria, en donde dice que, luego de haber llegado al puerto de Veracruz, “el teniente general don Juan de O’Donojú, con el carácter y representación de capitán general y jefe superior político de este reino, nombrado por Su Majestad […] tratando de conciliar los intereses de ambas Españas, invitó a una entrevista al primer jefe del ejército imperial don Agustín de Iturbide, en la que se discutiese el gran negocio de la independencia, desatando sin romper los vínculos que unieron a los dos continentes”.
Agregando a continuación que, después de haber estado ambos “conferenciando detenidamente sobre lo que más convenía a una y otra nación”, en la Villa de Córdoba el 24 de agosto del referido año de 1821, convinieron la redacción de algunos artículos entre los que el tercero dice que sería “llamado a reinar en el Imperio mexicano […] en primer lugar al señor don Fernando VII, rey católico de España”, y si éste no la aceptara, a “su hermano el Serenísimo Señor infante don Carlos”; y si éste tampoco la quisiera, a los “serenísimos … infantes de España, don Francisco de Paula o don Carlos Luis, o el [individuo] que las Cortes del Imperio designen”.
Así que ¿de cuál independencia hablamos si a la nueva nación la habría de gobernar el mismo rey de España o su hermano, o uno de sus hijos?
Iturbide, sin embargo, era listísimo, y muy bien previó que, debido a que la vieja España estaba experimentando conflictos similares con prácticamente todas las colonias que tuvo en América, ni el rey, ni su hermano, ni sus hijos, ni los diputados de las cortes peninsulares aceptarían su propuesta, porque ésta implicaría no sólo el desmembramiento del Imperio Español tal y como hasta entonces había sido conocido, sino el surgimiento de otro que eventualmente podría hacerle sombra o competencia en el Continente Americano, y tuvo el perfecto cuidado de insertar en ambos documentos una cláusula que lo favoreciera para coronarse él: 
Al final del artículo tercero resalté con negritas la frase disyuntiva que dice que si ni el monarca ni los príncipes de España quisieran aceptar la corona del Imperio Mexicano se la impondrían al individuo “que las cortes designen”. Y conviene aclarar aquí que las cortes a que este documento se refiere los miembros de la realeza, sino las diputaciones que se nombraran o eligieran en el nuevo imperio.
Por otra parte, y para que se compruebe que Iturbide tenía todo eso muy bien planeado, leamos el contenido del artículo número 8 del Plan de Iguala, en la parte que dice que: “Si Fernando VII no se resolviera a venir a México, la Junta o la Regencia que mandará la nación, mientras se resuelve la testa que debe coronarse”.
Y esa testa, por supuesto, fue la de él, cuando en mayo del año siguiente, mediante maniobras que contaron con el consentimiento de algunos antiguos insurgentes, Iturbide se hizo coronar como Agustín Primero del Imperio Mexicano.

LOS INTERROGATORIOS DE ALLENDE Y ALDAMA.

Pero antes de continuar revisando los acontecimientos y las implicaciones relativas a la “Consumación de la Independencia”, debo explicar por qué dije arriba que las ideas de Agustín de Iturbide y las de Ignacio Allende se parecían, y no así las de ellos con las de Hidalgo.
En este otro apartado, creo que también es justo decir que, si en la primera parte de este trabajo traté de exponer cuál fue “El inicio de la Guerra de Independencia, según la propia versión de Hidalgo”, hoy debo referir lo que al respecto dijeron los capitanes Ignacio Allende y Juan Aldama, en la medida que ellos, junto con Hidalgo, fueron los que resolvieron “dar el grito”. Y para eso habré de recurrir también las declaraciones que dichos capitanes emitieron en los interrogatorios a que fueron sometidos en la Villa de San Felipe, Chihuahua.
Colocados, pues, en similares circunstancias de encarcelamiento a las que tuvo el cura de Dolores, tanto Allende como Aldama fueron alternativamente interrogados por el juez Ángel Abella, frente a unos cuantos testigos y a don Francisco Salcido C., el escribano que puso en letras sus declaraciones.
El interrogatorio de don Miguel Hidalgo se verificó en cinco sesiones consecutivas que se llevaron a cabo durante las mañanas y las tardes de los días 7 y 8 de mayo de 1811, y la mañana del 9. Mientras que las correspondientes al “generalísimo Allende” se realizaron durante las mañanas y las tardes de los días 10 y 11 y del 13 al 18 del mismo mes. En tanto que el interrogatorio al que fue sometido el excapitán Aldama, que en ese momento ostentaba el grado de “teniente general” se resolvió en sólo cuatro sesiones, del 20 y 21 de mayo. Disparidades que no nos deben sorprender, debido a que Allende no sólo habló de lo ocurrido a partir de septiembre de 1810, sino que brindó testimonios de lo que vio, escuchó e intentó hacer desde dos años atrás, y a que el capitán Aldama fue muy parco en lo que declaró. 
Colateralmente debo decir que días después de su última declaración, Allende solicitó a don Nemesio Salcedo, comandante general de las Provincias Internas, la revisión de su causa, alegando que como un caballo lo había golpeado días antes de su interrogatorio, tenía “la memoria desarreglada” y creía que tal vez no habría podido contestar con toda certeza lo que se le preguntó. Y en ese tenor, el 5 de junio le fueron leídas todas preguntas y declaraciones que dio, certificando la mayoría y agregando sólo unos cuantos puntos y aclaraciones en otras pocas.
Y anoto todos estos detalles porque no hay un solo libro que yo conozca que haga referencia a las tres declaraciones de manera comparativa.

LA VERSIÓN DE ALLENDE.

La declaración de Allende aparece en el Tomo VI de otra importante colección titulada “Documentos históricos mexicanos”, recopilada por don Genaro García, y publicada por el Museo Nacional de Arqueología, Historia y Etnología en 1910. Y, en ella, en su calidad de “español americano, natural y vecino de la villa de San Miguel el Grande”, dijo llamarse Ignacio José Allende y Uruaga, tener 40 años, ser viudo y haber tenido como último empleo el de capitán de Granaderos del Regimiento de la Reina.
Es de llamar la atención el dato de que, aun cuando sí reconoce haber participado junto con Hidalgo, Aldama y otros cuantos amigos y conocidos en el inicio de la insurrección en Dolores, Allende sea el único que dio santo y seña de lo que había ocurrido en Veracruz, en Puebla, en México, en Valladolid y Querétaro desde que al referido puerto llegó la noticia de que el ejército de Napoleón Bonaparte invadió la Península Ibérica, y desde que, a consecuencia de ello, se comenzó a expandir la idea de que era necesario que los habitantes de la Nueva España y demás virreinatos organizaran juntas de gobierno para defender al rey, y evitar que Napoleón pudiera extender sus tentáculos más allá de la Península. 
Acontecimientos, sin embargo, de los que nunca llegó a leer, sino de los que se fue enterando de oídas, y al participar en otras reuniones con gente del mismo ejército novohispano en las que se hablaba de ello. Acontecimientos asimismo que, igual que motivaron a otros criollos, lo motivaron a él también, pensando siempre en la restitución del trono a Fernando VII. 
Allende no desmintió a Hidalgo en cuanto a la secuencia de los hechos que se verificaron desde el 15 de septiembre de 1810 hasta la derrota del Ejército Insurgente en la Batalla de Calderón, acaecida el 17 de enero de 1811, pero conforme avanza uno en la lectura de sus declaraciones se nota cómo fue que, si en un principio acordó con Aldama y los otros “conspiradores” convencer al señor cura Hidalgo para que jefaturara el movimiento, no tardó mucho en desencantarse de su liderazgo.
De hecho, cuando expresamente le preguntaron por qué había él invitado a Hidalgo a participar en el movimiento, él dijo, en dos momentos, dos cosas similares. La primera, que lo invitó por “la mucha literatura y buen nombre que de público y notorio tenía”, y porque gracias a ese prestigio, él mismo había sabido que solían consultarlos “los señores obispos de Valladolid, antecedente y actual [para disipar] algunas dudas”, y porque en similar “aprecio” lo tenía “el señor intendente Riaño, que hasta deseaba fuese nombrado vocal” en la provincia de Guanajuato.
La segunda ocasión en la que Allende habló muy bien de Hidalgo, fue cuando le preguntaron qué fue lo que lo llevó a tener las ideas libertarias por las que se motivó a pelear, y dijo que no eran “de su propio concepto”, sino que las había oído “de un hombre tan docto como era el cura Hidalgo; y de otros hombres doctos a quienes en conversación oyó opinar”. Y que las creía justas.
Pero el desencanto que rápidamente tuvo del cura se empezó a notar cuando, tras de tomar el pueblo de San Miguel el Grande, que como quien dice Allende le puso a Hidalgo en bandeja de plata (porque ya lo tenía muy bien trabajado), el cura decidió, en vez de dirigirse a Querétaro, donde Allende tenía más “gente ganada” para la causa, el cura dio la orden de dirigirse a Celaya. En donde rompiendo claramente el “contrato” (sic) que él Allende y Aldama habían concentrado en el sentido “de caminar en unión sin diferenciarse uno del otro, ni determinar cosa que no fuese de acuerdo con los tres”, desde ese mismo momento y lugar, el cura “empezó a disponer por sí solo, y a abrogarse el mando superior”.
No aportó Allende ningún otro detalle que valga la pena resaltar desde que Hidalgo se negó a entrar con su ejército a la ciudad de México hasta que invitado por “El Amo” Torres instaló su gobierno en Guadalajara, pero sí fue categórico cuando negó su participación en las matanzas que por “las órdenes de Hidalgo” realizaron “el torero Marroquín” y otros sujetos, en contra de 700 u 800 españoles en Valladolid, Guadalajara, Charcas y otros pueblos. Señalando además que, como a Hidalgo lo comenzaron a llamar “Alteza Serenísima”, no sólo perdió (en el concepto de Allende) la dirección acordada para el movimiento, sino que comenzó a actuar con “despotismo” y se olvidó de volver a mencionar la devolución del trono para “Fernando VII, que era el principal objeto de la insurrección”. Hechos todos por los que, en un momento de diciembre de 1810, vio la conveniencia de deshacerse de Hidalgo, y hasta consultó con el padre Francisco Severo “Maldonado y con el gobernador de la Mitra (de Guadalajara), el señor Gómez Villaseñor, si sería lícito darle un veneno para cortar esta idea suya y otros males que estaba causando”. Y habiéndole, según él, dado ellos su consentimiento, mandó comprar “un veneno y lo repartió entre su propio hijo”, un hombre de su confianza de apellido Arias, y él mismo, “para aprovechar la ocasión que se presentase a cualquiera de los tres”. Aunque nunca pudieron aplicárselo, porque para ese tiempo “su alteza” recelaba mucho de Allende y sus aliados y no permitía que se le acercaran.

Continuará.


1.- Representación idílica de la captura de los dos grandes líberes de la Insurgencia. Nótese que a Hidalgo le pusieron un distintivo de mando en el pecho, cuando ya para entonces estaba preso de Allende.
2.- En este edificio, que primero fue Hospital de Chihuahua, luego Colegio de Jesuitas y más tarde Palacio de Gobierno del Estado, estaban las celdas de los principales jefes del movimiento insurgente.
3.- Afirmar que las luchas por la Independencia de la Nueva España iniciaron el 16 de septiembre de 1810 y terminaron el 27 del mismo mes, pero de 1821, sólo es un recurso metodológico, pero no deja de ser una falacia más.
4.- Si nos vamos a revisar los documentos, resulta que aun cuando al padre Hidalgo se le diga hoy “el padre de la patria”, a Iturbide fue a quien primero se le dijo así.
 












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Padrino mis empanadas por el Profr. Abelardo Ahumada González

 “PADRINO MIS EMPANADAS”
Profr. Abelardo Ahumada González

Estamos por concluir el “Novenario de San Francisco de Asís”, y gente de Villa de Álvarez y Colima me ha preguntado ¿cuándo y de qué manera habría iniciado la tradición que implica el título de este trabajo.
En relación a ello cabe precisar que dicho pedimento sólo se acostumbra hacer en la cabecera municipal de Villa de Álvarez, y nada más durante los mencionados días del novenario. Pero la duda que aún queda en el aire es cuándo comenzó a procederse de esa manera y quiénes, en su caso, la habrían iniciado.
Desde hace unos 40 años empecé a oír decir que debió ser alguno de los frailes que habitaron el convento de San Francisco de Almoloyan, Colima (cuya fundación data de febrero de 1554 y persistió como tal hasta 1767), el que inventó, o trajo de fuera, las empanadas a que nos referimos. Y nada tendría eso de extraño, pero lo cierto es que ninguno de los historiadores locales que me ha tocado leer ha expuesto ningún documento que lo demuestre, y eso me impide aceptar que la fabricación de las empanadas haya ocurrido como esta versión sostiene, y menos que la petición que comentamos provenga desde aquel entonces. 
En otro documento que sí conozco y fue escrito por fray Antonio de Ciudad Real,  quien estuvo de paso por esta región, en febrero de 1587, dice que algunos de los indios “de la Guardianía de San Francisco Colima”, y en varias partes de las guardianías de Zapotitlán, Zapotlán y Sayula, ya sabían fabricar “pan de Castilla” (lo que vale decir pan al estilo castellano o español), que incluso les dieron a probar; mientras que en otras partes les regalaron también “pan de la tierra”, que no era otra cosa más que sopes o tortillas de maiz rellenos con frijoles o con algún guisado. Productos que en todo caso se podrían considerar como los antecedentes remotos de las empanadas que comentamos, pero nada más. 

Atendiendo, sin embargo, a los materiales de que están hechas nuestras empanadas, resulta que las originales solían ser hechas a base de harina de trigo, azúcar, leche, huevos, mantequilla y coco rayado; por lo que bien podemos asegurar que son casi cien por ciento europeas, porque, excepto el coco, que fue traído a Colima desde Filipinas en 1568, todo lo demás fue traído por los españoles. Incluyendo la tecnología que usaban para producir el pan.

Pero después de ver las cosas en ese contexto histórico, ahora me toca decir lo que yo mismo sé o vi cuando mi niñez en el diminuto pueblo que por aquel entonces era Villa de Álvarez, donde nací en enero de 1954:

De conformidad con los datos que arrojó el Censo de 1960, que corresponde el año en que yo estaba ya en segundo de primaria y comencé a ir a las clases del catecismo, en la cabecera municipal sólo había 3,963 habitantes, mientras que en el medio rural había muchos más que hoy, y en cuanto a los “amasijos de pan”, como les decían antes a las panaderías, sólo había tres en La Villa: una, a la que le decían “La panadería de Don Lupe”, que era en realidad de don J. Jesús Gutiérrez Iglesias, mejor conocido como Cacheto, en Manuel Álvarez, 42; otra de don Ángel Palacio Jiménez, apenas unas poquitas casas más allá, en el número 64, y la de don Ignacio, o Nachito Torres Figueroa, ubicada en la Independencia 109, muy cerca del Callejón de los Puercos (actual calle 5 de Mayo) que según recuerdo, no vendía empanadas, pero que solía irse junto con los salineros cada año, durante la temporada de zafra, a Cuyutlán.

Y de mis recuerdos, insisto, traigo a colación la imagen de don Ángel Palacios pasando todas las tardes por la calle Independencia (la principal entonces, donde yo vivía) cargando unas tiseras o tijeras de palos u mecates en un hombro, y un ancho chiquihuite en la cabeza. Mismo que se detenía en cada tramo donde la gente lo llamaba para comprarle su excelente pan, que consistía en conchas, puerquitos, bonetes, volovanes, cuernos, espejos y unas cuantas empanadas de coco y de leche. 

El Cacheto se iba por la calle Matamoros (donde por cierto conoció a la muchacha que se convirtió en su novia y más tarde en su mujer), y tampoco llevaba mucho más que eso. Pero mentiría si dijera por dónde se iba Nachito, aunque tengo la vaga impresión de que él no salía a vender, sino que la gente que le gustaba su pan iba directamente a comprarle su producción.

Y en cuanto al asunto de “padrino mis empanadas” recuerdo que así como mi tía Carmen Ahumada Salazar, encargada de la pequeña oficina de correos de La Villa, nos mandaba cada año por estos días, para que fuéramos con don Ángel o con don Jesús a pedirle que le preparara y le apartara una cierta cantidad de empanadas para regalarle a sus sobrinos y/o ahijados, había otras personas que acostumbraban hacer similares pedidos, pero nada de que, se pusieran decenas de vendedores en el jardín a ofrecer empanadas de otras formas, colores y rellenos como se venden hoy. Teniendo, en ese sentido la idea que fue a principios, o a mediados de los 60as, cuando otras dos o tres personas (que supongo eran antiguos empleados de don Ángel, don Lupe o don Jesús), empezaron a sacar sus propios cajones o chiquihuites con empanadas, aprovechando que para celebrar “la función de San Francisco”, llegaba un montón de gente de todos los ranchos y rancherías del municipio, llegaba primero al templo y después a la plaza, así como visitantes de Comala y Colima que ya también desde entonces solían hacer viaje especial a La Villa para saborear las deliciosas paletas que elaboraban Leobardo Dueñas y su señora, o para cenar sopitos, tostadas, tamales o pozole con las venduteras que se ponían junto al jardín, o bajo el techo de teja del curato, según fuera a llover o no.

Colateralmente debo añadir que, un día de principios de marzo de 1986, acompañado con mi excelente amigo, Hugo Alberto Gallardo Virgen en calidad de fotógrafo, fui a entrevistar a don J. Jesús Gutiérrez Iglesias, Cacheto, el más antiguo y famoso panadero que en ese tiempo había en todo Villa de Álvarez, quien, entre muchos otros detalles me contó lo siguiente: 

“Nací en el veintiuno (1921) en La Armonía, me metieron a la escuela que estaba junto al templo de San Francisco [de Almoloyan]. Pero sólo estuve hasta cuarto, porque se murió mi mamá, nos quedamos huérfanos y tuve que empezar a trabajar… Mi papá Lupe había fundado una panadería en La Armonía desde los tiempos de la Revolución, así, pues yo vengo de una familia de panaderos. Con él aprendí algo. Luego, en el treinta y cuatro, trabajé con mi tío Ubence Gutiérrez en la panadería que tenía por la calle Independencia de Villa de Álvarez, frente a la tienda de El Paso del Norte, que tenía el papá de Carlos Peña … En el treinta y nueve mi hermano agarró la panadería de Los Cerritos, pero no pudo seguir, y en el cuarenta y uno la agarré yo. Antes era de don Ángel Palacios, y luego decían “la panadería de don Lupe”, mi papá, pero en realidad ya era mía… Y al poco tiempo mi mujer (que en la entrevista estaba muy cerca de nosotros) me echó las trovas y luego me case”. 
Llenos de risa los tres, le pregunté: “¿Cómo fue eso?” – Es que yo repartía el pan a pie, cargando con mi chiquihuite, y cuando iba pasando por su casa, por la calle Matamoros, yo le regalaba pan, le gusté y nos casamos…”

La entrevista se publicó en el suplemento dominical de un diario local el 9 de marzo del año en comento, pero unos meses después, aprovechando la confianza que me empezó a tener desde que lo entrevisté, volví a ir a la panadería y con toda intención le pregunté sobre el asunto de las empanadas. Me contestó: “Eso de padrino mis empanadas no se usaban antes”. Y entonces yo supuse que dicho saludo sólo fue una especie de extensión o copia del que la gente mayor nos ha dicho que se usaba en la Feria de Colima: “Padrino mis perones”.

Por otra parte, lo principal de esas fiestas no era, de ningún modo, la producción y venta de las empanadas, sino “la función” o fiesta patronal del pueblo, enmarcada en la figura de San Francisco de Asís, en sus diferentes aspectos devocionales, como las peregrinaciones, las misas, las prédicas que de manera especial llegaban a dar curas o frailes de la misma orden religiosa. Mismas que culminaban el meritito 4 de octubre, cuando el piso del templo amanecía cubierto con ramas de pino, manojos de Santamaría y hojas de laurel, llenando toda la nave con una muy hermosa combinación aromática.

Con todo esto no quiero minimizar ni criticar las formas que durante las últimas cuatro décadas ha venido tomado la tradición asociada con las fiestas patronales de San Francisco de Asís en Villa de Álvarez, sino ponerla más sobre sus verdaderos y cercanos antecedentes.

1.- Todavía hasta la década de los 60as las fiestas patronales de San Francisco de Asís en Villa de Álvarez estaban enfocadas en su aspecto religioso y no había nada, o era muy poco el folclore que se le ha venido adicionando.
 2.- La gente de La Villa y de todos los ranchos y rancherías de los alrededores llegaba al templo parroquial a participar en “la función de San Francisco de Asís”, su santo patrono.
3.- Las empanadas NO ERAN en ese entonces un elemento significativo del “novenario de San Francisco”, pero sí comenzaban a venderse más en esos precisos días.
4.- “Yo soy Jesús Gutiérrez Iglesias, nací en 1921, mi padre puso una panadería en La Armonía en 1921. Vengo de una familia de panaderos”.
5. - “Eso de padrino mis empanadas no se usaban antes”. Me comentó Cacheto en marzo y en octubre de 1986.













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